Carmen, mi suerte está echada: VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo (4)

VII.4

Más tarde, Alberto bajó a su coche por un neceser que parecía que siempre llevaba encima. Debía entender que un hombre – ¿iba a decir chico? No, chico, no. –, un hombre como él tenía sus recursos para amanecer en casas ajenas de forma improvisada. No me molestaba, yo también llevaba de vez en cuando ropa interior limpia en el bolso y BB Cream de repuesto, por lo que pudiera pasar. Gloria me había bien acostumbrado y aunque no lo había utilizado nunca de forma tan improvisada como para que me pudiera ver en apuros sin un mínimo de pronóstico, estaba bien tener estos pensamientos a cierta edad y con una visión tan libre del sexo como se suponía que yo tenía. Últimamente más que nunca, ciertamente.

Se quedó a dormir pero se fue temprano. Se afeitó y me dio un beso de buenos días antes de marcharse. Tuvo a bien bajar las persianas de la habitación antes de que el rayo de sol traicionero cruzara la espesura de la ciudad hasta llegar a mi ojo derecho. Eso era una razón de peso para que comenzara a pensar en él en otros términos más… digamos que más románticos. Cuando escuché la puerta de casa cerrarse con un portazo débil y considerado, me volví a sabiendas de que ya nadie me cogería haciendo algo que podría avergonzarme: oler la almohada en aquel sitio donde Alberto había estado descansando hasta hacía apenas media hora. No había podido ser el momento gurruño, como con Pepe en el pueblo (¿por qué todo me recordaba a él?), pero la sábana de la almohada era una vía tan buena como otra para absorber el aroma de un amante que se había ganado puestos, no solo sexualmente hablando, en mi cabeza. Porque recordé cómo nuestros cuerpos habían encajado a la perfección y por un momento había dejado de compararlo con Pepe. Vale, solo fue un momento, pero por algo debía empezar. Abrí los ojos y miré al techo con su parte de almohada aún en la nariz, la claridad ya entraba por los agujeros de la persiana y me moví perezosa. ¿La vida me estaba repartiendo de nuevo cartas? ¿Podía haber tantas barajas para un único destino, para una única suerte? Eso estaba por ver. Me quedaba media hora de sueño y, en diagonal, ocupando todo mi amplio y magnífico colchón de 1,50 metros, caí de nuevo hasta que sonó el despertador. Hoy iba a ser un día muy largo.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

Es Carmen!

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