La música de Carmen!

Cuando escucho canciones y me recuerdan a capítulos de Carmen! es maravilloso.

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Carmen, buscando mi suerte

VI. Gloria, la visita más inesperada.

VI.1

Digamos que Gloria apareció. No avisó, no llamó a la puerta, no dijo hola, me desperté el martes de madrugada con un pelo que no era el mío sobre la cara. Y ni podía ser de Pepe – que estaba ocupándose de su restaurante a unos 300 kilómetros de allí – y, aunque así hubiese sido, no tenía melena. El susto fue mayúsculo.

– ¡Gloria!

– Joder, Carmen, ¿ahora te dedicas a matar a la gente de un infarto?

– ¡Madre mía, eso mismo te podría decir yo! ¿Qué haces aquí? – Las dos nos habíamos incorporado y nos tocábamos el pecho a la altura del corazón, pero una de nosotras se equivocaba porque lo hacíamos con manos diferentes.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí? – Yo señalaba la cama como si fuera un ente extraño. – Son, son… – Las legañas no me dejaban ver bien el despertador y lo solventaba a base de ir subiendo el volumen de mi voz.

– Shhh, amiga, vas a despertar a la abuela.

– ¿Qué puta hora es? – Dije susurrando.

– ¿En serio tienes que usar ese vocabulario conmigo? Este pueblo es nocivo para tu educación. – Me sacaba de quicio y ella lo sabía, podía distinguir su sonrisa de “estoy haciendo algo malo”.

– ¿Me quieres contestar?

– Le mandé un WhatsApp a tu madre.

– ¿A mi madre? – ¿Esto era la realidad o era una pesadilla que no se acababa nunca?

– Ajá. Sé que tienes muy mal despertar si te levantan de madrugada, así que la avisé a ella. Son las cinco, llegué a las tres.

– Pero, pero… ¿por qué?

– No te importará que entre materia mañana, ¿verdad? Yo me he conducido un buen trecho esta noche y tú te levantas en unas… – miró el reloj en un gesto muy elocuente – En unas escasas dos horas.

Y con esas se tumbó al otro extremo de la cama.

– Y perdón por el pelo, mañana me lo recogeré antes de acostarme. – Dijo con voz pastosa justo antes de que pudiera escuchar su característico silbido.

VI.2

Llevaba dos largas horas trabajando cuando Gloria se levantó y se colocó delante de mí, tapándome la luz que entraba por la ventana. Una de esas ventanas grandes, hermosas, de las que ya quisiera yo tener en mi apartamento aunque fuera solo una y diera a un patio interior.

– Tu madre me ha dicho que la piscina del pueblo está muy bien, que la han renovado desde la última que estuvimos allí. – De eso hacía tanto tiempo que podría decirse que fue en otra vida.

– Buenos días. – Ella me respondió asintiendo con la boca llena de un bocado de tostada de mantequilla con mermelada que balanceaba guasona ante mis ojos.

– Tu madre, que me cuida.

– Ya ves, yo aún espero que me traiga el café.

– Yo ahora tengo más necesidades que tú.

– Sí, ya, bueno. No puedo.

– ¿No puedes qué?

– Ir contigo a la piscina, tengo trabajo.

– Ya no. – Mi madre entró en la habitación con su flamante teléfono móvil en la móvil y, mostrándolo al aire como si de un trofeo se tratase, sonrió cómplice a Gloria. – He llamado a tu jefe, te manda saludos y te desea una pronta recuperación.

– ¿Recuperación de qué? – Mis dedos dejaron de teclear una carta de presentación a un posible cliente de nuestras aceitunas. Necesitábamos ese cliente.

– De tu diarrea galopante.

– ¿”Diaqué”? – De entre todas las enfermedades pasajeras, no podían haber inventado una más ridícula y vergonzante.

Pero no iba a ser una desagradecida aunque las formas no fueran las mejores, nunca me ha gustado que manejen mi vida o mis tiempos, tenía por delante al menos un par de días de puro relax. Y si seguía con el cuento, hasta la semana entera, sin embargo dudaba que mi ética me dejara hacer semejante barbaridad. Redacté un email de sentido y profundo agradecimiento por la infinita comprensión mostrada a mi jefe, el hombre del perfume caro, y me levanté de un salto. En menos de diez minutos estaba comiendo una tostada igual a la de Gloria en el patio de casa y en una hora estábamos las dos tumbadas en ambas toallas bajo uno de los árboles que se desparramaban por el césped verde y fresco de la renovada piscina del pueblo incumpliendo la primera norma de seguridad: no beber bebidas alcohólicas fuera del recinto de hostelería. Por el amor de Dios, éramos un par de adultas con dos gin-tónics, ¿qué mal podíamos hacer?

