Carmen, mi suerte está echada: X. Déjà vu (O la noche esotérica 2) (3)

X.3

Me metí en la habitación para cambiarme de ropa, no estaba de recibo seguir con el mismo atuendo dos días seguidos. Opté por unos vaqueros y una camisa negra de raso que tenía un generoso escote que dejaba ver el ya de por sí generoso pecho con el que Dios me había obsequiado. Mi pecho nunca me había molestado, el tener muchas tetas – como solíamos hablar en la adolescencia, esa época de nuestra vida en la que nos reafirmamos cuanto peor hablamos – era considerado una ventaja sobre las demás. Claro que eso unido a unas curvas de infarto ya era algo más amenazador para el estatus al que quería pertenecer. De todas formas tenía siempre a mano a Gloria, que sacaba las garras y los cuchillos para defender cualquier conato de broma hacia mi cuerpo. Ahora, por fin había encontrado la ropa que mejor me sentaba y les sentaba a ellas y tengo que reconocer que había dado en el clavo. Mientras cogía la ropa dentro de mi vestidor, no podía dejar de pensar en la conversación que acababa de tener en el salón. ¿Sería verdad que Alberto estaba allanando el camino para algo más? Desde luego un hombre que no tuviera más intenciones que pasarlo bien con una mujer guapa – o sea, yo – no estaría tan implicado en mi restauración emocional después de un fracaso tan estrepitoso. O simplemente es que no quería que nada se interpusiese en esa intención de “pasarlo bien”, que al fin y al cabo es lo que estábamos buscando los dos. Madre mía, la cabeza me iba a estallar. O salía ya de aquel laberinto en el que me estaba metiendo yo solita o iba a dar pasos de gigante pero hacia atrás. ¿Desde cuándo pasarlo bien con un hombre en todos los sentidos era sancionado con pensamientos negativos? Se acabó, me puse mis cuñas de esparto, porque el tiempo parecía que acompañaba para sacar los dedos al aire por primera vez, y nos fuimos en tropel hacia la puerta de casa.

Las llevé a almorzar a un sitio de tortillas. Cuando lo anuncié así sin más, Toñi madre me regaló una mirada que decía a todas luces: “¿Y para eso salgo yo del pueblo y me chupo tantos kilómetros en autobús? ¿Para terminar comiendo una tortilla que probablemente sea peor que la que hago yo?”. Sin embargo, una vez que nos sentamos en aquel pequeño saloncito decorado de forma rústica y con fotografías de huevos, gallinas y granjas avícolas por doquier, ya supe que las tenía comiendo de mi mano. Las mesas y las sillas blancas eran ideales y los mantelitos azul cielo era como volver al pueblo pero en los años cincuenta. Incluso ni en esa época se podía ser tan ñoño, pero a mí me gustaba y a ellas les encantó. La carta de tortillas era interminable: las rellenaban de todo. Eleonora se puso a enumerarlas y acabó eligiendo una tortilla de espárragos con tomates cherry al microondas, le maravillaba que se pudieran hacer tantas cosas con un par de huevos y que se pudiera presentar una tortilla de una forma tan original: en un bol. Yo la elegí rellena de atún, pero las dos Toñis no arriesgaron y solo acertaron a añadir algo de chorizo a una tradicional tortilla de patatas.

Con un café en el cuerpo y con más de dos horas y media de espectáculo musical por delante, nos abalanzamos sobre el teatro Lope de Vega con verdadera pasión. Cruzamos la carretera y de repente un déjà vu me sobrecogió: fue como si de un momento a otro fuese a ver a Ramón junto a la puerta con su jersey de rayas y su clavel rojo en la mano. ¿A qué había venido eso? ¿Una mala pasada de mi cabeza? ¿Desde cuándo el espectro de Ramón no se hacía ver por mi memoria? Sin embargo, ya no era desazón lo que me invadió, fue lejanía. Ese había sido un capítulo más que importante en mi vida y ahora vivía cosas tan diferentes que no tenían nada que ver con aquella. Habían cambiado los tiempos y había cambiado yo. Afortunadamente ya no lo recordaba con dolor, con nostalgia de lo que pudo ser y no fue; quizá porque ahora mi mente recordaba con nostalgia lo que pudo ser y no fue con otro hombre diferente. Tampoco me sentía culpable.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

Es Carmen!

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9 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: X. Déjà vu (O la noche esotérica 2) (3)

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