Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (2)

VI.2

Nos sentamos en la barra y pedimos un par de cervezas.

– Sé que no tienes por qué saberlo, pero odio la cerveza. – Dije mientras le regalaba una sonrisa de complicidad y me quitaba el abrigo, la bufanda y los guantes dejando de sentirme como el muñeco Michelín inmediatamente.

– Lo sé, lo sé, lo peor es que lo sé. ¡Perdona! – Se dirigió al camarero. – ¿Qué es lo que quieres?

– Un Nestea.

– ¿Nada de alcohol?

– Nada de alcohol. – Sabía que en ese encuentro iba a necesitar estar lo más sobria posible.

– Pues cambie una cerveza por un Nestea, gracias.

– ¿Cómo estás?

– Hasta los huevos de los vecinos, de los del seguro… He cerrado mi casa y le he dejado la llave a un tipo que dice que cuando me las devuelva, mi casa estará como nueva. Pero no sé qué pensar. Tengo el coche hasta las trancas de trastos y ropa y un camión se ha llevado a no sé dónde todos mis muebles.

Yo no conocía el piso de Alberto, pero sabía por algunos comentarios que era un precioso ático con patio en una zona muy reputada de Madrid. A mí me dolería ver destrozado mi recién estrenado apartamento, cuanto y más un pisazo de ese estilo y mío para más inri.

– No sé qué decirte.

– Nada, no me digas nada, no tiene caso. – Y se giró y me miró. Se quedó callado por un momento mientras yo terminaba de echar el Nestea en mi vaso. Cuando me quise dar cuenta, sus ojos ya habían hecho un barrido por todo mi cuerpo y me entró un escalofrío. Tengo que reconocer que ante la perspectiva de una conversación con él, había puesto especial énfasis en mi indumentaria, aunque eso era ya lo habitual en mí a tenor de cómo iban todas vestidas allí. Había elegido los tacones más altos de mi zapatero para estar a la altura y una falda lápiz discreta pero resultona en color negro que casaba a la perfección con una blusa blanca de seda que había pasado por varias fases: solo salidas importantes, fines de semana y, finalmente, ropa de trabajo. Era una imagen formal pero decidida, había invertido mucho tiempo de mi mañana en decidir qué ponerme para saber qué transmitir con mi atuendo: seguridad, feminidad. ¿Lo lograría o lo echaría a perder con mis nervios y mi verborrea incesante en momentos de estrés? – Estás muy guapa.

– Gracias. – Y se volvió para darle vueltas a su cerveza. Y allí estaba yo, esperando que comenzara a hablar, dejándole a él la papeleta de introducir el tema sin saber qué era lo que realmente iba a contestar yo. Y ahí estaba él, sin entrar en nada, con cara de pocos amigos y ganas de desconectar del mundo real por algo tan vulgar como un estallido de tuberías que le había dejado sin casa. – ¿Y adónde te vas a quedar durante todo este tiempo?

– ¿Cómo? – Salió de su ensimismamiento y se giró de nuevo.

– Que si tienes planes, dónde te vas a quedar y esas cosas logísticas y prácticas, tú sabes.

– No. De momento, esta noche me voy a un hotel, supongo que estaré allí lo suficiente como para buscar un piso de alquiler. Ya he llamado a la inmobiliaria de unos amigos y me han conseguido varias visitas para mañana mismo.

– Vaya, qué rapidez.

– No me puedo quejar, no. – Pues parecía que era yo la que tenía que tirar del carro, porque este diálogo no marchaba.

– ¿Cerca o lejos del trabajo? Quiero decir el hotel.

– No lo sé, no lo he buscado aún.

– Pero ¿tú sabes la hora que es?

– Las siete y… veinte de la tarde.

– De un lunes, mañana tienes muchas citas que me sé tu agenda de memoria, te estás tomando una cerveza aquí y no sabes ni adónde vas a dormir.

– ¿Me vas a reñir? – Y me sonrió divertido.

– Eh… no, claro que no, pero bueno, tú sabes, soy más de organizar que otra cosa y esto… no sé, te diría que te vinieras a casa, pero es un sitio tan pequeño que…

– ¿Me dejarías pasar la noche allí? – ¿De verdad no había interpretado una oferta de compromiso?

– Eh… bueno, claro, cómo no…

– Pues si no te importa, te invito a cenar. ¡Perdona de nuevo! ¿Tenéis mesa dentro? ¿Sí? Pues vamos.

– ¿No es un poco pronto para cenar? – Esto se me había ido de las manos.

– Cuanto antes cenemos, antes nos iremos. Estoy agotado. – Y me cogió de la mano. Una descarga me recorrió desde la punta de los pies a la punta del pelo. Era atracción lo que yo sentía por aquel hombre, una atracción superlativa, pero Pepe…

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

Es Carmen!

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: VI. Vacíos y llenos (2)

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