Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (y 3)

IX.3

Esa noche sí me fui a casa de Alberto y sí retomé mi vida normal, si es que a lo que yo llevaba podía llamársele de esa forma. Tenía que continuar, a pesar de que lo único que me apetecía era irme a mi casa y comerme otra tarrina de helado de chocolate mientras veía alguna película romanticona que me llevase por la calle de la amargura un rato. Llorar a hipidos ininterrumpidos y dejar la persiana hasta arriba para mortificarme con mi rayo solar matador de las mañanas. Pero no podía hacer eso. Cuando me di la vuelta para volver, miré a Alberto, él no se lo merecía, ni mucho menos. Puse mi sonrisa de “aquí no ha pasado nada, ¿dónde lo habíamos dejado?” y me uní al grupo que ya estaba visiblemente afectado por las cuatro rondas de cervezas que habían caído desde que llegamos. Alberto me preguntó entre susurros y atrayéndome hacia él de forma protectora si estaba bien. Le mentí como una bellaca y él se dio cuenta de inmediato, así que me abrazó aún más fuerte y me pidió un gin-tonic.

– Algo pronto todavía para una copa, ¿no?

– Creo que la necesitas, ¿tú no?

– Alberto…

– Carmen, sé lo que hay y lo que pasa, pero también sé lo que quiero y lo que quiero es que esta tarde y esta noche sean como las habíamos pensado.

Lo miré y lo besé con fruición a sabiendas de que Pepe, con toda probabilidad, estaría mirándonos. Con las manos de Alberto sobre mis caderas, me sentí mejor y con ganas de proseguir realmente donde lo habíamos dejado. Y desde luego, esto último demostraba que la relación que ya manteníamos no era esporádica, ni por asomo lo era.

A la mañana siguiente amanecí en su cama. Era un deleite verlo dormir porque ocupaba gran parte de la cama y su despreocupación era como la de un bebé. Normalmente me buscaba para abrazarme cuando se desvelaba y me atrapaba en un abrazo gigantesco, lo hacía desde que comenzamos a dormir juntos durante toda la semana anterior primero en mi apartamento y esa noche en el suyo. Me levanté desasiéndome de su brazo con cuidado para no despertarlo y recorrí ese piso tan impersonal que era su refugio hasta que su ático estuviese habitable de nuevo. Liada en una toalla me paseé por él y pensé que incluso aquel lugar de paso era mejor que el mío. Entraba luz por todas las ventanas de la casa, que eran enormes; estaba amueblado como una casa en la que se vive de forma habitual, no de alquiler; la cocina tenía una extensión tan considerable como para tener una barra con butacas altas, la envidia de cualquier soltero; y la televisión era digna de una sala de las dimensiones como aquella. Sin embargo, lo que más me satisfizo fue el cuarto de baño que con una gran placa de ducha y una pera que simulaba una lluvia interminable, me volvió loca desde el primer momento en que la usamos la noche anterior. Y también cuando la volví a usar esa mañana. Con el agua cayendo por mi pelo, mi cabeza no pudo evitar, y yo tampoco quise hacerlo, pensar en Pepe. Tenía que cerrar ese capítulo de mi vida. Ya hice un intento de acercamiento y no salió, así que por qué malograr esta relación incipiente. Quizá no había llegado en el mejor momento, pero era lo que había. Y ya había aprendido a coger los trenes cuando se me presentaban porque vida no había más que una.

Me vestí con lo del día anterior pero con ropa interior limpia, para algo había sido previsora. Con un toque de BB Cream y de colorete que siempre llevaba en mi neceser parecía como si saliera de allí porque realmente vivía allí. Taconeé sin intención y Pepe… digo, Alberto, se levantó para abrazarme.

– ¿Ya te vas?

– Ajá.

– Es muy pronto, ¿no?

– Ya sabes que tengo visita.

– Eres la mujer que más visitas tiene.

– Es lo que tiene estrenar apartamento en Madrid. Recuerda que tú te apuntaste a su inauguración en cuanto se habló de apartamento nuevo en la productora.

– Yo tenía intenciones ocultas. – Y me dio un beso perezoso en el cuello.

– Ya, ya sé lo ocultas que eran y el éxito que tuviste. – Y sonrió todavía escondido entre mi pelo. Sus cosquillas me gustaban.

