Carmen, mi suerte está echada: XIII. El hotel (Recuerdos de Pepe que no olvida la cabeza y tampoco el cuerpo)

Me desperté antes que él. Siempre me había gustado levantarme temprano en los hoteles. Por un lado, aunque la cama fuera muy cómoda – y esta lo era mucho –, siempre acababa extrañando mi colchón. A decir verdad, extrañaba el colchón de mi piso de toda la vida porque el sofá cama en el que mal dormía desde que llegué a Madrid en casa de mis amigos no había quien lo echara de menos. Por otro lado, y esta era la razón principal, no quería perderme el buffet libre del desayuno.

Los buffet libre del desayuno de los hoteles son mi debilidad. Solo con ellos soy capaz de desayunar como si estuviera almorzando: bebo zumo y café, un par de tostadas, algún dulce… Incluso un día incluí fruta. El momento previo a comerlo todo es como un orgasmo de placer culinario por muy cutre que sea el hotel y su buffet libre. Ya el día anterior me lo había perdido porque a Pepe se le ocurrió que hacer el amor de buena mañana era una forma inmejorable de comenzar el día. Y no le faltaba razón, los mañaneros han sido otra de mis debilidades desde que descubrí el sexo. Sin embargo, una no está en un hotel todos los días y a Pepe lo tenía asegurado en mi cama al menos cada fin de semana.

Me di una ducha rápida mientras miraba el reloj, me invadió una sensación de regocijo: era temprano, las nueve y media de la mañana. No es que tuviéramos muchos planes, el turismo lo hicimos el día anterior y esa jornada la íbamos a dedicar al goce de pasear, comprar y probar los platos típicos. “Turismo gastronómico” lo había llamado Pepe y yo asentía y se me iban los ojos detrás de sus palabras, palabras que evocaban toda clase de delicias con las que ya empezaba a salivar. Pero el hecho de que fuera temprano y tuviera tanto tiempo por delante me llenaba de optimismo. Incluso el repiqueteo de la lluvia en la ventana de la habitación me gustaba, con esa claridad oscura que se filtraba por el hueco que la cortina no lograba tapar.

Cómo explicar que no estábamos en un hotel todos los días, que teníamos otra noche por delante antes de marcharnos a casa y no volver a vernos hasta el próximo fin de semana. Pepe me interceptó en la salida del baño, un baño grande y de revista con los azulejos más modernos y discretos que yo jamás he visto; recuerdo que el vaho salía por la puerta, dentro se veía borroso y el cristal – de unas dimensiones extraordinarias – estaba completamente empañado. Con un movimiento sensual y yo diría que bastante calculado (¿estaría planeándolo desde el principio, desde que yo me metí en la ducha?) me rodeó con sus brazos y sus manos me dieron la vuelta para apoyarme en ese espejo que ahora tenía la marca de mis propias manos. Su boca bajó primero despacio y luego cada vez a mayor velocidad por toda mi espalda, parándose en mi pompis (bastante cursi esta palabra, pero culo me resulta tan vulgar, a veces deseo que mi yo de quince años vuelva y me enseñe a llamar a según qué cosas por su nombre). Mordisco y beso, así estuvo alternando Pepe su parada en esa estación de mi anatomía hasta que se cansó, lo cual no pasó enseguida; y aún de rodillas, me levantó una pierna que apoyó en el borde de la bañera, extraviando su lengua hasta que le rogué que parara con los ojos en blanco. Lo último que recuerdo es que me perdí el buffet libre esa mañana, siendo la primera vez que no probaba el desayuno en un hotel durante toda mi estancia. Luego decidimos que las delicias gastronómicas las podíamos probar del restaurante del hotel que tenía bastante buena fama y para más inri, en la habitación. ¿Por qué no?

Reviví en mi cabeza aquella mañana en particular en mi cama, sola. Una sensación de pérdida difícil de asimilar y gestionar se apoderó inmediatamente de mí y me levanté de un salto para darme una ducha fría, que era lo que necesitaba en aquel momento, antes de ir al trabajo. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué me estaba costando tanto olvidar a Pepe? Quizá fuera nuestra relación, tan carnal y excesiva, la que me dejaba sin aliento cuando la recordaba. En cualquier caso, disfracé mi desaliento con uno de mis pares de zapatos de tacón más rotundos, como si el dolor de pies que me fueran a causar pudieran hacerme olvidar. Seguramente no pudieran, pero mi cabeza tendría que concentrarse en otros menesteres.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

Es Carmen!

