Carmen, buscando mi suerte: XIII. ¿Comenzamos? (1)

XIII.1

El principio de las relaciones está marcado por un sinfín de momentos felices, inolvidables, apasionados, ilusionantes… Cada cita con Pepe en esos primeros compases eran motivo de revuelo en mi interior – y en el interior de mi casa, para qué vamos a negarlo –. Mi abuela, nada más llegar y ponerse al día del estado de Gloria, entornó los ojos al mirarme y me soltó: “Tú has quedado otra vez con Pepe”. ¿Tanto se me notaba?

– Son los chapetes rojos que tienes en la cara los que me lo dicen.

– Abuela, ¿no será que he venido conduciendo en un coche sin aire acondicionado en pleno agosto?

– No, esos chapetes no son de calor, son de sofoco.

Y tras sentar cátedra sobre la naturaleza de mi cara colorada se fue con una media sonrisa a su habitación-salita de estar para seguir viendo su “españolada”, como decía ella, y que no se perdía nunca: cada sábado, a la misma hora, en la misma cadena. Mis padres no estaban, habían ido al campo de unos amigos a ver la siembra. Y es que muchas veces era llegar al pueblo y reconvertirse en gente rural al cien por cien. Tanto es así que yo me preguntaba por qué no terminaban viniéndose del todo cuando aquí iban a estar más entretenidos que en la ciudad. Pero mi madre no quería ni oír hablar del tema, cuando estaban en su pisito de setenta metros cuadrados mutaba en un ser urbanita incapaz de dejar las calles bulliciosas del centro por las que le encantaba pasear agarrada del brazo de mi padre y criticando la prisa y los empujones que le propinaba la gente que odiaba andar por ellas. Y menos mal que no estaban, si no, hubiera tenido que soportar otra mirada entornada y otra teoría sobre la razón de mis mejillas sonrojadas. Yo sabía bien que al final era una mezcla de ambas cosas: el calor y Pepe, o el calor que me provocaba Pepe, lo mismo daba.

¿Sería en su casa de nuevo? ¿O su hija estaría rondando para impedir nuestro encuentro? ¿Sería en el campo? Vale, de qué me valía negarme si las ganas de que me tocara eran más fuertes que el rechazo que pudiera tener a tumbarme sobre el suelo duro y lleno de matojos. ¿Sería en mi casa? Lo dudaba, a no ser que mi familia se liara la manta a la cabeza y decidiera echar las velas y marcharse a la ciudad. Pero muy a gusto los estaba viendo yo últimamente como para hacer tal cosa. Parecía que le habían cogido el gusto al pueblo ahora que habían venido de visita obligada y la cosa amenazaba con se dilatarse más tiempo del que yo creía y veía necesario (si es que había visto necesario alguna vez que vinieran a visitarme). Al final, mi incipiente relación era materia de análisis y observación profunda por las personas que yo menos quería que supieran de mi vida privada en esos momentos, mi madre y mi abuela, ya estaba perdida.

Además, habíamos dejado en la cama esa misma mañana una conversación pendiente de lo más importante e interesante. Yo nunca había sido de las que tenían que tener toda una hoja de ruta para seguir un camino, un plan o un proyecto, pero es que lo que me estaba planteando con Pepe era algo más importante que simplemente salir un par de veces y acostarnos, estaba enfrentándome a construir una relación a distancia con un hombre que había conocido como quien dice hacía tres semanas – no vamos a contar que lo hacíamos desde que éramos niños – y con el que yo, interiormente, pensaba tener hijos. Pensaba terminar la velada como había terminado en todas las ocasiones anteriores, pero desde luego antes de eso había un paso obligado que me daba algo de vértigo dar.

– ¿Crees que el chiringuito es el mejor lugar para quedar?

– ¿Por qué lo dices? ¿Porque mi ex va a estar allí?

– ¿Que tu ex va a estar allí?

– Sí, pero no debes preocuparte por nada, no se va a sentar con nosotros ni nada por el estilo.

