Carmen, mi suerte está echada: VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo (3)

VII. 3

El problema de estar ubicando tus sentimientos y emociones es el mismo que te encuentras a la hora de ubicar ropa en los cajones o cremas en los estantes del baño: prueba y error, prueba y error, hasta que por fin das con la localización idónea y puedes seguir adelante con tu vida. Pues así me encontraba yo, ubicando cremas y sentimientos, los sentimientos que me unían a Pepe y los sentimientos que empezaban a unirme a Alberto. Y a base de prueba y error, tenía que saber hasta dónde me iban a llevar en cada caso.

Alberto estuvo en casa la noche anterior. Ese jueves había sido especialmente intenso, la redacción estaba completamente de los nervios, una calma tensa caía como una pesada nube sobre todos, era como si de los aspersores de agua que servían de sistema antiincendios y que se distribuían por todo el techo de la sala, saliera esa sensación que calaba hondo en el equipo. Y no había pasado nada, algún contratiempo sin más, pero nada fuera de lo común. Cuando me quedé de nuevo a solas con Alberto, después de que el último de los compañeros saliera desquiciado por la puerta de salida sin despedirse si quiera y con un suspiro que sonó a frustración y alivio por que se acababa el día, fui yo la que se pasó por el despacho de Alberto.

– No puedo con esta sensación, ¿la tienes tú también?

– ¿Quién no la tiene? No sé qué ha pasado hoy, pero necesito una copa. – Y tiró sus gafas sobre el teclado del ordenador. Bueno, de uno de los ordenadores, del que había estado utilizando hasta ese momento para editar un vídeo que tenía que entregar al día siguiente.

– Vámonos entonces. – Me sentía un poco más desvergonzada, un poco menos recatada y me apetecía muchísimo esa copa.

– Tengo que terminar esto…

– ¿Tú me vas a hablar de que tienes que terminar algo?

Y se levantó y cogió su chaqueta. Salimos los dos como una exhalación del edificio, esa copa era necesaria por muchas razones. Una de ellas era, sin duda, la jornada que habíamos tenido, pero otra igual o más importante era la tensión sexual no resuelta que nos recorría el cuerpo cada vez que nuestras miradas se cruzaban aunque fuera por casualidad. Habíamos estado manteniéndola a raya durante los últimos tres días, pero ni él ni yo éramos ya capaces de seguir haciéndolo.

Dos gin-tónics más tarde, estábamos en mi casa quitándonos la ropa con verdadera desesperación. Digamos que fue mi primera vez con verdadera consciencia en la que me acostaba con él y pude comprobar que mis capacidades no se habían visto menguadas por mi tristeza sentimental. Caímos en mi cama desnudos y él me miró con lo que yo interpreté, o quise interpretar con verdadera veneración.

– Carmen, no sabes cuánto me gustas. Solo verte, me vuelves loco.

– Entonces, déjame que te haga una pregunta.

– ¿En serio tiene que ser ahora?

– No, lo puedo dejar para luego.

Y lo  atraje hacia mí hasta que mis manos se enredaron en su pelo y pude ver cómo me sonreía entre las sombras que ya caían en la habitación. De nuevo se me olvidó bajar la persiana y sabía que, aunque en ese momento no me importaba lo más mínimo – incluso no me importaba que nos pudiesen ver desde el edificio de enfrente, tal era la urgencia que teníamos –, por la mañana me arrepentiría. Me besó y yo bajé mis manos a su espalda. De nuevo una espalda tan amplia que daba vértigo. ¿Por qué esa obsesión mía últimamente por las espaldas masculinas? Es que de verdad que no lo entendía, pero era como dar con mi horma perfecta: yo era una mujer de curvas, no demasiado alta pero contundente, necesitaba un hombre grande que pudiera abarcarme. Y esa espalda era grande y sensual y abarcaba mi cuerpo y mis sentidos igual que sus manos. Me di cuenta de que manejaba la situación tan naturalmente como si hubiésemos pasado miles de noches juntos. Eso me sorprendió y me gustó a partes iguales. Si me preguntaran ahora, desde algo de distancia, podría decir que fue una de las experiencias sexuales más satisfactorias de mi vida. Era raro verse con una fluidez tan espontánea con alguien tan poco conocido en ese contexto porque sus manos sabían exactamente donde tocar, donde quedarse y donde pulsar.

Luego sonreí.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

Es Carmen!

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