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Buenas noches con Carmen!

Hace unos días que en las cuentas de redes sociales,
Carmen las buenas noches con retazos de su suerte, invitando a que sigáis descubriendo más en La Suerte de Carmen. De la misma forma, con ellos, les recuerda a los que ya son seguidores de su suerte por qué lo son.

Aquí tenéis estos retazos, #buenasnoches con Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XII. Puntos, comas e inflexiones

Cuando una visita se marcha de casa es tan inevitable sentirse vacía, sola. Y mi soledad siempre iba un poco más allá porque yo había llegado a Madrid para estar acompañada y ahora me las veía con una independencia tan absoluta… Quizá independencia no sea la palabra para describir la falta de anclas a mi alrededor. Llamé a Alberto.

Llamarlo en una situación como aquella no era lo más indicado si quería salvaguardar mi estado emocional y sentimental, pero no me apetecía nada estar sola y Gloria no me cogía el teléfono desde que la noche anterior discutiéramos. Y que conste que no me sentía tan culpable, solo un poco. Lo suficiente como para intentar esconder tras la cortina o bajo la alfombra su batalla con las hormonas y encontrarme tan desolada como para hacer que Alberto se acercase a mi casa.

No hizo falta rogar mucho para que se presentara delante de mi puerta con una sonrisa y una botella de vino blanco Yllera que siempre que me lo tomaba, me ponía más tonta de la cuenta. No podía creer que un hombre como Alberto estuviera por mí de esa forma tan sincera, entregada e incondicional. También es verdad que la perspectiva que se le avecinaba a él era más prometedora que una noche solo en su piso de lujo alquilado. Al menos confiaba en eso, que la hubiera pasado solo.

– Esperaba tu llamada, no me imaginaba comenzar la semana sin verte. – Sonrisa.

– No me seas zalamero soltándome frases de novela romántica.

– No eres de esas, ¿no?

– Ya sabes que no. – Miré sus manos con profunda decepción. No por él, sino por mí. – Creo que mi cena no va a estar a la altura, he pedido sushi en el japonés de la esquina. – Me había aficionado al pescado crudo. Es lo que tiene empezar una aventura sola: que quieres probar lo que antes ni se te había pasado por la cabeza hacer, incluso comer algo cuya descripción, pescado crudo, me daban verdaderas arcadas.

– Yo esperaba algo más elaborado, pero servirá.

– No te voy a mentir, hoy no me siento bien.

– Lo sé, tienes un tono de voz que es como un libro abierto.

– Pues eso. – Eso era que no tenía muchas ganas de sexo.

– He traído una película.

– No tengo DVD. – Y solo con decir eso, me vine abajo y se me saltaron las lágrimas. ¿De verdad consideraba aquello mi casa? ¿Qué estaba haciendo tan lejos de mi hogar?

– Yo me lo he traído. – Y reparé en la caja que llevaba en la otra mano.

Vimos una película antigua de las que le gustaban a Alberto, nada menos que en blanco y negro. Alberto era de los que pensaba que el séptimo arte es algo que se puede enseñar a amar. Y no es así. A mí me gustan las películas románticas, de ciencia ficción con grandes efectos especiales, las taquilleras. Vamos, que no soy nada melindres. Aún así, la vi fingiendo verdadero interés. Luego nos fuimos a la cama, a dormir. Y su abrazo fue tan reparador que dejé de sentirme sola.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en nuestra relación.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

Creo que nunca he hablado de mi pelo y ya va siendo hora de que lo haga. Tengo el pelo rizado, una vez más como mi madre, como mi abuela y como todas mis antepasadas llamadas Carmen. Es marca de la casa, otra de las marcas de la tradición. A veces me da por pensar si lo que nosotras tenemos es eso, una tradición, o una brujería porque… ¿y si mi hermana fuera la mayor? ¿Llevaría el nombre de Carmen al mismo nivel? Yo ya asumo que, naciendo antes o después, lo haría con mi cuerpo. ¿Y si por casualidades del destino, la hija “tipo”, a saber, caderas anchas, pecho generoso, pelo rizado, hubiera nacido segunda? ¿Habría hecho mi madre un cambio de nombre en el registro?

El caso es que mi abuela habla con una seguridad pasmosa sobre mi maternidad y mi hija primogénita Carmen a imagen y semejanza nuestra. Y no deja de turbarme. Si pertenezco a una larga saga de brujas de curvas vertiginosas, me gustaría saberlo.