– Estaría bueno… En fin, en fin, perdóname, pero es que no acabo de acostumbrarme, una hija, una ex…

– A veces pienso que tenía que haberte conocido en otro sitio, hacerlo aquí ha precipitado un poco las cosas.  – Mi mirada debió de alertarle de que lo que había dicho no había sido captado del modo correcto. – Quiero decir, en lo que a presentarte a mi familia se refiere, no en lo que yo quiero contigo.

– Bueno, de todas formas…

– De todas formas, vamos a retomar la conversación de esta mañana, ¿no?

– ¿Te importa?

– No, lo veo necesario. Mira, vamos a sentarnos allí. – A pesar de ser sábado por la noche y la terraza atestada, había una mesa vacía y algo alejada del resto esperándonos, el privilegio de los buenos cocineros supongo.

Y todo ocurrió muy rápido: yo me senté, él se levantó a pedir, yo medité en milésimas de segundos lo que había estado rumiando desde que hiciera lista mental de mis propósitos para mi nueva vida y lanzarle a bocajarro lo que de repente se había iluminado en mi cabeza, como si hubiera terminado de enroscar la bombilla y ahora la luz lo inundara todo y pudiera ver hasta el más mínimo detalle de la habitación, una luz de estas blancas de última generación que no salva ni un error en las paredes. Así.

– Van a tardar un poco en traer la cena, hay mucha gente. – Pepe, con toda su anatomía, era el centro de las miradas femeninas en aquella terraza y podría serlo del mundo entero si quisiera. ¿Qué habría pasado entre él y su mujer para que ella dejara escapar a semejante espécimen? No lo entendía.

– No importa, así nos da lugar a hablar.

– Me estás asustando…

– No, no tienes que estarlo, pero por favor, no me vayas a interrumpir. ¿Vale?

– De acuerdo.

– Nunca he estado en Madrid.

– ¿Ese es el problema?

– Pepe…

– Lo siento, sigue. – Y su risa queda y su mirada entrañable me dieron más confianza para continuar.

– Mira, no sé si es lo que tenías pensado o no, si me has propuesto algo más serio precisamente porque vivimos en ciudades distintas, no lo sé y no digas nada todavía. Todo lo que ha pasado en las últimas semanas, lo que le ha pasado a Gloria, aceptar que yo también estoy… en fin, que yo también estoy enamorada de ti y que quiero empezar algo de verdad contigo, después de todo lo que me ha pasado. Que tengo que admitir que mi edad también me estresa un poco… Vamos, que me estoy yendo por las ramas. Voy a empezar desde el principio. Entre mis propósitos siempre ha estado uno, pero nunca lo he llevado a cabo por falta de iniciativa principalmente, quiero cambiar de trabajo desde hace mucho tiempo. Creo que ha llegado el momento de intentarlo.

– ¿Puedo hablar ya?

– Dime.

– ¿No crees que te estás precipitando en eso? No tiene nada que ver con nosotros, es que no creo que sea el momento oportuno para dejar un trabajo.

– Ya, lo sé, aunque en mi vida nunca ha sido el momento.

– Pero es que ahora no es el momento en la vida en general, no en la tuya en particular.

– Entiendo por dónde vas. De todas formas, no va a ser a lo loco, ¿sabes? Tengo algún contacto, en fin, que voy a tirar de conocidos.

– Ya. ¿Y eso qué tiene que ver con nosotros?

– Que quiero irme a Madrid.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Comienza la segunda temporada

II. Eleonora

III. Mi vida sin mí

IV. Aventuras animadas de ayer y hoy presentan… ¡Sorpresa!

V. Vuelta a empezar

VI. Gloria, la visita más inesperada

VII. Verano azul

VIII. Hola, Pepe, soy Carmen

IX. Esto es Hollywood

X. Un paseo por las nubes… y caída libre

XI. Cuidadito, cuidadito

XII. Propósitos

Es Carmen!

 

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4 thoughts on “Carmen, buscando mi suerte: XIII. ¿Comenzamos? (1)

  1. Rocío CB dice:

    Carmen está decidida, espero que Pepe no se a cobarde 😮
    Por cierto, deberías poner como en Facebook un botón de “Me gusta” o mejor dicho de “Me encanta”!!

    Me gusta

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