Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (1)

VI.1

El lunes tenía que llegar. Yo había disfrutado de un maravilloso fin de semana a solas conmigo misma, había disfrutado de haber tenido sexo del bueno – ya habían venido todos los recuerdos a mi cabeza y podía repetir sin pudor que fue muy bueno – en la inauguración de apartamento, había disfrutado de ese apartamento que era mío rechazando llamadas al móvil y al telefonillo, había comprado un sofá, una televisión y decoración y ajuar de hogar en Ikea, ¿qué quería más? O mejor, ¿qué no quería? No quería vérmelas con Alberto, no tenía ganas de una conversación profunda, o somera, con la que llegar a una conclusión. Me daba pereza.

Y allí estaba, sentada por fin en una mesa decente – desde el ascenso había pasado todos mis trastos a un puesto normal en la gran sala de redacción, lo que me daba cierta autoridad sobre cualquier persona que se sentara en mi anterior silla y que de momento no era nadie – y esperando que Alberto pasase con su habitual seguridad y actitud arrolladora y me llamase a su despacho. Intentaba estar siempre con la mirada fija en el ordenador, en la agenda, ocupada hablando por teléfono – una de mis mayores tareas, hablar incansablemente por teléfono –, que no se notase que tenía más que controlada la puerta de entrada. Ya estaba retrasándose, ¿lo haría queriendo? ¿Me estaría martirizando? No, Alberto no era de esos, era como… era como Pepe: un hombre con las ideas claras, al que no le gustaba dar rodeos, que iba al grano y agradecía que los de su alrededor también lo hicieran. ¿Estaba cambiando a Pepe por un facsímil de él mismo? Espera, si me hacía esa pregunta, ¿es que estaba planteándome cambiarlo? La Carmen de siempre, algo indecisa y caótica en sus pensamientos, volvía a las andadas. Pero Alberto no vino esa mañana ni después de comer. Y a mí me entró el cuerpo en caja porque podía tener más tiempo para pensar, ¿el qué? Lo que fuera. Así de despreocupada me topé con él a la salida de la productora. Yo charlaba tontamente con Paqui, la chica de recepción, que me invitaba a cenar esa misma noche a su casa con ella y con su chico a raíz de haberle comentado que me encantaban las ensaladas nada lights que se traía para almorzar y de las que, por lo visto, su pareja era un experto.

– ¡Alberto, qué sorpresa!

– Ya lo veo. – La cara que debí poner tuvo que delatarme.

– Eh…Carmen, yo… yo me voy. – Después de quince segundos eternos, Paqui se dio cuenta de que nuestro saludo no se quedaría solo en eso, un saludo, y que no proseguiríamos nuestro camino juntas con nuestra conversación banal. Ante la visión de dos personas que se quedan mirándose con cara de pasmados, tuvo a bien retirarse como buena chica de recepción que sabe leer entre líneas y quedarse al margen cuando la situación lo exige.

– Bueno…

– Sí, Paqui, gracias. Hasta luego. – Alberto hizo uso de su superioridad y atajó cualquier intento de huída por mi parte.

– No te he visto en todo el día.

– No he venido en todo el día.

– Ya, bueno… ¿Qué te ha pasado? – ¿Podía retrasar en algo ir al grano?

– Han estallado las tuberías de mi casa.

– ¡Por el amor de Dios!

– Dios no ha tenido nada que ver en esto, sino más bien mis vecinos. Me he quedado sin casa al menos durante dos meses. – Su tono era de todo menos amistoso. No creí en ese momento que a él le apeteciera afrontar una conversación de corte amoroso. Bien por mí.

– Supongo que estarás muy ocupado intentando arreglar todo el desaguisado – ¿desaguisado? ¿Desde cuándo utilizaba yo palabras como esa? –. Si quieres, nos vemos mañana.

– La verdad es que necesito una copa. – Y me miró con desespero. O al menos es lo que yo interpreté en sus ojos.

– ¿Un lunes? Empezamos pronto, ¿no?

– Las tuberías no han podido elegir otro día de la semana.

– Venga, te invito yo.

– No, te invito yo, soy el de la idea.

Y comenzamos a andar juntos por la acera. Los dos sabíamos adónde nos dirigíamos, a un bar que estaba a un par de manzanas de la productora y que solía ser punto de encuentro de todos cuando se celebraba cualquier cosa. Era poco más que una taberna, aunque había empezado como tal y al final había prosperado hasta convertirse en restaurante.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (1)

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