Al grano, mis rizos fueron siempre un problema hasta que llegué a la adolescencia y aprendí a domarlos. Como a casi todo en mi anatomía. No hacía más que preguntarme por qué me habían tocado a mí todas esas cosas por las que una niña se acompleja, como si no hubiera más niñas en el mundo entre las que repartir las desdichas. Ni uno solo de esos aspectos me daba tregua: no podía permitirme un minuto de relax con mis caderas, con mi peso, con mi pelo… y de mi cutis graso y mi zona T, quizá hable en otra ocasión.

Mientras yo tenía que estar un par de horas con el secador y diferentes productos para el pelo que lo hicieran lucir con un mínimo de dignidad, otras como Gloria por ejemplo no tenían que hacer nada para mantener una melena al nivel de una revista de peluquería, con un pelo al que le venía de perlas estar largo, pero al que le venía aún mejor esos cortes de pelo corto que tanto se ponen de moda de vez en cuando sobre todo cuando llega el verano.

Igual que con los años me hice aficionada a los tacones para estilizar mi figura; a las faldas lápiz, a los escotes discretos pero sugerentes (y a los bolsos caros, aunque eso nada tiene que ver con beneficiar a mi figura. O sí. ); con los años también aprendí lo que le venía mejor a mi cabeza. Moños arreglados pero informales que me cuestan la misma vida; rizos sueltos a base de un ejército de horquillas escondidas y taladrando mi cabeza que mantienen controlada su naturaleza salvaje. Y aún así, es una de las partes de mi cuerpo de la que me he seguido quejando hasta hace bien poco, justo cuando Pepe me dijo, mientras me abrazaba por detrás, ambos desnudos en su cama después de haber hecho el amor y con su  nariz sumergida en unos rizos que reivindicaban su libertad: “Perderme en este pelo después de hacerlo es mejor que fumarse un cigarro”.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: X. Déjà vu (O la noche esotérica 2) (y 5)

X.5

Mi vida no tiene secretos. Nunca los ha tenido. He sido un libro abierto para Gloria – cómo no –, para mi hermana – que no siempre ha sido muy comprensiva conmigo –, para mi madre y para mi abuela – las cuales no se han cortado a la hora de opinar sobre cualquier aspecto de ella, ya fuera bueno o malo. Lo único positivo de vivir tan lejos de casa en estos momentos es que por teléfono era más complicado descubrir que, al poco tiempo de dejar al que parecía ser el hombre de mi vida… un momento, al HOMBRE de mi vida, me había liado con mi jefe. Sonar sonaba fatal, en la práctica la que lo estaba disfrutando era yo y no tenía que ver con nadie. Sin embargo, mi mente no podía dejar de reproducir la mirada reprobadora de mi madre junto con la mirada ansiosa de mi abuela, que a cambio de una Carmencita bien podría liarme con todo un equipo de fútbol. La supervivencia de las tradiciones es lo que tiene, que hacen convertirte en una persona más laxa en lo que a principios y conservadurismo se refiere.

Gloria, de todas formas, iba a echarme las cartas desde el conocimiento. Ella sabía que yo estaba con Alberto, de hecho y contra todo pronóstico, me había reprendido por ello, así que no esperaba piedad en su tirada. Se puede pensar que las cartas no tienen que ver con la persona que las echa, sino más bien con la persona a la que se la echan, pero yo no las tenía todas conmigo y la sonrisa que Gloria me devolvió a miles de kilómetros de distancia me hizo temerme lo peor. ¿En qué se iba a convertir aquello? ¿Me iba a leer la cartilla delante de todas? ¿Tendría que aguantar el chaparrón callada o se me permitía respingar? Con ella nunca sabía comportarme.

– A ver, no tengas miedo, Carmen, que sé en qué estás pensando.

– Sí, venga. – Trataba de sonar y parecer despreocupada. Nada más lejos de la realidad.

– Sabes que yo, esto de las cartas, me lo tomo muy en serio. No lo voy a usar contra ti. – Y mientras me decía esto con el tono más suave que yo jamás le había escuchado, barajaba el mazo con profesionalidad.

– Sigues sorprendiéndome, ¿cómo puedes saber lo que estoy pensando?

– Te he dicho miles de veces que te conozco como si te hubiera parido, y ahora que sé lo que es parir te lo vuelvo a decir. Ni tu madre te conoce como lo hago yo.

