Carmen, mi suerte está echada: VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo (y 5)

VII. 5

– Carmen, hija, ¿desde cuándo usas maquinillas de afeitar?

La voz de mi madre sonó a pito. Esa fue mi sensación: un pito que se mete en tu cabeza en el momento más inoportuno y te fastidia la vida durante unos segundos. Un sonido que digieres mal y ante el que no sabes cómo reaccionar. En esos momentos de confusión, también tu gesto suele ir por su lado, con total independencia del control al que lo sueles someter. Y claro, mi abuela, bastante bregada en detectar cualquier síntoma de duda o momento inoportuno, lo pilló al vuelo. Me clavó los ojos y me dijo muy bajito: “Luego hablamos tú y yo”.

– Hija, no sabía que te habías pasado a las maquinillas, siempre las has criticado. – Mi madre volvía al salón y llevaba el objeto de la vergüenza en la mano. Se dirigía a la cocina.

– Ya, pero el otro día tenía prisa y…

– Ya, ya, pero, Carmen, hay maquinillas femeninas, no sé si lo sabes. Incluso la cera. No te pases más la maquinilla, ¿vale? Si ha sido solo una vez, todavía puedes arreglar el desaguisado.

Y en la cocina escuché cómo abría el cubo de la basura y tiraba la maquinilla sin ningún tipo de duda, asumiendo que yo estaba de acuerdo y sin dejar lugar a protesta alguna.

– Bueno, ¿y adónde nos vas a llevar esta noche?

– He reservado mesa en un restaurante que no está muy lejos de aquí, suerte de vivir en el centro, se puede ir a todos sitios andando.

– ¿No será en el restaurante de Pepe? – ¿Y dónde podía yo ubicar esos comentarios de mi madre?

– No, mamá, en el restaurante de Pepe no. Para serte sincera, ese sería el último sitio adonde iría ahora mismo.

– ¿Tan mal habéis acabado?

– No se trata de lo mal que hayamos acabado, que de hecho, no hemos acabado mal. No me parece de recibo.

– Carmen, hija, – ahora era mi abuela quien le hablaba a mi madre – dale un tiempo de duelo. – Y me miró de soslayo, con esa mirada suya tan provocadora. Me preguntaba en qué momento de su visita podría cogerme a solas para hablar sin que mi madre estuviera presente, así que me relajé, lo iba a tener difícil.

Nos fuimos a tomar café y pasteles a una cafetería bastante coqueta que cogía a cinco minutos de casa. Las calles, ese viernes por la tarde, estaban a rebosar de gente: gente que salía del trabajo, gente que ya estaba de descanso y andaba con despreocupación. Aunque demasiada gente para el gusto de mis dos ancestras que miraban todo con una mezcla de miedo y enfado.

– Perded cuidado, no os van a comer.

– Aquí todo es más violento, y me quejo yo de ir a pasear al centro de la ciudad cuando estoy en casa.

– Mañana os vais a montar en el metro.

– Oh, no, eso ni hablar, a mí no me metes en ese antro.

– ¿Antro, abuela?

– Yo quiero ir a doña Manolita.

– Abuela, creo que es muy pronto para comprar décimos de lotería de Navidad.

– Bueno, puedo comprar un décimo para el sorteo del sábado, vamos digo yo, señorita tiquismiquis.

La cafetería les obnubiló, estaban extasiadas. Y cuando a mi abuela le pusieron un café con leche – ¡café con leche, con el chute de cafeína que eso suponía para su organismo! Peores consecuencias tendríamos esa noche que si le dábamos un sobre de azúcar a un niño pequeño justo antes de dormir. –, pues eso, un café con leche con un corazón dibujado en la espuma de leche, murió de amor y puso una de sus caras de abuela entrañable. A la que la camarera respondió con una sonrisa amplia, como si hubiera cumplido el sueño de una mujer a la que le quedan pocos días de vida.

– Es que puedo morir tranquila ya.

– Mamá, qué exagerada eres. Échale ya el azúcar.

– Es que me da lástima deshacer el corazón.

– Abuela, mañana volvemos a desayunar y le pides que te hagan otro dibujo.

– ¿Hacen el dibujo que quieres?

– Hombre, el que quieras… pero seguro que te pueden hacer alguna otra cosa.

– Carmen, dime dónde está el baño, por favor.

– ¿Estás bien, mamá?

– Tú sabes. – Mi madre y sus apretones habituales que nos habían puesto en más de un aprieto a lo largo de nuestra vida en cualquier lugar del mundo.

– Detrás de aquel biombo. – Y mi abuela se volvió hacia mí.

– Bien, no tenemos mucho tiempo, ¿el proyecto Carmencita aún no tiene como solución un bote de plástico? – Y yo abrí los ojos tanto que casi se me salen de las órbitas.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

Es Carmen!

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