Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (y 5)

III. 5

Entré en la habitación con un batín de seda. Bueno, vale, de sucedáneo de seda  y con un estampado japonés demasiado colorido, pero que daba el apaño y me hacía sentir muy bien conmigo misma. De estas veces que te vistes pensando solo en ti como una modelo de catálogos de ropa de andar por casa y sabes positivamente que has dado en el clavo 100%. Alberto ya se había dado la vuelta en la cama y, algo adormilado, se incorporaba. No me gusta estar describiendo su cuerpo a cada paso, la verdad, pero es que sus imponentes abdominales se materializaron ante mis ojos y creí desmayarme.

– Hola, preciosa.

– Hola, Alberto.

– ¡Oh, oh, no me gusta nada ese tono!

– Tienes que saber que cuando desperté no sabía ni que estabas a mi lado, ni recordaba que nos habíamos acostado juntos – vaya redundancia. – ¡Por Dios, Alberto! – Y puse mis brazos en jarras, como si estuviera regañando a un niño pequeño.

– ¿Y ahora?

– Ahora sí.

– Bueno, eso es un avance. Yo me acuerdo de todo desde el primer segundo de haber abierto los ojos. Es más, te veo ahí de pie y me entran ganas de volver a repetir.

– No tires por ahí porque esto hay que hablarlo muy seriamente.

– Todas las mujeres os empeñáis en conversaciones serias. – Es que me recordaba tanto a Pepe, ¡tanto! Que me hacía echarlo de menos más aún.

– No, no… No sé por dónde empezar.

– Te has duchado.

– Ajá.

– Pues déjame que estemos en igualdad de condiciones. Me ducho y nos tomamos un café. ¿Te parece?

– Genial.

Y se levantó sin ningún pudor. Paseándose desnudo delante de mí con total naturalidad. Y yo nunca he sido de piedra, de hecho siempre he creído que me he dejado llevar por mis bajos instintos más veces de las que debería, así que me costó horrores no observarlo descaradamente mientras pasaba por delante con ese cuerpo y ese… todo sin pararlo en seco y hacerlo volver a la cama. Que estoy segura que es lo que él esperaba de mí. Saboteando sus deseos y los míos, me recogí un poco para no rozarnos – la habitación no daba más de sí – y puse los ojos en blanco, expresión que me duró sorprendentemente hasta que terminé de vestirme.

Y ahí estábamos los dos, en la cocina del apartamento, tan cerca por lo pequeña que era que podía oler mi gel de baño en su piel a pesar de que se había vuelto a poner la ropa de la noche anterior, que todavía guardaba un leve aroma a porro y a alcohol. Me miraba a través de sus gafas de pasta último modelo, ¿es que este hombre lo tenía todo perfecto y medido? Lo que es tener dinero, madredelamorhermoso. Y saboreaba el café de mi Nespresso, de los pocos electrodomésticos que rescaté en mi viaje de inmersión a Madrid, cruzando los brazos sobre su pecho con gesto interrogativo.

– ¿Y bien?

– ¿Cómo que “y bien”? Por el amor de Dios, Alberto, nos hemos acostado. ¿Nos hemos vuelto locos?

– Yo no, desde luego, pero veo que tú tienes problemas con eso.

– ¡Pues claro que tengo problemas!

– Yo no se los veo por ningún lado: somos adultos, solteros, sin pareja, ¿a qué viene tanto drama? No estamos engañando a nadie. – E hizo especial hincapié con su tono en ese “engañando”.

– Todo eso que dices lo entiendo y está muy bien todo, muy bien explicado, muy coherente. Pero terminé con Pepe hace una semana.

– Y yo con Ana también terminé hace una semana.

– Sí. Y yo hasta hace dos días le mandaba mensajes a Pepe para que nos replanteásemos la ruptura…

– ¿Y te ha contestado? – Y le dio un sorbo a su café tranquilamente.

– No, pero…

– Pues ya está.

– Pero ¿no ves que si no hubiese bebido… que si no me hubiese fumado ese porro…?

– Esos porros.

– ¡Por el amor de Dios! ¿Cuántos fueron?

– Más de uno seguro.

– Da… da igual… Da lo mismo… ¿No ves que si no hubiera sido así, no nos hubiéramos acostado?

– Eso es lo que tú dices.

– ¡Eso es lo que yo digo porque eso es lo que yo pienso! – Su tranquilidad pasmosa me estaba desquiciando.

– Yo no pienso eso. Carmen, ¿quieres saber lo que pienso? Que quizá no hubiese sido anoche, de acuerdo, pero tú y yo íbamos a acabar en la cama más tarde o más temprano, así de sencillo. Reconozco que hacerlo bajo estas condiciones tal vez no haya resultado la mejor de las formas, pero ha salido así.

Dejó la taza en el único y pequeño espacio de encimera libre que tenía la cocina, se acercó a mí y cogiéndome por la cintura, me dio un beso en la boca que me dejó loca.

– Ahora me voy. Me gustaría verte luego y esta noche y mañana – y hablaba tan cerca de mis labios que a cada palabra creía que iba a estamparme otro de esos besos que yo no iba a poder ni querer rechazar –, pero creo que necesitas tiempo para situarte. Así que nos vemos el lunes en el trabajo. Descansa.

Y se fue. Y yo me quedé anonadada porque las cosas habían dado un giro tan espléndido – por grande no por genial – que iba a necesitar un controlador aéreo que me guiara para aterrizar en mi pista particular.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

Es Carmen!

 

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8 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: III. La fiesta (y 5)

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