Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (2)

IX.2

Mientras me acercaba no podía evitar contonearme. Y no es que lo hiciera queriendo, es que mis tacones y mi falda lápiz me impedían ir de otra forma. Creo que hay cierta ropa que está hecha expresamente para contonearse, que te obligan a andar de determinada manera y aunque yo lo sabía y sí que había elegido ese atuendo a propio intento, lo que no era mi intención era encontrarme con Pepe y que me viera acercarme así hacia él con mis tacones sonando en el suelo de aquella plaza como si fuera el único sonido que se pudiera escuchar. Me acercaba y él se levantaba de la mesa apartando la silla y viniendo directamente hacia mí. Por un segundo pensé que iba a acogerme en sus brazos y me iba a saludar con un profundo beso de tornillo que me dejara totalmente extasiada. O es que era eso lo que realmente deseaba. Pero no. Cuando llegó a mi altura, me tentó el brazo y me dio dos castos besos seguidos de una sonrisa amplia marca de la casa.

– Carmen, qué sorpresa.

– Sí, sí que lo ha sido. Cuando te he visto, he tenido que mirar dos veces. No esperaba… no esperaba verte.

– No esperabas volver a verme.

– Sí, lo creía improbable.

– Te veo espectacular. – Esa era la fórmula más utilizada en el reencuentro de dos ex. Entonces, la otra parte debe responder…

– Gracias, tú tampoco estás nada mal. – Y es que realmente no lo estaba. Con un pantalón vaquero gastado que le hacía unas piernas perfectas y una chaqueta de entretiempo que le hubiera quitado como una gata, su aspecto era como el que luce el protagonista de una película romántica: atractivo y controladamente dejado. ¡Madre mía! Si hasta la barba de tres días debía tener por lo menos cinco. Sus ojos destellaban mientras me miraban de hito en hito, aunque cansada, sabía que el maquillaje que llevaba – que me había costado mis buenos euros – seguía dando el resultado que esperaba de él. Hasta mi perfume se imponía un poco al que llevaba Pepe. Pero una punzada de culpabilidad me invadió cuando pensé que todo aquello que él estaba mirando embelesado, porque me miraba así, no lo había preparado pensando en él.

– ¿Fiesta?

– Sí, celebración. Un trabajo duro bien hecho que ha tenido sus frutos hoy mismo. Agotador. Hemos salido a beber.

– Básicamente.

– Básicamente. – Y me reí mirándole como lo hacía antes, no pude evitarlo. Me moría de ganas por decirle que lo echaba de menos, pero qué tipo de persona sería si lo hiciera. No estaba con él, me acostaba con Alberto y me sentía de maravilla con él no solo en la cama, sino en todos los ámbitos. Y sin embargo, allí estaba yo, delante del hombre que seguía pensando que era el hombre de mi vida. Al menos es lo que pensaban todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo porque, solo con la cercanía al suyo, se habían vuelto más sensibles que nunca, aislando el momento y manteniéndome al margen de todo lo que ocurría a nuestro alrededor. – Estás bien, supongo. – Dije en un intento de llevar la conversación a un lugar común en el que fuera fácil desenvolverse.

– Sí, no me puedo quejar. Ahora, – y se giró para mirar la pequeña reunión de la que había salido – ahora estoy con unos posibles inversores, nuevas aperturas, ya sabes.

– Lo recuerdo.

– No has venido por mi restaurante, como dijiste. – Parece que él quería huir precisamente de esos lugares comunes.

– No, no he ido. Para serte sincera, no he podido.

– Pues cuando vengas, estáis invitados.

– ¿Invitados?

– Sí, tú y tu… nuevo novio. – Y no con un tono que escondiera significados entre líneas ni nada parecido. Pepe no era de esos.

– No, Alberto no es mi novio, es decir… De todas formas, Pepe, si no he ido sola, tampoco iba a ir acompañada a tu restaurante.

– Bueno, estás invitada. Siempre.

– Sí, lo sé.

– Me he alegrado mucho de verte, más de lo que imaginas.

– Y yo, más de lo que imaginas tú.

Y esta vez, el beso de despedida fue un poco menos comedido que los besos de saludo. Sus labios se deslizaron hasta una zona que se podría llamar de alto riesgo cerca de la comisura de mis labios. Noté su aliento tan cerca de mi boca que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no girar la cabeza y acabar aquello con lo que estábamos soñando los dos desde el preciso instante en que nos vimos en aquella plaza.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

Es Carmen!

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: IX. Encuentros en la tercera fase (2)

  1. Ay, nooooo. Con lo majo que es Alberto y que parece ser alguien que no tiene miedo a lo que siente… Pepe nos la hace “de zufrí”.

    Que sí, que todas hemos andado como locas detrás de uno que nos hace “de zufrí” mientras tenemos por ahí a otros que nos tratan como reinas. Así de complicadas somos pero es que ya veo a Carmen como a una amiga y yo le aconsejaría que huya mientras pueda. Un besote!!!

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