Carmen, mi suerte está echada: XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

Creo que nunca he hablado de mi pelo y ya va siendo hora de que lo haga. Tengo el pelo rizado, una vez más como mi madre, como mi abuela y como todas mis antepasadas llamadas Carmen. Es marca de la casa, otra de las marcas de la tradición. A veces me da por pensar si lo que nosotras tenemos es eso, una tradición, o una brujería porque… ¿y si mi hermana fuera la mayor? ¿Llevaría el nombre de Carmen al mismo nivel? Yo ya asumo que, naciendo antes o después, lo haría con mi cuerpo. ¿Y si por casualidades del destino, la hija “tipo”, a saber, caderas anchas, pecho generoso, pelo rizado, hubiera nacido segunda? ¿Habría hecho mi madre un cambio de nombre en el registro?

El caso es que mi abuela habla con una seguridad pasmosa sobre mi maternidad y mi hija primogénita Carmen a imagen y semejanza nuestra. Y no deja de turbarme. Si pertenezco a una larga saga de brujas de curvas vertiginosas, me gustaría saberlo.

Al grano, mis rizos fueron siempre un problema hasta que llegué a la adolescencia y aprendí a domarlos. Como a casi todo en mi anatomía. No hacía más que preguntarme por qué me habían tocado a mí todas esas cosas por las que una niña se acompleja, como si no hubiera más niñas en el mundo entre las que repartir las desdichas. Ni uno solo de esos aspectos me daba tregua: no podía permitirme un minuto de relax con mis caderas, con mi peso, con mi pelo… y de mi cutis graso y mi zona T, quizá hable en otra ocasión.

Mientras yo tenía que estar un par de horas con el secador y diferentes productos para el pelo que lo hicieran lucir con un mínimo de dignidad, otras como Gloria por ejemplo no tenían que hacer nada para mantener una melena al nivel de una revista de peluquería, con un pelo al que le venía de perlas estar largo, pero al que le venía aún mejor esos cortes de pelo corto que tanto se ponen de moda de vez en cuando sobre todo cuando llega el verano.

Igual que con los años me hice aficionada a los tacones para estilizar mi figura; a las faldas lápiz, a los escotes discretos pero sugerentes (y a los bolsos caros, aunque eso nada tiene que ver con beneficiar a mi figura. O sí. ); con los años también aprendí lo que le venía mejor a mi cabeza. Moños arreglados pero informales que me cuestan la misma vida; rizos sueltos a base de un ejército de horquillas escondidas y taladrando mi cabeza que mantienen controlada su naturaleza salvaje. Y aún así, es una de las partes de mi cuerpo de la que me he seguido quejando hasta hace bien poco, justo cuando Pepe me dijo, mientras me abrazaba por detrás, ambos desnudos en su cama después de haber hecho el amor y con su  nariz sumergida en unos rizos que reivindicaban su libertad: “Perderme en este pelo después de hacerlo es mejor que fumarse un cigarro”.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

Es Carmen!

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

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