Carmen, buscando mi suerte: XIV. Soy Carmen, la que llega a Madrid

No sé cómo empezar, es difícil. Si hace un año y medio alguien viene y me dice que hoy estaría tomando el sol a la brisa del final del verano en plena Plaza Mayor de Madrid, me habría vuelto y me habría descojonado en su cara. Para después enfadarme y preguntarle que qué pensaba de mi vida, que si creía que yo era así de veleta… Pero tampoco me hubiera creído que mi pareja, esa con la que pensaba pasar el resto de mi vida y con la que había comenzado a convivir, desapareciera de mi existencia de una forma tan confusa y traumatizante; que pasaría un año de perros extraviada en mis sentimientos y en mi ambiente natural; que me iría a desquitarme al pueblo de mis padres, ese del que huí siendo una adolescente, y que allí, finalmente, no solo encontraría un grupo bastante variopinto de amigas que me aportaría mucho sino que me toparía con Pepe, un hombre al que aún me da miedo considerar algo más, pero que reconozco que tiene todas las papeletas para ser ese HOMBRE en mayúsculas en mi futuro.

He aprendido mucho en este año y medio: a relativizar, a ser más madura, a decidir con decisión – lo cual no es una redundancia, al menos en mi caso –, a hacer el amor en el campo – que eso también me lo hubieran dicho hace un año y medio y me hubiese vuelto como lo hace mi abuela soltando una fresca que ni yo sería capaz de transcribir aquí –. Pero sobre todo he aprendido que las desgracias pasan y que eso tan manido de que el tiempo lo cura todo es realmente cierto. Aunque yo lo matizaría un poco: el tiempo no lo cura todo, no, el tiempo lo atenúa todo, lo amodorra, lo alivia, lo aleja… hasta dejarte seguir haciendo tu vida e ilusionarte de nuevo con un miércoles o un martes cualquiera.

Y luego vienen las lecciones menores, esas que a las que no solemos prestar mucha atención, pero que están ahí de fondo, como por ejemplo que nunca es tarde para hacer los bártulos e irte a Madrid (quien dice a Madrid, dice a Bilbao o a Pontevedra), aunque también con matices, con una edad te vas con una red de seguridad debajo, como los trapecistas, que tampoco es cuestión de hacer de kamikaze con casi cuarenta años.

No me puse a reflexionar así en alto cuando lo anuncié en casa, allí en el pueblo, con mi abuela negando con la cabeza y alzando la voz para señalarme y decirme “¡Loca!”, mi madre yéndose a la cocina y poniéndose a cocinar para no partirme un jarrón en la cabeza y llevarme inconsciente a una clínica de reposo y mi padre mirándome con una de esas miradas suyas tan elocuentes y que, en esta ocasión, no supe descifrar; ni tampoco en el despacho de mi jefe que se quedó consternado y densificó todo su olor corporal en aquel habitáculo hasta hacerme salir para vomitar al baño; ni al decírselo a Gloria, que con una mano en su barriga y otra en su corazón me dijo muy solemne: “Yo no soy ya nadie para dictar sentencias y opinar sobre lo que se espera de una o no, pero te voy a echar tanto de menos que creo que voy a estar enfadada contigo al menos hasta que nazca el bebé”. Me puse a reflexionar para mí misma en la Plaza Mayor mientras esperaba a Pepe en nuestra primera cita en un contexto diferente al del calor del verano, los mosquitos y las calles empedradas del pueblo. Cerca de dos meses llevábamos sin vernos, lo que quiere decir que llevaba cerca de dos meses de celibato obligado que ahora me suponían una tortura, sin recordar que había estado más de un año en dique seco y sin querer humedecerlo. Había decidido ponerme mi vestido negro ceñido que, gracias a un verano generoso de helados y buenas comidas caseras – mi familia se quedó en el pueblo más de lo que esperábamos y Toñi no tuvo que competir para alimentarme de forma conveniente – ya llenaba como debían mis curvas, que volvían a estar en todo su esplendor, voluptuosas y obligándome de nuevo a controlarlas a base de volver a mis zapatillas chillonas.

Y apareció él. Verlo allí, en ese cambio de escenario tan brutal fue como un shock para mi cabeza, los primeros segundos fueron de posicionamiento en la realidad. Después, cogí mi mantoleta roja y me relié en ella para levantarme y devolverle la sonrisa que ya me lanzaba desde la otra punta de la plaza. Sí, llevaba mis zapatos de Louboutin, me sentía alta, estilizada y segura de mí misma. Tanto que deseé sin pudor alguno irnos a su casa y sin deshacerme de ellos, acabar con la abstinencia que tanto me estaba quemando por dentro.

Beso, manos posesivas en la cadera y:

– ¿Un bocata de calamares?

– Sí, vamos a comer que con lo que estoy pensando ya me ha entrado hambre…

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Comienza la segunda temporada

II. Eleonora

III. Mi vida sin mí

IV. Aventuras animadas de ayer y hoy presentan… ¡Sorpresa!

V. Vuelta a empezar

VI. Gloria, la visita más inesperada

VII. Verano azul

VIII. Hola, Pepe, soy Carmen

IX. Esto es Hollywood

X. Un paseo por las nubes… y caída libre

XI. Cuidadito, cuidadito

XII. Propósitos

XIII. ¿Comenzamos?

Es Carmen!

 

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4 thoughts on “Carmen, buscando mi suerte: XIV. Soy Carmen, la que llega a Madrid

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