Carmen, mi suerte está echada: I. Historias que acaban, historias que comienzan

No estoy con Pepe. Eso se acabó hace tres meses y ahora vuelvo a encontrarme algo confundida. Fueron seis meses de pura pasión adulta. Si me ciño a la verdad más absoluta, como nunca había sentido. El camino a su casa se convirtió en casi una peregrinación para mí. Coger los autobuses o el metro teniendo como destino su cama se convirtió en todas esas semanas en un aliciente que me mantenía viva e ilusionada. Y reconozco que él me esperaba con verdadera devoción. Casi no tenía que salir a correr – porque el precio prohibitivo de los gimnasios y el poco tiempo del que disponía hicieron que me convirtieran en runner, muy a mi pesar – para mantener a raya a mis osadas curvas que cada vez estaban más a gusto con su nuevo esplendor.

Creo que no me he comprado más conjuntos de lencería fina en toda mi vida. Seis meses de desenfreno consumista en los que me habitué al tanga solo por ver los ojos desorbitados de Pepe al palpar mi trasero y no tocar marca de braga. Solo con eso, ya me ponía a cien y colocábamos los postres al principio, como no podía ser de otro modo. Volví a cuestionarme en muchas ocasiones a qué había estado jugando yo los últimos 38 – ya, 39 – años de mi vida porque no lograba asimilar los sentimientos que me despertaba Pepe con los que había sentido antes con otras parejas, ni siquiera con Ramón, que ya es decir.

Pero eso se acabó y, aunque lo voy a contar y me va a doler cada palabra que escriba sobre esa historia, no será ahora. No será en este capítulo, aunque me tiréis los trastos a la cabeza y me pidáis que os cuente. Porque antes vienen muchas cosas. Muchas.

Digamos que la historia de Pepe es la que se acabó y la historia de Carmen en Madrid es la que comienza. Y lo mal que me suena hablar de mí misma en tercera persona, pero es que queda más literario y de eso se trata. Madrid y yo mantenemos un idilio muy particular, un amor odio por lo que significa, un no puedo vivir contigo pero tampoco sin ti. Creo que ya no volvería a casa – a mi ciudad de toda la vida – nunca. No podría prescindir de todo lo que me da Madrid, así de sencillo y de petarda soy ahora. Gloria me colgó cuando supo que, aun habiendo roto mi relación con Pepe, continuaría viviendo a cientos de kilómetros. Parece que no entendió que cuando me vine aquí, Pepe era uno de los ingredientes de la paella, quizá incluso el arroz – ¿qué es una paella sin arroz? – pero no el único. Tendría que buscar nuevo arroz para mi guiso, pero a eso ya estaba más que acostumbrada.

Sin embargo, voy a hacer un experimento, a ver cómo sale… Os voy a dejar en mi situación actual, en lo que está pasando ahora mismo, en… esto.

“Con los stilettos de Gloria, que me había enviado por correo urgente, una reserva en uno de los mejores hoteles de Madrid y mi vestido negro famoso, ese que me queda como un guante, así me encuentro a las diez de una noche templada de primeros de junio a las puertas del restaurante de Pepe. Observo, me reajusto el vestido, me toco los labios y sí, el nuevo pintalabios rojo que me ha costado un pastón no deja mancha. Al colocarme el vestido, sonrío, ni rastro de marca de braguita… como a él le gusta… como a mí me gusta que a él le guste. Junto a mí pasa una pareja joven y se queda mirándome: ¿a mí y a mi aspecto o a mí y a mi indecisión? Para el caso es lo mismo. Pero eso hace que eche un vistazo a la imagen que el escaparate de la tienda de al lado me devuelve de mí misma: ‘ESPECTACULAR’ bajo la imagen de un tacón de punta es lo que le envío a Gloria por WhatsApp. ‘A por él, guerrera’, me responde. Doble check azul es suficiente y cierro la conversación. Voy a jugar mi última carta con Pepe.”

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

Es Carmen!

 

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