Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (1)

IX.1

Madrid es una ciudad grande. Y Madrid no es una ciudad tan grande. Madrid tiene esos puntos de reunión habituales en los que es fácil encontrarse con otra gente y con otra y con otra… Madrid tiene eso. Supongo que como todas las ciudades, pero encontrándome en esta, pues lo dicho: que ni es tan grande ni te puedes perder tan fácilmente.

Después de un mes sin ver a Pepe mis sentidos seguían notando su ausencia. Lo echaba de menos a raudales, era un recuerdo constante el que vivía con él en mi cabeza, mi cuerpo sentía su ausencia casi con tanta intensidad como el primer día, tanto que a veces creía haberle rozado cuando solo había sido una reminiscencia de una caricia suya, sí, así de profunda y sentimental era capaz de ponerme. Cada hora del día podía pasarla perfectamente pensando en cómo se encontraría o qué estaría haciendo. Un verdadero tormento. Un tormento que se llevaba mejor con la ayuda de la incipiente relación con Alberto, a la que me gustaba llamar esporádica, por cierto, pero que a ojos vista no tenía nada de eso. Y claro que podía comenzar una relación con alguien: no estaba engañando a una tercera persona, como mucho estaba engañándome a mí. Pero es que tampoco lo estaba haciendo, yo sabía lo que había y no estaba mintiéndole a Alberto, él también lo sabía. Y los dos nos habíamos embarcado en esa “relación esporádica” que, encima, había salido tan natural y espontánea desde que comenzamos a vernos de forma extraoficial fuera del trabajo. Y aunque seguía comparando cada copa, cada comentario y cada sonrisa con la de Pepe, me llenaba por completo por las noches, lo me hacía sentir pletórica y con vida. En el trabajo no ocultamos nuestro paso adelante, incluso quiero pensar que todos lo esperaban de alguna u otra forma. ¿Tanto se notarían las miradas? ¿Los asistentes a la fiesta de inauguración estaban tan serenos aquella noche que se percataron de nuestra huída a la habitación?

Y allí estábamos, en la plaza mayor, un grupo de personas razonablemente gigante un viernes por la tarde, tras terminar un proyecto de gran envergadura que había acabado con las reservas energéticas de la mayor parte de la plantilla que parecía pedir como agua de mayo alcohol para mitigar sus síntomas de cansancio. Y allí estaba él. Pepe. Con un grupo reducido sentado a una mesa y observándonos. Observándome. Mirando cómo Alberto paseaba su mano por mi cintura y se iba ocasionalmente hacia mi trasero. Un trasero apretado por una falda lápiz roja – el estilo que mejor me sentaba – y que había adquirido hacía muy poco en una de esas tiendas vintage que tanto gustan en la capital y que sorprendentemente tenían de mi talla – era la única que quedaba –. Una falda que sabía que me sentaba estupendamente y que me había puesto a propósito porque ese viernes iba a ser un día de celebración segura y quería estar brillante para… pues para Alberto, para qué engañarnos. Porque ese viernes prometía ser algo más que un día de celebración multitudinaria, ese viernes iba a conocer el nuevo apartamento de Alberto y yo llevaba ropa interior limpia y BB Cream de repuesto en mi bolso.

No lo vi hasta bien tarde. Para cuando me crucé con su mirada, él debía estar con sus ojos fijos en mí hacía un buen rato porque su gesto delataba un deje de la sorpresa que precede al disgusto. Me quedé petrificada y por mi cabeza pasaron dos opciones: una, girarme y hacer como que no lo había visto; y dos, comportarme como la nueva mujer que ahora era, una mujer que no le teme a las situaciones incómodas porque, ¿qué podía hacer si así se presentaba la vida? Ir a por él, darle dos besos y alegrarme de verle – como de hecho hacía –, afrontar el momento raro de la mejor manera posible y ocultar mis emociones bajo una máscara de sonrisas. Ni él ni yo podíamos negar la relación tan intensa, pasional y seria (para mí lo había sido y mucho) que habíamos tenido. Ni Alberto podía fingir que estaba con alguien sin relaciones anteriores. Así que se lo dije al oído a Alberto, que levantó los ojos y buscó entre los soportales a ver si localizaba a Pepe, aunque yo sabía que luego iba a seguirme con la mirada. Me dio un beso en la boca para despedirme, algo totalmente innecesario, pero que supongo que le era imprescindible por aquello de dejar clara mi situación sentimental actual para seguir hablando como despreocupado con el resto del personal. No se me escapaba que él conocía lo profundo de mi relación con Pepe, lo cercana de nuestra ruptura; no se me escapaba que él había asumido que todavía no estaba enamorada de él, sino que mi cabeza seguía llena de demasiadas cosas de mi relación anterior, una relación que sabía que podría haber sido bastante más larga si no hubiera aparecido el elemento hijo de por medio. Por cierto, un elemento al que no había aludido ni para bien ni para mal en todo el tiempo que habíamos estado juntos. Aunque no tenía por qué aparecer… aún.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

Es Carmen!

Anuncios
Estándar

8 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (1)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s