Carmen, mi suerte está echada: VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo (2)

VII. 2

La visión de mis dos Cármenes preferidas en aquel piso tan minúsculo era algo chocante. Mi cerebro no atinaba a encajarlo tan fácilmente y me costaba ubicarlas en mi pequeño refugio. Pero me alegró tenerlas conmigo. Su parloteo incesante, sus risas por cosas tan domésticas como que el sofá era demasiado blando, su curiosidad – sobre todo la de mi abuela que creo que nunca había salido de su pueblo más que para vivir en casa de mis padres – por todo lo que le rodeaba.

– Estoy en Madrid, quién me lo iba a decir a mí. – Fue lo primero que soltó cuando puso un pie en Atocha.

– Estás en Madrid, abuela, ya puedes morir tranquila.

– ¿No te das cuenta que hacer bromas sobre morir con una persona de mi edad está muy mal visto?

– Tienes razón, abuela, lo siento. – Y se rio de mi culpabilidad porque ella hablaba en broma. Parece ser que llegados a una edad hay ciertas cosas que no suenan ni tan mal realmente ni se toman tan a pecho.

Y nos marchamos las tres en taxi hacia el centro de la ciudad. Las dos andaban embobadas con todo, incluso con el tráfico que un viernes a eso del mediodía estaba colapsando todas las vías de la ciudad. Ya contaba con que el viaje me iba a salir por un ojo de la cara.

Había conseguido salir un poco antes a base de quedarme hasta tarde en el trabajo durante toda la semana. Gracias a eso, interactué con Alberto más de lo que yo había previsto en esos últimos días. Él se quedaba por regla general unas dos horas más cada día, para eso la empresa era suya y le iba, literalmente hablando, la vida en ello. Y cuando la gran sala de redacción se quedaba vacía, yo permanecía de espaldas a él. Y aunque a veces podía notar su mirada clavada en mí al otro lado de las cristaleras que separaban su oficina del resto del espacio, ya no me sentía tan violenta. Entonces salía y hablábamos un rato, habíamos llegado a un nivel de confianza e intimidad bastante adecuado, considerando las circunstancias que nos habían llevado a ello y yo me sentía más que cómoda. De hecho, hasta esperaba que saliera de su madriguera para que se acercara a mí y desplegase todo su atractivo ante mis ojos. Recordaba a Pepe, era inevitable, pero me encantaba sorprender a mi vista con semejante espécimen masculino que, encima, besaba muy bien y me había hecho pasar una noche que todavía persistía en mi memoria, a pesar de los problemas iniciales para recordarla.

Y allí estábamos las tres. Mi hermana quizá podría unirse al grupo el domingo para almorzar, pero no estaba seguro y yo podría disfrutar de esas dos mujeres que tanto me sacaban de quicio.

– La cocina es muy pequeña. – Mi madre inspeccionaba las habitaciones – las cuatro estancias del apartamento, a saber: cocina, salón, baño y dormitorio. – Pero es suficiente, supongo, y la tienes muy bien ordenada. – Parecía que se extrañaba de mi capacidad de organización. Sinceramente, eso me ofendía, llevaba viviendo sola desde los 25 años y tenía ya casi 40, creo que había pasado el tiempo suficiente como para saber cómo organizarme dentro de un piso por mí misma.

– He tenido bastantes años de experiencia.

– Y este salón. – Otra de las capacidades de mi madre para abstraerse de los comentarios que no le interesaban, ¿podría yo llegar a ese nivel?

– Es luminoso, ¿no? Tiene hasta un balcón. – Yo parecía estar justificándolo todo.

– Carmen, hija, no seas tan tiquismiquis. – Mi abuela le hablaba desde el sofá, un sofá que en realidad era demasiado blando para ella y que la había absorbido tanto que su voz parecía salir de ultratumba. Me reí. – Pero, Carmen, – y esta vez se dirigía a mí – de verdad que pienso que este sofá es demasiado blando para mí.

– Lo sé, abuela, ya lo veo.

– ¡Me encanta este vestidor! – ¿Es que todas las mujeres de mi familia iban a morir de amor por ese habitáculo?

– ¿Ves, abuela? Ya sabía yo que habría algo que le gustara.

Y segundos más tarde:

– Carmen, hija, ¿desde cuándo usas maquinillas de afeitar?

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

Es Carmen!

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