– Anda, ven un ratito más a la cama.

– No puedo. – Y se dedicó a sacar la blusa blanca del interior de la falda roja al mismo tiempo que yo intentaba meterla.

– Solo un poco. – Y una vez que tuvo toda la camisa por fuera, me bajó la cremallera de la falda. – Venga, no te hagas de rogar… Mmmm… tacones, no te los quites.

Y pensé que si Toñi y compañía esperaban en la estación de autobuses un poco más de lo esperado, no les iba a pasar absolutamente nada.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

Es Carmen!

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Recordando los mejores capítulos: Carmen, mi suerte en la vida

Me gusta recordar cómo empezó todo, cómo el germen de un relato corto que no tenía más pretensiones que llenar un espacio en blanco con una historia que me rondaba la cabeza hacía días ha dado lugar a lo que hoy es una historia en la que vuelco gran cantidad de ilusión cada semana.

De vez en cuando, por tanto, traigo a primera plana del blog ese germen, ese relato corto: “Carmen, mi suerte en la vida”.

Carmen 1.

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Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (2)

IX.2

Mientras me acercaba no podía evitar contonearme. Y no es que lo hiciera queriendo, es que mis tacones y mi falda lápiz me impedían ir de otra forma. Creo que hay cierta ropa que está hecha expresamente para contonearse, que te obligan a andar de determinada manera y aunque yo lo sabía y sí que había elegido ese atuendo a propio intento, lo que no era mi intención era encontrarme con Pepe y que me viera acercarme así hacia él con mis tacones sonando en el suelo de aquella plaza como si fuera el único sonido que se pudiera escuchar. Me acercaba y él se levantaba de la mesa apartando la silla y viniendo directamente hacia mí. Por un segundo pensé que iba a acogerme en sus brazos y me iba a saludar con un profundo beso de tornillo que me dejara totalmente extasiada. O es que era eso lo que realmente deseaba. Pero no. Cuando llegó a mi altura, me tentó el brazo y me dio dos castos besos seguidos de una sonrisa amplia marca de la casa.

– Carmen, qué sorpresa.

– Sí, sí que lo ha sido. Cuando te he visto, he tenido que mirar dos veces. No esperaba… no esperaba verte.

– No esperabas volver a verme.

– Sí, lo creía improbable.

– Te veo espectacular. – Esa era la fórmula más utilizada en el reencuentro de dos ex. Entonces, la otra parte debe responder…

– Gracias, tú tampoco estás nada mal. – Y es que realmente no lo estaba. Con un pantalón vaquero gastado que le hacía unas piernas perfectas y una chaqueta de entretiempo que le hubiera quitado como una gata, su aspecto era como el que luce el protagonista de una película romántica: atractivo y controladamente dejado. ¡Madre mía! Si hasta la barba de tres días debía tener por lo menos cinco. Sus ojos destellaban mientras me miraban de hito en hito, aunque cansada, sabía que el maquillaje que llevaba – que me había costado mis buenos euros – seguía dando el resultado que esperaba de él. Hasta mi perfume se imponía un poco al que llevaba Pepe. Pero una punzada de culpabilidad me invadió cuando pensé que todo aquello que él estaba mirando embelesado, porque me miraba así, no lo había preparado pensando en él.

– ¿Fiesta?

– Sí, celebración. Un trabajo duro bien hecho que ha tenido sus frutos hoy mismo. Agotador. Hemos salido a beber.

– Básicamente.

– Básicamente. – Y me reí mirándole como lo hacía antes, no pude evitarlo. Me moría de ganas por decirle que lo echaba de menos, pero qué tipo de persona sería si lo hiciera. No estaba con él, me acostaba con Alberto y me sentía de maravilla con él no solo en la cama, sino en todos los ámbitos. Y sin embargo, allí estaba yo, delante del hombre que seguía pensando que era el hombre de mi vida. Al menos es lo que pensaban todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo porque, solo con la cercanía al suyo, se habían vuelto más sensibles que nunca, aislando el momento y manteniéndome al margen de todo lo que ocurría a nuestro alrededor. – Estás bien, supongo. – Dije en un intento de llevar la conversación a un lugar común en el que fuera fácil desenvolverse.

