Carmen, mi suerte está echada: V. Reflexionando que es gerundio (y 4)

V.4

Pero ahora estaba tirada en el sofá y mezclando momentos en mi cabeza. La ruptura con Pepe junto a la noche con Alberto; la discusión con Cecilia y los argumentos de Alberto para justificar nuestra noche loca; el “creo que tenemos que hablar” de Pepe con la entrega de Alberto. Pero no nos llevemos a engaño, no estaba agobiada. Tenía una especie de paz interior que me resultaba hasta cómica, ¿cuándo había sido yo así de despreocupada? O tal vez esa no fuera la palabra, no era “despreocupada”, era, era… resignada. La vida te trae acontecimientos que una vez pasados, ¿a qué viene arrepentirse? Y yo no me quería arrepentir de mi noche con Alberto, quizá si me dejaba llevar por la antigua Carmen, estaría flagelándome con reproches, pero esa Carmen se quedó en el pueblo a principios de septiembre.

El tiempo pasó como un suspiro, tanto que fue mi estómago el que me avisó de que llevaba demasiado reflexionando y que mi yo físico necesitaba algo de alimento ya. Me puse de nuevo mis cuñas, me lié en mi bufanda y me enfundé mi abrigo, todavía hacía un frío de mil demonios. Creo que eso, el frío, sería a lo único a lo que no podría acostumbrarme tan fácilmente: me salían sabañones en las manos que no curaban ni las cremas milagrosas que anunciaban en la tele ni las que te vendían con ahínco en las farmacias; se me agrietaban los labios de una forma feroz, tanto que tenía que sustituir mi pintalabios por un cacao que me hacía parecer una niña de diez años; también se me secaban las extremidades, algo que no solucionaba ni toda la crema hidratante del mundo, que es la que me extendía con fruición cada vez que salía de la ducha. Me eché a la calle con pasión, con desesperación, ansiaba respirar el frío del ambiente, que me congelase un poco por dentro para que mi sistema nervioso estuviese ocupado en algo más que en controlar mi estado de ánimo, ya se sabe que muchas veces para ganar hay que dividir al enemigo y eso es lo que yo pretendía. Dejé el piso tal cual, con los vasos de plásticos sembrando el suelo y los restos de patatas y colillas anidando en los rincones. No estaba agobiada, pero en mi estrategia por seguir en ese estado, debía huir cuanto antes.

Efectivamente, hacía frío, hacía mucho frío y pronto esa fue mi única preocupación. Parecía que mi conocimiento sobre mí misma iba en aumento. Quién lo hubiera dicho a los casi 40 años. 40 años, a esa edad había muchas mujeres que tenían hijos. De hecho, yo conocía a un buen puñado de ellas. En la productora había una chica con 43 que acababa de tener trillizos gracias a la inseminación artificial. No tenía pareja, estaba sola en la ciudad porque su familia vivía a mil kilómetros, era mi ejemplo a seguir. Se había enfrentado a su nueva vida con una templanza increíble: “nadie me iba a quitar esa satisfacción, vida no hay más que una”. Vida no hay más que una, vida no hay más que una: una vida para ser madre o una vida que compartir con la persona que quieres; una vida para ser la madre de una nueva Carmen que continuase la estela de las Cármenes de mi familia o una vida para estar junto a Pepe. Porque él me lo había dejado muy claro: ni quería ni entraba en sus planes, ni creía que iba a entrar nunca jamás (NUNCA JAMÁS fueron sus palabras exactas), ser padre de nuevo. ¿Egoísmo? ¿Egoísmo el mío o el suyo? ¿Egoísmo mío por obligar a un hombre con más de cuarenta a ser padre de nuevo cuando tenía su vida montada y una hija adolescente independiente? Obligarle a comenzar de nuevo, a cambiar pañales, a limpiar cacas y vómitos (aunque sabía de buena tinta que había tenido que limpiar vómitos hacía poco a su retoña). ¿O egoísmo el de él? Al obligarme a elegir, al no entender que yo quería algo que él ya tenía, al no querer planteárselo siquiera, al poner sobre mi tejado una pelota difícil de jugar.

Al final, como yo suponía, esos dos propósitos que me planteé en pleno verano fueron imposibles de compatibilizar. Y la ruptura fue cuajándose durante un mes hasta que ya no pudimos más, no pudimos sostener lo que a todas luces no tenía solución: ninguno de los dos iba a dar su brazo a torcer, ni yo iba a renunciar a ser madre ni él iba a ceder a ser padre de nuevo. Después de todo, el amor no fue tan fuerte como habíamos imaginado y él fue bastante comprensivo conmigo cuando no respondió a mis mensajes para revalorar lo nuestro, no quería que yo renunciara a mi sueño aunque eso supusiera no estar juntos. Y sabía de buena tinta, la mía y la de él, que sí que quería. Mucho. A lo mejor sí había mucho amor, a lo mejor… ¿por dónde se iba al Ikea?

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

Es Carmen!

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5 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: V. Reflexionando que es gerundio (y 4)

  1. El tema de los hijos a veces es complicado. Cuando una persona no quiere hijos no puede forzar a la otra a quedarse sin ellos. Y el que quiere hijos tampoco puede forzar a quien no quiere a tenerlos. He pasado por eso.
    Mejor que redecore su vida y mire hacia adelante. Un besote!!!

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    • Precisamente conozco a parejas en las que ese era un tema importante, vi que era una razón muy válida y bastante real para romper una relación que se las veía tan bien, como era la de Carmen y Pepe.
      Besos!!

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