Carmen, mi suerte está echada: II. La historia que comienza (y 2)

II.2

Con el frío helando las ventanas y la calefacción puesta a tope, algo por lo que pagaría un alto precio literalmente hablando, me desperté tras esa primera noche de estreno en mi nuevo apartamento, al que tendría que hacer algunos cambios para comenzar a llamarlo hogar o similar. Todavía no había amanecido del todo, pero es que tampoco había podido dormir del todo, así que para qué iba a demorarme más en la cama. Si lo hacía era por pura pereza, por pura reflexión matutina trascendental: me veía como en esas películas en las que la protagonista cavila sobre su vida con una voz en off mientras ella retoza a solas bajo las sábanas con una cutis perfecto porque, a pesar de no ir maquillada en absoluto, sus mejillas – sin haber mediado relación carnal de por medio – lucen un rubor coqueto y natural. ¿La realidad? A pesar de mis exigencias usuales, no me había desmaquillado y unas ojeras de rímel artificial descansaban bajo mis ojos; mis mejillas estaban ruborizadas, sí, pero del colorete de crema que no me había quitado la noche anterior, con lo que el color estaba un poco pasado; y la línea negra y difuminada de mis párpados eran una señal inequívoca de que desmaquillarse debería considerarse una obligación más a la que no hacer ascos por muy cansada de la vida que te encuentres a esas horas de la noche en las que la cama te llama con gran tentación. Tanto como lavarse los dientes después de engullir un gran bol de helado de chocolate que, a pesar del frío que arrastraba el comienzo de marzo en Madrid, me comí con deleite entre lágrimas e hipidos. Tantas cosas que hacer y tan pocas ganas, castigué mi pereza levantándome y no duchándome directamente, sino poniéndome a limpiar sin desayunar y obligándome a dejar el pisito limpio como una patena antes de estrenarlo de alguna forma. De todos modos, no me iba a meter en aquella ducha sin antes no rebanarme los dedos con un estropajo a base de restregar con ahínco.

Y así, con mi voz en off, continúo con algunas reflexiones antes de meterme en faena aunque ya no me encuentre en la cama retozando sino arremangada y con el olor de la lejía metido en la nariz. Reflexiones que, recordemos, no tienen por qué coincidir en tiempo y espacio con este momento de mi vida en que friego un piso que parece no haber sido habitado durante meses y cuya cocina atesora grasa para no tener que comprar aceite en mucho mucho tiempo.

Ahora soy ayudante de producción en una productora de televisión. Ese es un mundo fascinante, absorbente y me encanta. Me siento más que realizada y mis estudios de secretaria de dirección me han servido para saber gestionar ciertos temas con una soltura que me ha ayudado a llegar a donde estoy. Fueron de nuevo mis amigos de la infancia, esos con los que he convivido tantos meses y a cuyos hijos debo un regalo bien grande si quiero seguir teniéndolos en nómina de amistad, los que me buscaron un empleo de “chica-para-todo” en esa productora hace nueve meses cuando llegué a Madrid. Poco más que una becaria. A decir verdad, a la becaria la trataban mejor que a mí y le daban mejores tareas, aunque luego su nómina y la mía distaran en un par de cientos de euros. Me hice muy amiga de ella, pero no podía dejar de pensar que yo parecía su madre. Es que podría ser su madre. Lo dicho, mis comienzos en la empresa fueron algo humillantes. Sin embargo, un par de asuntos resueltos con relativa facilidad y mi habilidad con el teléfono hicieron que los jefes se fijaran en mí y en concreto el productor jefe. El ascenso vino a los seis meses, después de que conociera a un par de becarios más, entre ellos un pimpollo de 18 años que quiso ligar conmigo y me acosó durante su estancia aquí. Fueron momentos tensos de los que tuve que salir airosa para no parecer yo la corruptora de menores. Menos mal que era invierno y pude explotar todos mis chalecos de cuello vuelto evitando escotes que hubieran sido mal entendidos. Y no es que a mí me haya importado alguna vez lo que los demás pudieran pensar de mí por mi forma de vestir; a ver, que lo he dicho muchas veces, mis curvas forman parte de mi vida desde que tengo uso de razón y demasiado tiempo me ha costado asumirlas, vivirlas y aprovecharlas como para renegar de ellas por un adolescente venido a más en el trabajo; pero no estaba el horno para bollos: mi relación con Pepe no iba del todo bien, tenía un ascenso en ciernes que me permitiría independizarme y no tenía ganas de tonterías para tres meses que ese chico iba a pasar allí. Al final estuvo dos, lo llamaron de una tienda de ropa donde trabajaría a jornada completa y cobraría un sueldo más normal. Su futuro no podía ser otro.

Tacones, fulares, complementos y bolsos mil, eso es lo que conlleva mi trabajo de manera intrínseca. A mí toda esa parafernalia me fascina. Si ya lo hacía antes, ahora me deja loca porque se ha vuelto una realidad. Hasta mi hermana, con la que estuve cenando una noche que hizo escala en Madrid, se sorprendió de mi renovado y extenso armario y maldijo, esta vez en voz alta, la mala suerte de no tener ambas la misma talla.

– Por una vez, y sin que sirva de precedente, envidio tus curvas. – Me dijo toda digna ante mi nuevo vestidor (bonita forma de llamar a un habitáculo oscuro y sin sentido que había junto a la única y principal habitación del apartamento y que yo había reconvertido en armario para tener más espacio entre la cama y la ventana).

– No digas tonterías, Alejandra, que yo sé que las has envidiado en más de una ocasión. – Y con una sonrisa dio por terminada la conversación llevándose un bolso de piel-piel que había comprado en las rebajas de enero, antes de que me ascendieran, y que había escondido para que mis anfitriones no vieran que me gastaba dinero en un bolso y no en regalos para sus hijos.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza (1)

Es Carmen!

 

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12 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: II. La historia que comienza (y 2)

  1. Anuchi dice:

    Ay madre, Carmen empieza nueva etapa!!!! El alquiler del piso me recuerda a mis tiempos en la Calle Imperial recién llegada a Sevilla… y cómo no!! sus curvas que me encantan!!!!!! Besitos

    Le gusta a 1 persona

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