Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (y 4)

VI.4

Me llevó en su coche, pero no sé cómo pude montarme. Era verdad aquello de que lo tenía lleno hasta las trancas de todo tipo de cosas que, por supuesto, tuvimos que subir al piso porque dejarlas así, a la vista de un coche aparcado en plena calle hubiera sido convertirlo en una tentación para los cacos. Cuando terminamos de subirlo todo y desembalamos el sofá y la tele eran ya las diez de la noche.

– Necesito otra cena. – Me tiré en el sofá nuevo y me quité los zapatos de tacón que, sorprendentemente, había llevado hasta ese momento con más dignidad y entereza de la que hubiera podido imaginar.

– Carmen, como te quites de nuevo los zapatos así y te frotes los pies de esa forma, no respondo y estrenamos el sofá pero de otra forma.

– ¿Así va a ser nuestra relación ahora? ¿Comentarios con doble sentido y ese tipo de cosas? – Y me reí de buena gana.

– No estaría mal, no. – Y me miró tan fijamente y tan serio que no supe qué contestar y yo también me quedé mirándolo, esperando lo que fuera a decir. – Carmen, no creo que lo de la otra noche fuera un error, al menos no lo fue para mí.

– Y yo no quiero que pienses que me arrepiento de ello.

– ¿Ah, no?

– Para nada. No me arrepiento y lo pasé muy bien, aunque suene feo decirlo.

– No suena para nada mal. A mí me suena muy bien.

– Pero no quiero que se repita… al menos de momento.

– Y eso también suena muy bien, “de momento”. Yo esperaba escuchar una negativa rotunda, así que me doy por satisfecho.

– Tienes que entender que acabo de terminar una relación que, sinceramente, creía que iba a durar toda la vida. – Y al decir eso último, me pareció tan tonto, me resulté tan tonta, que me dio vergüenza. – Bueno, no sé, eso, para toda la vida.

– Lo entiendo…

– No es que vaya a guardarle el sitio o piense que tiene arreglo, ya sé que no, pero tengo que estar preparada mentalmente hasta para tener un… affair. – Y se rio con una carcajada tan honda y tan real… que no hizo más que recordarme a Pepe. De verdad, si él supiera que con todo eso estaba dejando más claro aún en mi cabeza que aquella noche no habría sexo, seguramente no lo haría.

– Te he dicho que lo entiendo, no tienes que darme explicaciones. Y ahora, así, en confianza. – y se arrellanó en mi sofá nuevo mirándome profundamente con sus ojos castaños, unos ojos castaños que sí que diferían bastante de los de Pepe. Estos eran más grandes, más simétricos, igual de atractivos. Gloria tendría que sacarme de ese atolladero que eran para mí los ojos masculinos, y las manos masculinas, y las espaldas masculinas…

– Dime.

– ¿Por qué habéis roto? – Y la cara que puse debió dejarle claras muchas cosas. – Bueno, si no quieres, no tenemos que hablar de esto.

– No, no importa. La verdad es que no me vendría mal hablar de esto con otra persona que no sea Gloria… Sí, mi mejor amiga. – Y me acomodé más de lo que lo estaba ya. Me sujeté la cabeza con la mano y pensé en Pepe. Todavía lo quería, lo quería mucho. Todavía sufría de amor, sufría mucho. Aunque ya no suponía el mal de amores que podría haberse desatado con veinte años, sufría de forma adulta, con el convencimiento del cierre de un ciclo; asumiendo que por mucho que lo deseara, no todo en esta vida puede ser. – Todo es más simple de lo que pueda parecer, no te creas; fue una discrepancia difícil de superar, tan difícil como imposible a decir verdad… En fin, se resume en que yo quiero ser madre y él no quiere ser padre de nuevo.

Y aquella noche no hicimos el amor. Él estrenó el nuevo sofá de Ikea que se convertía en cama y me dio las buenas noches después de acostarnos de madrugada hablando ya no de cosas frívolas, como en el restaurante, sino de nuestras respectivas disyuntivas vitales. Yo le mostré mi opinión sobre su abandono de Ana y él me contestó con un lacónico: “Iba a pasar, pero aproveché el momento”. Veía que la culpabilidad no era un rasgo muy pronunciado de su carácter. Lo dejé estar, igual que dejamos estar cualquier intentona sexual que se nos pudiera pasar por la cabeza. Esa forma de comportarnos tan adulta me sorprendió por mí misma y por él. Al día siguiente recogió todas sus cosas y se fue a un apartamento que la inmobiliaria de sus amigos le había buscado, sus tuberías seguirían arreglándose y nuestra noche de pasión seguiría siendo una gota en el océano de nuestras noches de pasión.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (3)

Tras dos semanas de vacaciones, Carmen!, un relato por entregas que lleva ya más de dos años entre nosotros, vuelve retomando donde lo dejó y con más ilusión que nunca.

