Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (2)

III.2

Una de las cosas milagrosas de mi apartamento es que es luminoso según en qué zona te encuentres. Si te contorsionas lo suficiente, puedes observar las estrellas desde la cama; y si le echas imaginación y valor, puedes tener una vista preciosa desde el pequeño balcón del salón. En el anuncio, el piso se vendía como “entra el sol a raudales y tiene unas maravillosas vistas”, menos mal que yo ya estaba curada de espanto y sabía que tras esas palabras se escondía una verdad a medias o mejor, una verdad al tres por ciento. Lo que sí era cierto era que si olvidabas bajar la persiana de la habitación antes de acostarte, había un momento en que el sol de la mañana te despertaba sin piedad. Los edificios estaban colocados de tal forma que un rayo de sol asesino lograba colarse por los recovecos y llegar hasta mi ojo derecho, sesgando cualquier intentona de seguir durmiendo.

Eso es lo que ocurrió, ese rayo que cercenó mi sueño la mañana después de la fiesta fue el responsable de que abriera los ojos con una mala leche horrorosa. Para colmo recordaba vagamente que había vuelto a acostarme sin desmaquillarme y sin lavarme los dientes y sobre la habitación caía ese aroma pesado a alcohol y a días de resaca. Recordaba también a trompicones, como si no fuera real, alguna escena de la noche anterior. A Lorena trayendo algunos porros, a mí negándome al principio y cediendo al final, una copa derramada en el sofá, a Paco cantando en el balcón y a los vecinos llamándome la atención… Y a Alberto intentando meterme mano bajo la falda y a mí… ¿dejándome? No, no podía ser. Me froté los ojos y los dedos se pusieron negros de rímel y azules de la sombra de ojos que sorprendentemente aún seguía encaramada a mis párpados. Me removí y al menos noté que había atinado a quitarme la ropa, no había cosa que odiara más en el mundo que acostarme vestida, más incluso que hacerlo maquillada. Observé la claridad a mi alrededor y mis ojos fueron acostumbrándose a esa nueva realidad llena de luz y color, muy lejana de la oscuridad que hubieran querido encontrarse. Me volví con desdén, como por inercia, esa inercia que esperaba poder extender en un vuelco al otro lado de mi colchón de 1,50 que ocupaba casi todo el espacio del dormitorio y que había decidido meter en aquel ínfimo espacio sacrificando la presencia de otros complementos vitales en una habitación. Pero mi ímpetu se vio obstaculizado por un cuerpo, un cuerpo de espaldas – unas espaldas anchas, eso sí –, un cuerpo cuya cabeza se hundía en mi almohada viscolástica y cuyo pelo revuelto me retrotraía a los sábados por la mañana que Pepe no tenía a su hija y yo podía quedarme a dormir en su casa. Pero aquel pelo y aquella espalda no eran de Pepe. Claro que no eran de Pepe, había roto con él hacía una semana y no lo había vuelto a ver, ni nos habíamos llamado si quiera esperando poder recomponer lo poco que quedaba de nuestros corazones después de una ruptura tan poco convencional como la que habíamos tenido. Ese no era Pepe, yo estaba desnuda bajo las sábanas y él… también estaba desnudo. Un culo monumental culminaba su espalda, no podía negarse mi buen gusto. Anchas espaldas y culos poderosos parecían ser mi nuevo talón de Aquiles. No había duda, aquel era Alberto. No había duda, al final sí que me había dejado meter mano la noche de la fiesta. Más de la que a mí me hubiera gustado.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta (1)

Es Carmen!

 

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (2)

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