Las historias de Carmen: Eurovisión

Anoche vi Eurovisión. Estaba en casa de Gloria y creía que iba a poder obviar este evento, pero Gloria, a eso de las nueve, apareció en la puerta del salón con una bandeja: dos boles de patatas, dos copas y una botella bien fría de vino blanco de Yllera, mi perdición. No podía decirle que no.

Me sonrió y declaró: “Otro año más y este, por fin, tengo Twitter para comentar”. Siguió sonriendo y se sentó hablando algo sobre que estaba calentando el horno para meter una pizza, pero que de eso me tendría que ocupar yo porque ella estaría ocupada viendo y juzgando cada una de las 27 canciones participantes. Le faltó pasarme un listado de los nombres de los cantantes y un bolígrafo para que fuera apuntando mis impresiones.

– ¿Y Roberto? – Era verdad, no había caído que en aquella casa había demasiado silencio, ni rastro del bebé de un año que debería estar correteando por los pasillos y poniendo de los nervios a su madre, Gloria, a su padre y a su tía posiblemente embarazada, o sea yo.

– ¿Has tenido más de media hora para hacerme esa pregunta y me la planteas ahora? – Gloria hablaba sin despegar los ojos de la televisión.

– Ajá. – Yo bebía con énfasis de mi copa, puede que la última antes de saber con certeza si realmente mis curvas se iban a desmadrar como nunca.

– Roberto se ha llevado al niño a casa de mi su… ejem, de su madre.

– Tu suegra, Gloria, dilo de una vez.

– No es momento para concretar parentescos, ¿no crees? Bueno, que se lo ha llevado porque sabe mi debilidad por ver Eurovisión. Y con eso también su madre afloja un poco.

– No está contenta contigo, ¿verdad?

– ¿Lo estuvo alguna vez? – Esta vez sí que me miró y se metió una patata en la boca, esbozando una sonrisa pérfida. Cuando cerró la boca, la patata crujió sin piedad.

Yo estaba pasando el fin de semana en casa de Gloria porque en mi casa, mi habitación había sido desmantelada desde el minuto uno en que puse un pie fuera de ella hacía ya algunos años. Mi madre y mi abuela me insistieron para que estrenara el maravilloso y flamante sofá cama – a imagen y semejanza del que yo había puesto en mi apartamento madrileño, “porque aquí también tenemos Ikea, no tenemos que irnos al centro del país para comprar uno de estos” –, pero yo no iba a renunciar a un confortable colchón en el piso de Gloria por un sofá cuyos muelles ya sabía muy bien cómo funcionaban.

– Edurne no me gusta. – Gloria hablaba como si yo estuviese al tanto de los pormenores del concurso.

– ¿Por qué? Pobre chica, le ha puesto mucha intención.

– Bah, dicen que ha tenido muy buenas sensaciones en los ensayos, pero yo eso del cambio de vestido no lo veo, a ver cómo le sale. ¡Y la canción!

– ¿Qué pasa con la canción?

– Que es mala hasta decir basta. – Y bebió un sorbo de vino, se echó para atrás y añadió: – Demasiado flojo, no sé cómo te puede gustar esto.

– Quizá es precisamente por eso. Las canciones de Eurovisión nunca han sido obras de arte.

-Tienes razón. ¿Y sabes que han invitado a Australia?

– ¿Y qué tiene Australia de “euro”?

– ¡Eso digo yo! Los tuits están siendo geniales. – Y Gloria dividía su atención entre la televisión y su iPad, donde de vez en cuando lanzaba algún tuit mordaz muy a su estilo. Yo también me había incorporado a Twitter hacía poco y estaba todavía como en una luna de miel, intentando conocer a mi pareja.

– Gloria, voy a meter la pizza en el horno. – En una postura entre despreocupada y alerta, si es que existía algún punto medio entre ambas, alzó su mano e hizo un gesto como de borrar todo aquello que la distrajera, es decir, me borró a mí.

– Ok. – Me fui con la copa y la botella de vino a la cocina donde me preguntaría si no podría haber elegido otro fin de semana para visitar a la familia y a los amigos.

Sin embargo, en breve, hasta yo me sentí atraída por la inevitable gravedad que los fanes de Eurovisión desprendían, me lancé a comentar en Twitter y me declaré seguidora de la participante de Georgia, aunque para mi vergüenza tuve que buscar su ubicación en el mapa. La pizza carbonara de Mercadona se puso fría mientras charlaba con Gloria sobre los saltos de los de Israel y los luminosos representantes de Reino Unido y nos sentimos absolutamente indignadas cuando Hungría quedó por delante de Edurne, que había mantenido el tipo y el equilibrio como nadie encaramada a aquel bailarín, algo que yo nunca podría hacer de ninguna de las maneras. Solo por eso, tendría que haber terminado en el top ten, se ve que las quinielas eurovisivas pueden equivocarse tanto como las electorales en tiempos de campaña.

Es Carmen!

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