Os pongo un poco al día: Carmen está viviendo un momento convulso, ha roto con Pepe (cosa que aún no puedo ni creer) y contra todo pronóstico se ha acostado con su jefe en un alarde de descontrol y control sobre su vida, así de opuestas pueden ser las visiones de este affair. Y ahora, cuando las cosas no pueden empeorar (o mejorar, según se mire), Alberto – su jefe – va a pasar una noche en su apartamento por unos problemas demasiado domésticos. Todo parece apuntar a una nueva noche de pasión, pero si todo fuera tan fácil, esto no sería Carmen!

De todas formas, recuerda que todos los capítulos y entregas anteriores de Carmen! están a un solo click, así que te invito a navegar por ellos y a que encajes las piezas tú mismo 😉

¡Espero que lo disfrutéis!


VI.3

– Espero que no te tomes esto como una espantada, por favor. – Había decidido que nada de tontunas ni represiones, si Alberto, Pepe y todos eran capaces de decir lo que pensaban, ¿por qué no iba a hacerlo yo?

– Dime. – Alberto mojaba una patata en salsa brava. Por lo visto no había comido en todo el día y mientras a él le apetecía toda la carta de tapas y platos, yo solo podía aspirar a tomarme el Nestea y picar algo de la tortilla de patatas deconstruída que era la joya de la corona de aquella taberna-restaurante.

– ¿No tienes amigos con casa en las que poder quedarte? Es decir, ¿lo primero que has pensado es en irte a un hotel?

– No me gusta presentarme de improviso en casa de los amigos. Alguno de ellos ya se ha enfadado alguna vez conmigo por algún detalle de ese tipo, pero soy así, qué le voy a hacer.

– Entonces…

– ¿Por qué he aceptado irme a tu casa? – Mi mirada era más que elocuente. “Ajá”. – A decir verdad, creo que te he cogido en contramano, ¿no? Sé lo que es un ofrecimiento de compromiso, Carmen. – Parecía que me había leído la mente. – Pero tengo que reconocer que el día de hoy ha desdibujado un poco mi… mis actitudes normales.

– Ah, muy interesante, no hay nada como que te estallen las tuberías para dejar de ser tú, eso es lo que quieres decir.

– Básicamente. En serio, Carmen, si no quieres, no voy a tu casa esta noche. No te sientas obligada. – Y me lanzó una sonrisa franca que me dejó petrificada.

– No, no, te vienes a casa y punto. Además, con eso me ayudas a desembalar el sofá, lo compré este fin de semana en Ikea… Mira por dónde has tenido suerte, vas a estrenar sofá para dormir y no tendrás que destrozarte la espalda durmiendo en el antiguo.

– ¿En el sofá, Carmen?

– Ajá, Alberto, en el sofá, ¿lo dudabas?

– A decir verdad, no, pero tenía esperanzas.

Seguimos hablando de trivialidades y pude comprobar que me sentía muy a gusto con él. Las palabras fluían con rapidez, me reía con sus ocurrencias, digamos que se desveló como un tipo menos estirado de lo que a priori podía parecer cuando se le conocía en el despacho de la productora. Ni siquiera cuando estábamos en reuniones más informales, allí mismo en aquella taberna con más colegas alrededor, lo había visto comportarse de ese modo. Tenía un modo intimidad muy atractivo que hacía sentirse cómoda hasta a la más escéptica, es decir, hasta a mí. Y en ningún momento se tomó libertades, no buscó tocarme una mano o rozarme una pierna como sin querer. No me di cuenta de que habían pasado un par de horas hasta que él decidió pedir la cuenta y me miró con aire interrogativo: “¿Te parece si nos vamos? Estoy deseando estrenar ese sofá tuyo tan embalado y tan nuevo”.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

Es Carmen!

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Ayer no hubo Carmen! Unos problemas técnicos me impidieron llegar a tiempo y obligaron a este relato por entregas a tomarse otra semana de vacaciones. Es lo que tienen las nuevas tecnologías, te facilitan la vida, pero cuando fallan, ¡los destrozos son garrafales!

Para compensar esta circunstancia, os propongo lo siguiente: ¿felicitamos a Carmen por el día de su santo con un microcuento? Y ya, de paso, felicidades a todas las Cármenes, tenéis un nombre muy especial.

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microcuentos Carmen

Felicidades, Carmen, con un microcuento

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Un microcuento para Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (2)

VI.2

Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas.

