Carmen, mi suerte está echada: VIII. El proyecto Carmencita

VIII. El proyecto Carmencita

Al proyecto Carmencita no lo había olvidado, es más, me había dado de plazo un año: con o sin pareja, en un año estaría trabajando en él. Tengo que reconocer que con pareja todo se haría un poco más complicado, pero desde luego si comenzaba una relación, tendría que aceptar mis planes viniesen como viniesen, es decir, siendo el padre o no, eso me daba lo mismo.

Ya había visto los servicios de varias clínicas especializadas, guardaba como un tesoro los dossieres de todas ellas en un cajón escondido de mi vestidor y me había decidido por una a sabiendas de que, antes de comenzar cualquier tratamiento, volvería a recorrerlas de nuevo. De vez en cuando fantaseaba con la ropa premamá, me paseaba por las tiendas que la vendían y me configuraba un armario la mar de apañado. Luego el mundo real me zarandeaba y salía despavorida de allí, no fuera a ser que alguien me reconociera y creyera que estaba ya embarazada. Y no es que temiera que lo hicieran, me traía sin cuidado, pero dar explicaciones no era mi fuerte.

Interiormente también deseaba una Carmencita en mi vida. Me reía cruelmente cuando imaginaba una maternidad con un niño de la mano y no con una niña. Eso dificultaría mucho mis relaciones familiares. Mi madre y mi abuela se sentirían traicionadas hasta en lo más hondo de su ser; sus caras, a pesar de alegrarse por mi estado de buena esperanza, mostrarían un fastidio difícil de explicar a cualquiera que viniera de fuera de la familia por haberse roto la cadena de procreación ancestral: todos los primeros hijos debían ser niña y llamarse Carmen irremediablemente. Si eso pasaba, si mi primer descendiente – ¿es que pensaba tener más? ¡NO! – era niño, seguramente le echarían la culpa al bote de plástico, que era el método que estaba ganando enteros a gran velocidad, y tendrían que reordenar su universo para crear nuevas tradiciones. Tal vez me obligaran a pasar por otro tratamiento de fertilidad – pagándome ellas todas las costas – o tal vez metieran a mi hermana Alejandra en el ajo, la pobre había vivido exenta y al margen de toda tradición: desde su nombre hasta su cuerpo habían dejado claro que no pertenecía a ese núcleo duro familiar. Y sé que aunque de más joven había vivido con orgullo su estilo espigado y sin curvas, ahora nos miraba con recelo porque ella no podría nunca estar en ese club. Cómo habían cambiado las tornas, al principio era yo la que la observaba celosa y con devoción, admirando que todo le quedaba como un guante mientras yo tenía que hacer malabares con la ropa y los zapatos para crearme una imagen que me gustara y ahora, sin llegar a ser al contrario por completo, yo no cambiaría ni una sola de mis curvas por una camisa de esas suyas tan elegantes. Y con el éxito que últimamente estaba teniendo entre los hombres, más aún.

Y luego, ¿el nombre? ¿Tendría otra opción? La palabra era NO, en mayúsculas. Si no quería quedar desterrada de casa de mis padres y desheredada de su amor y cariño, mi hija – solo pensarlo me daban escalofríos – se llamaría Carmen y rezaría para que su genética fuera la mía. Yo la enseñaría desde pequeña a aceptar su cuerpo, sus curvas y a sacarles provecho. Nada de complejos infantiles como tuve yo, nada de culpabilidades si se pasaba con el helado una calurosa tarde de verano o el verano entero. Le enseñaría, por ejemplo, “La buena vida”, de Sara Fratini, para que viera en esas sirenas la hermosura que yo vería en ella. Y a estas alturas ya tenía la lágrima fuera y deseaba tenerla entre mis brazos. Pero tiempo al tiempo, que las prisas nunca son buenas, sobre todo en un proyecto tan vital y de esta envergadura.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

Es Carmen!

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8 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: VIII. El proyecto Carmencita

    • Jajaja, además le he cogido el truquillo y lo dejo en momentos álgidos, de algo servirá los más de dos años de relato. Y sí, esa frase es tan manida como real, hasta que no te encuentras esperando un bebé no sabes lo verdadera que es 😆 😘

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