– Sí, no me puedo quejar. Ahora, – y se giró para mirar la pequeña reunión de la que había salido – ahora estoy con unos posibles inversores, nuevas aperturas, ya sabes.

– Lo recuerdo.

– No has venido por mi restaurante, como dijiste. – Parece que él quería huir precisamente de esos lugares comunes.

– No, no he ido. Para serte sincera, no he podido.

– Pues cuando vengas, estáis invitados.

– ¿Invitados?

– Sí, tú y tu… nuevo novio. – Y no con un tono que escondiera significados entre líneas ni nada parecido. Pepe no era de esos.

– No, Alberto no es mi novio, es decir… De todas formas, Pepe, si no he ido sola, tampoco iba a ir acompañada a tu restaurante.

– Bueno, estás invitada. Siempre.

– Sí, lo sé.

– Me he alegrado mucho de verte, más de lo que imaginas.

– Y yo, más de lo que imaginas tú.

Y esta vez, el beso de despedida fue un poco menos comedido que los besos de saludo. Sus labios se deslizaron hasta una zona que se podría llamar de alto riesgo cerca de la comisura de mis labios. Noté su aliento tan cerca de mi boca que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no girar la cabeza y acabar aquello con lo que estábamos soñando los dos desde el preciso instante en que nos vimos en aquella plaza.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

Es Carmen!

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Recordando los mejores capítulos: De cómo tumbar una teoría (o A por la segunda cita)

Tumbar una teoría, y si es de Gloria aún más, puede ser un buen aliciente para leer cómo Carmen lo hace y además se mete a Pepe en el bolsillo. Esto ocurrió en la temporada anterior y puede ayudar a ver cómo Pepe hizo estragos en la vida de Carmen desde el minuto uno apareció en ella. ¿Leemos?

De cómo tumbar una teoría (o A por la segunda cita)

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (1)

IX.1

Madrid es una ciudad grande. Y Madrid no es una ciudad tan grande. Madrid tiene esos puntos de reunión habituales en los que es fácil encontrarse con otra gente y con otra y con otra… Madrid tiene eso. Supongo que como todas las ciudades, pero encontrándome en esta, pues lo dicho: que ni es tan grande ni te puedes perder tan fácilmente.

Después de un mes sin ver a Pepe mis sentidos seguían notando su ausencia. Lo echaba de menos a raudales, era un recuerdo constante el que vivía con él en mi cabeza, mi cuerpo sentía su ausencia casi con tanta intensidad como el primer día, tanto que a veces creía haberle rozado cuando solo había sido una reminiscencia de una caricia suya, sí, así de profunda y sentimental era capaz de ponerme. Cada hora del día podía pasarla perfectamente pensando en cómo se encontraría o qué estaría haciendo. Un verdadero tormento. Un tormento que se llevaba mejor con la ayuda de la incipiente relación con Alberto, a la que me gustaba llamar esporádica, por cierto, pero que a ojos vista no tenía nada de eso. Y claro que podía comenzar una relación con alguien: no estaba engañando a una tercera persona, como mucho estaba engañándome a mí. Pero es que tampoco lo estaba haciendo, yo sabía lo que había y no estaba mintiéndole a Alberto, él también lo sabía. Y los dos nos habíamos embarcado en esa “relación esporádica” que, encima, había salido tan natural y espontánea desde que comenzamos a vernos de forma extraoficial fuera del trabajo. Y aunque seguía comparando cada copa, cada comentario y cada sonrisa con la de Pepe, me llenaba por completo por las noches, lo me hacía sentir pletórica y con vida. En el trabajo no ocultamos nuestro paso adelante, incluso quiero pensar que todos lo esperaban de alguna u otra forma. ¿Tanto se notarían las miradas? ¿Los asistentes a la fiesta de inauguración estaban tan serenos aquella noche que se percataron de nuestra huída a la habitación?