A decir verdad, yo recordaba la piscina más grande, pero eran los recuerdos de una niña, así que tampoco tenía que fiarme mucho de ellos. En lo demás, no había cambiado mucho: grupos de adolescentes cuyas hormonas en vacaciones campaban a sus anchas por doquier; risas, miradas y Cecilia. Cecilia era una de esas muchas adolescentes que, embadurnada en aceite, se daba vuelta y vuelta en el bordillo de la piscina poniendo morritos a los jóvenes musculados que pululaban alrededor. Ella me escaneó enseguida e hizo un gesto de desdén mientras yo pensaba que esa chica no conocería una curva en su cuerpo hasta que se quedara embarazada. Y visto lo visto, sería más pronto que tarde.

Todo su grupo se volvió a mirarnos, fáciles de distinguir porque con seguridad éramos las dos únicas mujeres mayores de veinte años en varios metros a la redonda. Y Gloria era el glamour personificado, creo que ella llamaba más la atención con su atuendo – propio de una fiesta ibicenca – que yo, siendo como era el nuevo lío de Pepe, el nuevo soltero de oro del pueblo. Cuando el chavalín que se sacaba unos cuartos en el bar de la piscina nos invitó a dos gin-tónics de la botella buena, la que su jefe guardaba bajo la barra del bar, confirmé este diagnóstico:

– Bueno, creo que ya puedes contarme a qué ha venido esta visita tan de sopetón. – Le pegué un buen trago a mi gin-tónic. Yo no estaba acostumbrada a beber tan temprano o por la mañana o un lunes cualquiera, pero estaba con diarrea galopante, qué demonios.

– Carmen, – la voz de Gloria sonó tan solemne que la miré con ojos divertidos esperando una de esas extraordinarias historias suyas y de la que no me creería ni una palabra si no la conociera tan bien y supiera que normalmente se quedaba corta – estoy embarazada.

Podría decir que escupí mi trago como en las películas y exclamé un “¿Cómo?” superlativo y dramático con gran profusión de gestos y movimientos con las manos. Pero no. Tragué mi ginebra mezclada con tónica como si de una patata caliente se tratase y miré al frente, hacia la chavalería, intentando digerir aquella información.

No la digerí hasta unos minutos más tarde.

VI.3

– Ya puedes reaccionar, ¿eh? Que parece que se te ha comido la lengua el gato. – Gloria se movía molesta a mi lado y bebía de su vaso de tubo con toda naturalidad.

– ¿Qué…? ¿Qué haces bebiendo alcohol? – Me volví hacia ella con los ojos abiertos como platos y con la sensación de que no podía haber dicho otra cosa nada más que eso.

– Es mi última copa, me la debía, nos la debía a las dos. A partir de ahora y hasta que el bebé venga al mundo voy a ser la tía más sana del planeta.

– ¡Por el amor de Dios!

– Oh, no, Dios no tiene nada que ver en esto.

– ¡Un bebé! – Mi mente estaba entrando en cortocircuito.

– Sí, Carmen, un bebé. ¡Reacciona de una vez! Y no me vayas a preguntar que cómo que entonces te acerco para que te unas a tus amigos los adolescentes, aunque presiento que ellos saben más que tú en esos temas.

La miré enfadada por cómo me hablaba y porque no me lo había dicho antes y porque no comprendía mi reacción y porque ella era Gloria, la tía genial para mis futuros hijos, esa tía soltera y sin hijos que les daría de todo y los malcriaría y… porque ella era la que estaba embarazada y no yo. Porque yo tenía 38 años y todavía estaba esperando al tópico de la persona adecuada, al tópico del hombre de mi vida, al tópico de lo correcto. En esas milésimas de segundo en que diseccioné mis sentimientos con respecto a mi mejor amiga, en esos instantes en que la ansiedad me poseyó por entero para después dejar un regusto amargo en el fondo de mi estómago, vi pasar toda mi vida por delante de mis ojos. Una vez visionada y llegado a la conclusión de cuánto había malgastado el tiempo y de cuánta razón comenzaban a tener mi madre y mi abuela, miré a Gloria con lágrimas en los ojos.

– No sabes cuánto me alegro.

– Pero no llores, mujer, ya he gritado yo por las dos lo suficiente estas dos últimas semanas.

– Llorar, gritar, qué más da. Ahora trae. – Alargué la mano hacia su vaso. – Creo que esto ya no te va a hacer falta.

– ¡Era de la botella buena!

– Gloria. – Pero ella se resistía de vicio, no lo hacía en serio. – Ahora dime, ¿cómo ha sido? Y no me refiero a que haciendo sexo.

– ¿De verdad? Porque te podría dar alguna lección.

