Carmen, buscando mi suerte: IX. Esto es Hollywood (2)

IX.2

– Si buscas a mi padre, ha salido a por mermelada casera. Buenísima. No te podrás quejar, ¿eh?

– Eh… – Tardaba en reaccionar y eso significaba tantas cosas: que perdía la batalla contra ella, que no era rápida mentalmente, aunque para qué engañarnos, nunca lo había sido. – Cuando vuelva, ¿podrías hacer el favor de decirle que lo busco?

– Ajá. Y sí, yo también correría a cambiarme de modelito, esas sábanas nunca fueron muy atractivas.

– Gracias.

– Y no te preocupes por las tostadas, te hará más.

Jo, ¿por qué nunca nada puede acabar bien en mi vida?

No me fui, aunque ganas no me faltaron. Y es que me enorgullecía ser una Carmen diferente a la de hacía unos meses. Esa Carmen se hubiera vestido a toda prisa, hubiera hecho la cama y hubiera borrado toda huella de su paso por la casa de Pepe para después saltar por la ventana como una bellaca. Esa Carmen hubiera esperado ofuscada una llamada telefónica y se habría despachado a gusto escondida tras la distancia que separa ambos aparatos. Sin embargo, la Carmen de ahora era una mujer adulta que había tomado una decisión adulta y que tenía unos sentimientos muy adultos con respecto a Pepe y a todo lo que le rodeaba. Por Dios, que estaba a punto de comenzar una verdadera relación a distancia, no me iba a poner a jugar a las adolescentes dolidas.

Así que allí estaba yo, sin poder darme una ducha después de una noche en la que sudé muchísimo y no solo por el ejercicio; y vestida con un vaporoso vestido largo, cortesía de Gloria, que sabía que no me quedaba del todo bien, pero que era muy apropiado. Y ya sabemos todas que en muchas ocasiones, la mayoría de ellas equivocadas, sacrificamos la imagen por lo ideal de la prenda.

Sentada a los pies de la cama, con la puerta encajada, pude intuir cómo Cecilia, Ceci para la familia y amigos y “diabólica” para mí, se marchaba, supongo que con la satisfacción del trabajo bien hecho. Miré por una rendija y vi que ya no había moros en la costa y salí. La casa seguía oliendo a café recién hecho y deambulé durante un par de minutos por la cocina abriendo los muebles como quien no quiere la cosa “buscando las tazas” como excusa perfecta para cotillear un poco. Un ejercicio sano lo mires por donde lo mires para matar el aburrimiento.

– Perdona, Carmen, he tardado más de lo que esperaba. – Pepe se materializó en la puerta de la cocina sin haberlo escuchado mientras yo casi dejo caer al suelo un par de tazas con decoración floral.

– ¡Hola, Pepe! Ya, ya… ¿Sabes quién ha estado aquí?

– ¿Mi hija?

– ¡Ah! ¿Lo sabías? – Claro que lo sabía, ella me había dicho el paradero de su padre, pero por una vez quería empezar la conversación como yo había estado imaginando desde el mismo momento en que me metí en la habitación, cohibida por la presencia de ese cuerpo extraño y delgado que se encontraba en un radio de distancia demasiado corto para tolerarlo con un poco de entereza y dignidad.

-Vino temprano, quería desayunar conmigo.

– ¿Ya has desayunado? – Nótese mi tono recriminatorio.

– No, ahora iba a hacer de nuevo tostadas y… traigo esta mermelada. Es casera y es buenísima, de las mejores que he probado. – ¿De verdad que iba a seguir enfadada? Así no había quien se mantuviese en una posición de digna presencia.

– Ya…

– Carmen…

– Solo me sorprendió, no ha sido agradable. Además… en fin.

– ¿Qué? – Si me miraba con esos ojos, no podía fingir dolor en mi amor propio, es que no podía.

– Pues que encima he salido a la cocina solo con las sábanas.

– ¿Las de flores?

– ¡Claro! ¿Cuáles si no? – Estalló en una carcajada y yo caí sobre una de las sillas aguantando también la risa. Se acercó y me dio un beso en la boca. Pero fue un beso diferente, no apasionado como las veces anteriores – donde todo nuestro afán era recuperar minutos perdidos de una vida que habíamos pasado sin cruzarnos –, no, fue un beso tierno que terminó de desmontarme interiormente y me empujó a decirle… – Y menos mal que no me dio por salir como mi madre me trajo al mundo, hubiera sido apoteósico. – Sus carcajadas se debieron escuchar en todo el pueblo.

– Vaya, no sabía que me las había con una mujer tan atrevida.

– No lo sabes tú bien.

– Creo que ya te voy conociendo.

– Pero antes de nada, quiero café y tostadas. – Ya veía sus intenciones, recuperar el tiempo perdido creo que era su propósito ese fin de semana.

Me rendí. No sé si mi cuerpo estaba preparado para tanto deleite – de todo tipo –, tanto que me fue imposible recriminarle nada. Y es que, si pretendía ser adulta – que a mi edad ya era hora de que lo fuera siendo – y tenía unos planes tan adultos con un hombre tan adulto como aquel, más me valía aceptar que Ceci – debía empezar a llamarla así – estaría por mi vida más de lo que a mí me gustaría.

Así que sí, mi vida pudiera convertirse en Hollywood era una posibilidad más que real que debía contemplar muy seriamente.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Comienza la segunda temporada

II. Eleonora

III. Mi vida sin mí

IV. Aventuras animadas de ayer y hoy presentan… ¡Sorpresa!

V. Vuelta a empezar

VI. Gloria, la visita más inesperada

VII. Verano azul

VIII. Hola, Pepe, soy Carmen

IX. Esto es Hollywood (1)

Es Carmen!

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6 thoughts on “Carmen, buscando mi suerte: IX. Esto es Hollywood (2)

  1. Rocío CB dice:

    Las historias de Carmen son, como dice Forrest Gump sobre la vida, como una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar!! Cada semana nos encontramos con una Carmen nueva y un Pepe cada día más atractivo 🙂

    Me gusta

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