Y allí estábamos, en la plaza mayor, un grupo de personas razonablemente gigante un viernes por la tarde, tras terminar un proyecto de gran envergadura que había acabado con las reservas energéticas de la mayor parte de la plantilla que parecía pedir como agua de mayo alcohol para mitigar sus síntomas de cansancio. Y allí estaba él. Pepe. Con un grupo reducido sentado a una mesa y observándonos. Observándome. Mirando cómo Alberto paseaba su mano por mi cintura y se iba ocasionalmente hacia mi trasero. Un trasero apretado por una falda lápiz roja – el estilo que mejor me sentaba – y que había adquirido hacía muy poco en una de esas tiendas vintage que tanto gustan en la capital y que sorprendentemente tenían de mi talla – era la única que quedaba –. Una falda que sabía que me sentaba estupendamente y que me había puesto a propósito porque ese viernes iba a ser un día de celebración segura y quería estar brillante para… pues para Alberto, para qué engañarnos. Porque ese viernes prometía ser algo más que un día de celebración multitudinaria, ese viernes iba a conocer el nuevo apartamento de Alberto y yo llevaba ropa interior limpia y BB Cream de repuesto en mi bolso.

No lo vi hasta bien tarde. Para cuando me crucé con su mirada, él debía estar con sus ojos fijos en mí hacía un buen rato porque su gesto delataba un deje de la sorpresa que precede al disgusto. Me quedé petrificada y por mi cabeza pasaron dos opciones: una, girarme y hacer como que no lo había visto; y dos, comportarme como la nueva mujer que ahora era, una mujer que no le teme a las situaciones incómodas porque, ¿qué podía hacer si así se presentaba la vida? Ir a por él, darle dos besos y alegrarme de verle – como de hecho hacía –, afrontar el momento raro de la mejor manera posible y ocultar mis emociones bajo una máscara de sonrisas. Ni él ni yo podíamos negar la relación tan intensa, pasional y seria (para mí lo había sido y mucho) que habíamos tenido. Ni Alberto podía fingir que estaba con alguien sin relaciones anteriores. Así que se lo dije al oído a Alberto, que levantó los ojos y buscó entre los soportales a ver si localizaba a Pepe, aunque yo sabía que luego iba a seguirme con la mirada. Me dio un beso en la boca para despedirme, algo totalmente innecesario, pero que supongo que le era imprescindible por aquello de dejar clara mi situación sentimental actual para seguir hablando como despreocupado con el resto del personal. No se me escapaba que él conocía lo profundo de mi relación con Pepe, lo cercana de nuestra ruptura; no se me escapaba que él había asumido que todavía no estaba enamorada de él, sino que mi cabeza seguía llena de demasiadas cosas de mi relación anterior, una relación que sabía que podría haber sido bastante más larga si no hubiera aparecido el elemento hijo de por medio. Por cierto, un elemento al que no había aludido ni para bien ni para mal en todo el tiempo que habíamos estado juntos. Aunque no tenía por qué aparecer… aún.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

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Las historias de Carmen: Las curvas de mi realidad

Ya lo decía en el microcuento de esta semana: a veces le dibujo curvas a mi realidad para sentirme más cómoda. Y no lo digo solo por mis curvas físicas, que son muchas y a mucha honra que las llevo – aunque mi trabajo me ha costado –, sino por las curvas de mi carácter. Son esas que derrapan, que abandonan lo usual, lo normal, el camino recto para adentrarse en alguna experiencia diferente.

En ocasiones, hago rodeos. En lugar de estudiar Secretariado desde el principio, probé con lengua de signos, me encantaba, suspendía y acabé asumiendo que no, no iba a vivir de ser intérprete pero que sí, que me sé defender y es genial. En lugar de hacerle caso al peluquero, aquella vez quise ser como Felicity y le dije que metiera tijera sin miedo. Quién me iba a decir a mí que aquello me duraría lo que dura un peinado, que en cuanto tuviera que hacérmelo yo, parecería una fregona despeluchada. Nunca más. En lugar de hacer caso a mi madre y mis amigas, seguí frecuentando a Gloria y ahora ella es como una hermana para mí. Así son mis rodeos, quizá vuelva a la casilla de salida muchas veces, aunque sin duda con un equipaje más rico (y a poder ser, con alguna blusita y algún bolso de más).

El último rodeo grande, y a una edad en la que los rodeos no pueden ser ya tan extensos, ha sido venirme a Madrid para encontrarme a mí misma a la edad de casi cuarenta años. Aunque esto más que un rodeo, ha sido un viraje en toda regla. Porque nunca es tarde. Nunca.

Miércoles

 

Es Carmen!

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