Carmen, mi suerte está echada: XII. Puntos, comas e inflexiones

Cuando una visita se marcha de casa es tan inevitable sentirse vacía, sola. Y mi soledad siempre iba un poco más allá porque yo había llegado a Madrid para estar acompañada y ahora me las veía con una independencia tan absoluta… Quizá independencia no sea la palabra para describir la falta de anclas a mi alrededor. Llamé a Alberto.

Llamarlo en una situación como aquella no era lo más indicado si quería salvaguardar mi estado emocional y sentimental, pero no me apetecía nada estar sola y Gloria no me cogía el teléfono desde que la noche anterior discutiéramos. Y que conste que no me sentía tan culpable, solo un poco. Lo suficiente como para intentar esconder tras la cortina o bajo la alfombra su batalla con las hormonas y encontrarme tan desolada como para hacer que Alberto se acercase a mi casa.

No hizo falta rogar mucho para que se presentara delante de mi puerta con una sonrisa y una botella de vino blanco Yllera que siempre que me lo tomaba, me ponía más tonta de la cuenta. No podía creer que un hombre como Alberto estuviera por mí de esa forma tan sincera, entregada e incondicional. También es verdad que la perspectiva que se le avecinaba a él era más prometedora que una noche solo en su piso de lujo alquilado. Al menos confiaba en eso, que la hubiera pasado solo.

– Esperaba tu llamada, no me imaginaba comenzar la semana sin verte. – Sonrisa.

– No me seas zalamero soltándome frases de novela romántica.

– No eres de esas, ¿no?

– Ya sabes que no. – Miré sus manos con profunda decepción. No por él, sino por mí. – Creo que mi cena no va a estar a la altura, he pedido sushi en el japonés de la esquina. – Me había aficionado al pescado crudo. Es lo que tiene empezar una aventura sola: que quieres probar lo que antes ni se te había pasado por la cabeza hacer, incluso comer algo cuya descripción, pescado crudo, me daban verdaderas arcadas.

– Yo esperaba algo más elaborado, pero servirá.

– No te voy a mentir, hoy no me siento bien.

– Lo sé, tienes un tono de voz que es como un libro abierto.

– Pues eso. – Eso era que no tenía muchas ganas de sexo.

– He traído una película.

– No tengo DVD. – Y solo con decir eso, me vine abajo y se me saltaron las lágrimas. ¿De verdad consideraba aquello mi casa? ¿Qué estaba haciendo tan lejos de mi hogar?

– Yo me lo he traído. – Y reparé en la caja que llevaba en la otra mano.

Vimos una película antigua de las que le gustaban a Alberto, nada menos que en blanco y negro. Alberto era de los que pensaba que el séptimo arte es algo que se puede enseñar a amar. Y no es así. A mí me gustan las películas románticas, de ciencia ficción con grandes efectos especiales, las taquilleras. Vamos, que no soy nada melindres. Aún así, la vi fingiendo verdadero interés. Luego nos fuimos a la cama, a dormir. Y su abrazo fue tan reparador que dejé de sentirme sola.

Aquella noche marcó un punto de inflexión en nuestra relación.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

Es Carmen!

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XII. Puntos, comas e inflexiones

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