Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (4)

III.4

Y ahora aquel hombre de cerca de dos metros, jefe supremo de la productora en la que trabajaba, que me había ascendido por méritos propios desde luego porque desde el principio vi que no era alguien que se guiara por su entrepierna sino por la razón; aquel hombre que hubiera enamorado a la más complicada de las humanas sobre la faz de la tierra, a Gloria mismamente; aquel hombre con un cuerpo de vértigo y un carácter tan atractivo como irresistible estaba bajo mis sábanas desnudo.

Observándolo con estupefacción comenzaron a llegar a mi memoria, en tromba, como un maremoto de recuerdos, todos los momentos que me habían llevado a esa situación: toqueteos, besos, un porro que nos pasábamos bajo risas demenciales y ebrias, conversaciones banales y no tan banales – me confesó que había dejado a su novia en cuanto se enteró de lo mío con Pepe y que estaba esperando el momento justo para hacérmelo saber y ese momento, por lo visto, había llegado la noche anterior –; su mano subiendo por mi pantorrilla y mis intentos inútiles y sin convicción alguna de pararlo; hacer el amor en mi refugio sagrado, mi habitación, en mi colchón de 1,50 recién estrenado con mis sábanas recién compradas blancas e inmaculadas. Qué momento más confuso, más embarazoso y más equivocado de mi vida.

No temí por mi puesto de trabajo, no sabía por qué, pero tras seis meses en la productora conocía lo suficiente a aquel hombre como para estar segura de que una ruptura o un malentendido como aquel – ¿se podía llamar así, malentendido? Buen eufemismo. – no serían la razón principal para un despido. Temí por mi integridad, por mis esperanzas pequeñas e inconsistentes pero esperanzas al fin y al cabo de volver con Pepe, temí por mi equilibrio mental. Comprobé en milésimas de segundos que mi equilibro mental estaba perfectamente, ya no era tan fácil desestabilizarme, quizá que se me hubiera muerto un novio en la cama me había hecho más fuerte de lo que yo imaginaba. También me hice ver que no era tan malo: llevaba una semana sin hablar con Pepe, él había cumplido y no me había llamado, ni siquiera contestado al par de mensajes que yo le había enviado en un intento nada digno de recomponer nuestra relación, ¿por qué tenía que guardarle el sitio? ¿O mejor, la cama? Veía que el modo combativo entraba en modo on y no era del todo bueno.

Me deslicé lo más discretamente que pude de la cama y entré en el cuarto de baño para darme una ducha. Estar desmaquillada, despejada y con ropa limpia seguramente le proporcionaría más autoridad a mis actos y a la conversación posterior a la que debía enfrentarme. Antes comprobé con satisfacción que no había nadie tirado por el salón ni por la cocina, todos habían tenido a bien irse de mi casa cerrando la puerta, detalle superimportante aquel. Hacía un frío de mil demonios para ir desnuda comprobando cada rincón del apartamento y cuando sentí el agua ardiendo sobre mis hombros casi recé de la emoción. Vi cómo caían chorreones negros de mi cara, me froté fuerte y me asomé al espejo que todavía no estaba empañado para comprobar que efectivamente había desaparecido todo resto de rímel. No pensaba en nada. Podría haber estado preparando la conversación de después, pero no lo hice. O no me sentía del todo culpable o me importaba menos de lo que creía, pero en ese momento solo me interesaba despejarme, que el agua cayera sobre mi cuerpo y no pensar.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

Es Carmen!

 

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8 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (4)

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