– Sé que no tienes por qué saberlo, pero odio la cerveza. – Dije mientras le regalaba una sonrisa de complicidad y me quitaba el abrigo, la bufanda y los guantes dejando de sentirme como el muñeco Michelín inmediatamente.

– Lo sé, lo sé, lo peor es que lo sé. ¡Perdona! – Se dirigió al camarero. – ¿Qué es lo que quieres?

– Un Nestea.

– ¿Nada de alcohol?

– Nada de alcohol. – Sabía que en ese encuentro iba a necesitar estar lo más sobria posible.

– Pues cambie una cerveza por un Nestea, gracias.

– ¿Cómo estás?

– Hasta los huevos de los vecinos, de los del seguro… He cerrado mi casa y le he dejado la llave a un tipo que dice que cuando me las devuelva, mi casa estará como nueva. Pero no sé qué pensar. Tengo el coche hasta las trancas de trastos y ropa y un camión se ha llevado a no sé dónde todos mis muebles.

Yo no conocía el piso de Alberto, pero sabía por algunos comentarios que era un precioso ático con patio en una zona muy reputada de Madrid. A mí me dolería ver destrozado mi recién estrenado apartamento, cuanto y más un pisazo de ese estilo y mío para más inri.

– No sé qué decirte.

– Nada, no me digas nada, no tiene caso. – Y se giró y me miró. Se quedó callado por un momento mientras yo terminaba de echar el Nestea en mi vaso. Cuando me quise dar cuenta, sus ojos ya habían hecho un barrido por todo mi cuerpo y me entró un escalofrío. Tengo que reconocer que ante la perspectiva de una conversación con él, había puesto especial énfasis en mi indumentaria, aunque eso era ya lo habitual en mí a tenor de cómo iban todas vestidas allí. Había elegido los tacones más altos de mi zapatero para estar a la altura y una falda lápiz discreta pero resultona en color negro que casaba a la perfección con una blusa blanca de seda que había pasado por varias fases: solo salidas importantes, fines de semana y, finalmente, ropa de trabajo. Era una imagen formal pero decidida, había invertido mucho tiempo de mi mañana en decidir qué ponerme para saber qué transmitir con mi atuendo: seguridad, feminidad. ¿Lo lograría o lo echaría a perder con mis nervios y mi verborrea incesante en momentos de estrés? – Estás muy guapa.

– Gracias. – Y se volvió para darle vueltas a su cerveza. Y allí estaba yo, esperando que comenzara a hablar, dejándole a él la papeleta de introducir el tema sin saber qué era lo que realmente iba a contestar yo. Y ahí estaba él, sin entrar en nada, con cara de pocos amigos y ganas de desconectar del mundo real por algo tan vulgar como un estallido de tuberías que le había dejado sin casa. – ¿Y adónde te vas a quedar durante todo este tiempo?

– ¿Cómo? – Salió de su ensimismamiento y se giró de nuevo.

– Que si tienes planes, dónde te vas a quedar y esas cosas logísticas y prácticas, tú sabes.

– No. De momento, esta noche me voy a un hotel, supongo que estaré allí lo suficiente como para buscar un piso de alquiler. Ya he llamado a la inmobiliaria de unos amigos y me han conseguido varias visitas para mañana mismo.

– Vaya, qué rapidez.

– No me puedo quejar, no. – Pues parecía que era yo la que tenía que tirar del carro, porque este diálogo no marchaba.

– ¿Cerca o lejos del trabajo? Quiero decir el hotel.

– No lo sé, no lo he buscado aún.

– Pero ¿tú sabes la hora que es?

– Las siete y… veinte de la tarde.

– De un lunes, mañana tienes muchas citas que me sé tu agenda de memoria, te estás tomando una cerveza aquí y no sabes ni adónde vas a dormir.

– ¿Me vas a reñir? – Y me sonrió divertido.

– Eh… no, claro que no, pero bueno, tú sabes, soy más de organizar que otra cosa y esto… no sé, te diría que te vinieras a casa, pero es un sitio tan pequeño que…

– ¿Me dejarías pasar la noche allí? – ¿De verdad no había interpretado una oferta de compromiso?

– Eh… bueno, claro, cómo no…

– Pues si no te importa, te invito a cenar. ¡Perdona de nuevo! ¿Tenéis mesa dentro? ¿Sí? Pues vamos.

– ¿No es un poco pronto para cenar? – Esto se me había ido de las manos.

– Cuanto antes cenemos, antes nos iremos. Estoy agotado. – Y me cogió de la mano. Una descarga me recorrió desde la punta de los pies a la punta del pelo. Era atracción lo que yo sentía por aquel hombre, una atracción superlativa, pero Pepe…

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

Es Carmen!

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