Carmen, mi suerte está echada: II. La historia que comienza (1)

II.1

Justo el día que rompí con Pepe encontré piso de alquiler. Por fin viviría yo sola y en el mejor momento posible: podría llorar mis penas sin tener que explicarle a nadie mis ojos rojos ni mi desaparecida presencia durante demasiado tiempo, más del socialmente bien visto.

Desde que llegué a Madrid me alojé en el piso de unos amigos de la infancia, de esos que me habían invitado a su boda, al bautizo de sus dos hijos y a las fiestas de cumpleaños posteriores que siempre caían en verano y celebraban en casa de sus padres, es decir, en mi barrio de toda la vida. Razón por la cual atesoro una tarjeta de socia de Imaginarium en mi cartera, si no, de qué. Esos regalos son los que propiciaron que los niños me aceptaran de tan buen grado en sus vidas durante los primeros momentos de nuestra convivencia en común. Algo que se volvió contra mí cuando pasadas unas semanas no me presentaba con un regalo para cada uno envuelto en su papel de color rojo con una piruleta sonriente cerrando el paquete. Entonces comenzaron a mirarme de soslayo y mal, como si les estuviese defraudando. Pero, seamos sinceros, tenía el dinero tan contado que un solo detalle de esa tienda de juguetes y me vería obligada a vender alguno de mis zapatos de tacón y por ahí ya no pasaba.

Frivolidades aparte, no estuve a gusto durante tantos meses en aquel piso compartido con una familia completa ni creo que ellos supieran que la situación se pudiera extender tanto tiempo. Simplemente salió de esa forma. Mis amigos, de todos modos, aprovecharon la coyuntura y creo que se resarcieron de tanto meses sin salir y cenaron fuera más de lo que se podían permitir por las tantas veces que no habían podido hacerlo en el pasado. Incluso pude ver cierta tristeza en sus ojos cuando anuncié mi marcha, se les iba una niñera perfecta que no tenía hora de salida y a la que no había que pagar extras, de hecho, era yo la que les pagaba por vivir allí.

Por eso, cuando entré en tromba con mis cuatro maletas en aquel piso ínfimo pero céntrico  que ya podía considerar mi casa, sentí algo así como felicidad y tristeza al mismo tiempo: felicidad porque por fin tenía mi sitio en Madrid; tristeza porque hacía tan solo unas doce horas que Pepe y yo habíamos decidido dejar las cosas como estaban y sellar nuestro adiós con uno de esos momentos de pasión que dejan una huella tan honda que, pasado el tiempo, siguen quemando. Y a mí me seguía quemando todo el cuerpo. Como diría Gloria, a la que echaba de menos a rabiar y a la que necesitaba despotricando contra Pepe, la situación y el mundo en general: “Eso y un consolador, amiga mía, te solucionará la papeleta durante mucho tiempo”.

Aquel piso viejo, algo destartalado y desorbitado en alquiler era un pequeño tesoro que había encontrado por casualidad gracias a un compañero de trabajo. Ahora que en tan solo seis meses había ascendido algo, pude acceder al magnífico mercado inmobiliario cochambroso del centro de Madrid. Me sentía pletórica, ¿cómo no había dado el paso antes? ¿De verdad necesitaba a Pepe en mi vida para haber hecho aquello? Ese propósito que se había retrasado tanto en mi lista de prioridades acabó siendo uno de los más importantes. Me senté en el sofá, que me absorbió como si fuera cocacola derramada, y comencé a valorar la inversión que tendría que realizar en aquel nidito de amor solitario, a ver, por dónde empezar… Las paredes necesitaban un repaso, no iba a arreglarlas pero sí pintarlas; el sofá definitivamente tenía que jubilarlo, compraría uno en Ikea, de esos que se hacen cama, y no lo pensé porque tuviera previsto que muchos amigos se quedaran a dormir, sino porque mi madre ya me había anunciado su intención de venir ahora que tenía una casa a la que visitarme sin estorbar… sin comentarios. Quizá comprara una tele, la pequeña pantalla que estaba al otro lado de la sala que se hacía llamar salón no era lo suficientemente grande como para ver algo, cualquier cosa… Al final, mi viaje a Ikea iba a ser más productivo de lo que yo había pensado en un principio. Y no podía llamar a Pepe para que me ayudara en todo este proceso. Hablando de Pepe, también tenía que comprarme un consolador, Gloria me había mandado varias direcciones de sex shops de buena reputación. Así hasta que ella pudiera dejar al bebé durante una semana, venir y arreglar mi vida sentimental. Era su objetivo ahora mismo en la vida. Su bebé y yo, y quería aprovechar su baja maternal para hacerlo.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

Es Carmen!

 

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6 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: II. La historia que comienza (1)

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