– ¡Gloria!

– Roberto.

– ¿Roberto?

Inciso: Roberto era el amigo-amante-obsesión de Gloria. Toda mujer tiene un hombre así en su vida. Un hombre recurrente en su existencia para regocijo de su cuerpo y martirio de su mente. Para mí fue durante mucho tiempo mi cubano preferido, al que volvía de vez en cuando y del que sospechaba había sido el amor platónico de mi madre. Para Gloria era Roberto, un chico de lo más normal que llevaba en el equipaje de Gloria desde la facultad. Fueron novios formales unos dos años – los veinticuatro meses más cabales y aburridos de Gloria -. Luego ella se cansó de ser una novia buena, formal y fiel y él se buscó a otra con quien casarse y divorciarse en el tiempo que la sociedad estipula conveniente.

VI.4

Que se vieran de forma imprevista un viernes por la noche en uno de los locales de moda de la ciudad del que Gloria era relaciones públicas no me extrañó en absoluto. Que se fuera a la cama con él esa misma noche sin ningún miramiento sí me sorprendió más, sobre todo después de lo que ocurrió la última vez que se vieron, algo que se resumiría en algo así:

– Gloria, nos tenemos que casar.

– Pero ¿qué me estás contando?

– Esto no puede seguir así, nos acostamos cada dos meses, estamos una semana como recién casados y luego me das la patada.

– Porque no quiero más de una semana contigo.

– No seas desagradable.

– Es que es la verdad. Y no vayas por ese camino que sabes que no funciona conmigo, quizá con tu ex, pero conmigo no.

– ¿A qué viene eso? ¿Todavía estás enfadada por haberme casado con otra? ¡Por el amor de Dios, te lo estoy pidiendo ahora!

– No quiero casarme contigo, Roberto, ni contigo ni con nadie.

– Pues creo que vamos a tener que dejar de vernos, yo no puedo seguir así.

– Me parece estupendo.

Gloria se levantó de la cama sin molestarse en taparse porque para qué, ella nunca tuvo el pudor que tenía yo; se fue a la ducha y cuando salió, Roberto ya no estaba. Hasta que la dejó embarazada.

– ¿Estás segura de que es de él?

– Si esa pregunta viniera de otra persona, me ofendería.

– Pero como viene de mí, no. Dime, ¿segura?

– Segura. En estos dos últimos meses no he estado con otro que no haya sido él, para mi sorpresa, la verdad. Si hubiera sido así, al menos tendría la sartén por el mango.

– ¿Qué quieres decir?

– Ay, ya conoces a Roberto, es de los que se quieren hacer cargo de todo, de los que se comprometen hasta con las piedras…

– ¡Gloria, que estás hablando de un hijo, no de una piedra!

– Ya lo sé, ya lo sé, esto todavía es muy confuso para mí. No sé lo que digo. Apenas he decidido tenerlo, eso ya es un paso. – Me callé, sabía el calado de esa afirmación, sabía que para Gloria no era nada fácil todo aquello, en sus planes no entraba ser madre ahora, más bien nunca. – Mira, tu madre me dijo…

– ¿Mi madre? ¿Desde cuándo lo sabe ella?

– Desde anoche. A ver si te crees que es tan fácil presentarse en una casa ajena a las tantas de la madrugada sin dar una explicación de peso.

– No me lo puedo creer.

– Ni yo, pero ahí estábamos, tu madre y yo, delante de una limonada a las tres de la mañana. Todo lo surrealista que te puedas imaginar. Y me vino hasta bien.

– ¿Qué te dijo? – Lo pregunté a sabiendas de que no quería escucharlo.

– Que había hecho bien al elegir tenerlo.

– ¿Solo eso?

– Solo eso, pero con un ímpetu que supe que era la decisión correcta.

Nos tumbamos en las toallas y miré de reojo el cuerpo de Gloria, estaba tan escultural como siempre, aún no se le notaba nada. Tampoco era posible, solo estaba de una falta, al menos es lo que pensaba yo. Durante la semana me iría desgranando detalles sórdidos de sus encuentros con Roberto en las últimas semanas, del momento aún más sórdido de predictor y de la larga charla infructuosa que tuvo con su madre. Pero eso vendría en los días siguientes. De momento, a Gloria le quedaban un par de semanas de relax en el pueblo, un pueblo que parecía haberse convertido en refugio de las almas perdidas de la ciudad.

 

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte

II. Eleonora

III. Mi vida sin mí

IV. Aventuras animadas de ayer y hoy presentan… ¡Sorpresa!

V. Vuelta a empezar

Sigue leyendo…

VII. Verano azul

VIII. Hola, Pepe, soy Carmen

Es Carmen!

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