– Ya veo, ya. Anda, empieza. – Con comentarios como aquel, Gloria era capaz de asustarme porque me hacía vérmelas con una bruja de verdad.

– Estás en una disyuntiva.

– ¿No me digas?

– ¡No seas descreída! – Y la podía ver en mi mente pasando las manos sobre una bola de cristal y una escoba de esas antiguas, de paja, al fondo de la habitación, apoyada en el rincón. – La disyuntiva es real, mira, aparece en estas cartas. – Y señaló hacia abajo, poniendo su largo dedo índice de largas uñas (las cuales no entendía cómo podía conservar teniendo que cuidar de un bebé tan pequeño) sobre una carta que no tenía ni idea de lo que podía significar. – No es que yo sepa de tu vida, es que las cartas no mienten.

– Venga, sigue, no me seas teatrera.

– Esa no es la actitud. Estás en una disyuntiva… ¿Saben ellas lo de tu disyuntiva? – Asentí con la cabeza. – Bien, pues está claro que la disyuntiva es Pepe o Alberto.

– Está claro que no. No hay disyuntiva que valga: he roto con Pepe y ahora estoy con Alberto.

– Eso no te lo crees ni tú. En las cartas, aquí y aquí, se ve perfectamente cómo intentas engañarte, no has olvidado a Pepe. Y sinceramente, Carmen, no creo que lo hagas.

– Eso último ya es de tu cosecha.

– Efectivamente. Pero volvamos a las cartas. Las cosas te van muy bien en lo profesional, enhorabuena, y te digo que te van a ir mejor.

– Lo sabía, tenía que haber dejado mi trabajo mucho antes para dar el salto a Madrid.

– Sí, lo has dado veinte años tarde, pero ese no es el tema ahora. El tema es que te pronostico una mejora importante, vas a tener responsabilidades.

– Mmm, eso suena bien, suena a subida de sueldo.

– Esto no lo dicen las cartas, pero veo muchos bolsos de piel piel y de marca en tu vestidor. Y zapatos, muchos zapatos.

– Qué me gusta lo que estoy oyendo.

– A mí también, porque como siga así me vas a tener que subvencionar. Para tu tranquilidad, no veo rivalidades ni conflictos en ese aspecto, vas a ascender de forma limpia. Ay, chica, es que tú vales mucho. – Tengo que reconocer que aquello que me decía me hacía muy feliz, no es que viera mi vestidor-cuchitril lleno de bolsos y me invadiera la satisfacción, que también, es que por fin me gustaba lo que hacía y encima, tenía perspectiva de seguir haciéndolo y mejorar.

– Pero ¿y Alberto? – Eleonora preguntaba desde su sillón raído con un cigarro en la mano. No fumaba normalmente, solo en las ocasiones estresantes, y aquella parecía ser una de ella.

– Las cartas hablan de un puente amoroso, de un camino de peregrinación…

– ¡Bendita peregrinación esa! – Toñi madre dixit.

– Es como que tienes que vivir eso para darte cuenta de la verdad.

– Veo que cuando a las cartas les conviene ser concretas, lo son y mucho, ¿verdad? ¿O la que concreta aquí eres tú?

– Y se ve que, aunque lo pasas muy bien, en tu interior sabes que no. – Gloria hacía como que no me escuchaba y seguía con su papel de adivina de la tele. – Alberto es la autopista, no es el definitivo.

– Y Pepe sí.

– Pepe sí.

– Pero ya sabes por qué rompí con Pepe.

– Pero eso no tiene por qué ser definitivo. Hay que luchar por lo que una quiere y tú quieres a Pepe.

– Y quiero ser madre.

– Y quieres que el padre sea Pepe no otro hombre.

– ¿Y qué hago? ¿Le engaño? ¿Le digo que me he tomado la pastilla cuando no sea cierto? ¿Cojo un alfiler y pincho los condones?

– ¡No, Carmen! Habla con él, haz una relación lo suficientemente sólida como para que él se plantee volver a ser padre contigo.

– ¿Y quién me lo dice? ¿La pitonisa que está leyendo todo eso en las cartas o la mujer que se ha quedado embarazada de penalti y está viviendo una no relación con el padre de su hijo?

Y la conexión de Skype se apagó en ese momento. No había que ser adivina para saber que no había sido un fallo del wifi.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

Es Carmen!

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