Carmen, buscando mi suerte: XIII. ¿Comenzamos? (2)

XIII.2

¿Seguía huyendo? ¿Esa era la sensación que daba? En cualquier caso me traía sin cuidado, la decisión estaba tomada y no sé por qué, pero en las últimas semanas, o más bien días, tomar decisiones y llevarlas a cabo se había convertido en una costumbre que me estaba gustando mucho, que se me antojaba adictiva. A lo mejor había cogido la tendencia de hacer lo que quería y con el ímpetu necesario de Pepe, que tan convencido se mostraba en todos sus actos. A lo mejor es que ya era hora de que despertara de un letargo que había durado 38 largos años.

La cara de Pepe ante aquella confesión fue de poema. A ver, yo no esperaba que me abrazase y me dijese que tenía las puertas de su casa abiertas, ni era tan tonta ni era propio de mí leer novelas románticas donde ese tipo de cosas pasan porque el amor llega de repente y te nubla la razón, etc., etc. No, yo sabía que sufríamos de enamoramiento y que teníamos ganas y propósitos de comenzar algo, ambos, que nos llevase a otra cosa o más grande o más pequeña. He de confesar que yo, en mi fuero interno, tenía la sensación de que esa cosa era más grande que pequeña. Pero éramos adultos que vivíamos en la vida real, sabíamos de qué iba el tema.

– ¿No crees que te estás precipitando un poco, Carmen? – ¿Él me iba a hablar de precipitaciones?

– Pues la verdad es que no, si te soy sincera, es algo a lo que llevo dándole vueltas mucho tiempo. Y no, no es por Ramón si es lo que estás pensando. Y tampoco es por ti… Bueno, tú has tenido algo que ver, pero no en el sentido en que piensas. La cuestión es: ¿quiero seguir donde estoy? No. ¿Qué debo hacer? Poner todo de mi parte para cambiarlo. Y eso es lo que estoy haciendo. – Mi tono de voz me asustaba. Sonaba tan decidida, tan resolutiva, que parecía que quien hablaba no era yo, sino otra persona impostándome.

– Bueno, yo, si quieres, puedo ofrecerte…

– No, Pepe, no estoy tan loca. – Quería disculparle de los compromisos y los “tener que” que se le habían acumulado en la cabeza. Sus grandes ojos marrones se hicieron pequeños y por primera vez escuché temblor en su voz. No se lo podía recriminar, era yo la que, después de poner en duda la relación que estábamos comenzando y colocar obstáculos y objeciones por doquier, parecía querer dar un paso de gigante sin sentido. – Esto es cosa mía. No me conoces, yo no te conozco…

– Eso de que no nos conocemos… – y me sonrió y me desmonté de nuevo.

– Sabes que no me refiero a eso. Déjame hablar, por favor. No nos conocemos, voy a Madrid porque allí tengo contactos, tengo un lugar donde quedarme y más posibilidades de encontrar lo que busco que, no sé, por ejemplo, Huesca. Si fuera en Huesca donde tuviera todo eso, no dudes de que me iría allí con los ojos cerrados. Que también estés tú es un plus que no te puedo negar que me ha ayudado a convencerme. Ahora, prometo que el hecho de que yo esté allí no cambiará en absoluto nuestro estado, es decir, podemos actuar como si yo todavía viviese en otra ciudad y vernos de vez en cuando, tú sabes…

– ¿Estás tonta? ¿Tú crees que sabiendo que estás tan cerca voy a reprimirme las ganas de verte? Ni por asomo. – Se veía que mi explicación le había convencido o al menos relajado. – Cuéntame más, ¿no? Te vas a Madrid, así, de repente…

– No, así de repente no. Voy a pedirme una excedencia, mi jefe no se podrá negar, puedo ser bastante persuasiva. Si la cosa no sale bien, tengo donde volver. Lo malo es que tendré que dejar mi piso de alquiler, que me encanta, y si es un intento fallido, quizá no esté libre para mí de nuevo, pero es un mal menor, es un riesgo que tengo que correr.

– Lo tienes todo calculado…

– Lo intento. – La conversación se había distendido y ya podíamos disfrutar de las bebidas que se estaban quedando calientes. – Me he hecho una lista de propósitos que pienso cumplir y ese era uno de ellos.

– Me gusta, me gusta. – Y se echó hacia atrás en su respaldo. – Cuéntamelos. – Estaba claro que no se los podía desvelar todos si no quería que se levantase y saliese corriendo a los brazos de su ex para que lo salvase de semejante tarada que quería tener un hijo suyo a las dos semanas de conocerlo.

– Solo te diré que uno de ellos es estar contigo. – Su sonrisa se volvió más amplia.

– Interesante. – Y entornó sus ojos. – ¿Alguno más que pueda saber?

– De momento, con ese es suficiente, ¿no te parece? Ahora vamos a cenar que me muero de hambre.

– Pero, ¡Carmen! – No era Pepe el que me gritaba… Era Toñi desde la otra punta del chiringuito, descubriendo nuestra presencia, si es que era un secreto para alguien, a toda la gente del pueblo que se había congregado allí aquella noche. Al instante un par de pequeños monos se subieron encima de mí… ¿Cómo habían perfeccionado la técnica en tan solo una semana?

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Comienza la segunda temporada

II. Eleonora

III. Mi vida sin mí

IV. Aventuras animadas de ayer y hoy presentan… ¡Sorpresa!

V. Vuelta a empezar

VI. Gloria, la visita más inesperada

VII. Verano azul

VIII. Hola, Pepe, soy Carmen

IX. Esto es Hollywood

X. Un paseo por las nubes… y caída libre

XI. Cuidadito, cuidadito

XII. Propósitos

XIII. ¿Comenzamos?

Es Carmen!

 

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3 thoughts on “Carmen, buscando mi suerte: XIII. ¿Comenzamos? (2)

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