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¡Felices Fiestas!

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Carmen, mi suerte está echada: XIV. De verdad, ¿eng? (y 3)

XIV.3

Mi pequeño apartamento se había convertido en el último mes en una versión del camarote de los hermanos Marx, con ese incesante ir y venir de gente. Si me ponía a enumerar todas mis visitas no podría quejarme de soledad y mi llamada a Alberto el fin de semana anterior quedaría tan fuera de lugar que hasta yo me vería obligada a mirarme con ojos incrédulos cuando adujese las razones que todos sabemos. Ahora era Gloria la que estaba allí, como siempre tan intempestiva, tan impredecible, trayendo consigo su natural alegría desmedida, sus visiones singulares de tus problemas convirtiéndolos en otros, más pequeños, menos importantes, más solucionables. O sea, que mi alegría y  mi temor por su presencia estaban en cantidades idénticas, quizá mi temor era algo mayor. La esperaba en el sofá mirando a través del balconcito los pisos de enfrente, embobada con una mamá que le enseñaba a su bebé la lluvia. Parecía traído a colación por el destino. Muy pertinente todo.

– Pues ya estoy aquí. – Gloria se sentó enfundada en un conjunto de estar por casa que superaba con creces todo mi armario doméstico. De repente mi batín chino de pega me pareció cutre y fuera de lugar. Además, Gloria había recuperado su figura en un santiamén. No dejó a nadie que la viera los primeros días después del parto, solo pudimos acceder a ella su madre y yo, con lo que puedo confirmar que parió y que Roberto es su hijo; sin embargo, cuando se presentó en sociedad, es decir, salió del hospital y volvió a su casa haciendo un tour por la calle encontrándose con vecinas y conocidos, su aspecto era tan deslumbrante que cualquiera podría aventurar que en lugar de barriga se había puesto almohadones y que su embarazo fue simulado. Así de estupenda estaba, por mucho que luego ella dramatizase el asunto insistiendo en lo que era sacar a un niño por un espacio tan pequeño.

– Vaya sorpresa, Gloria, no te esperaba para nada. A decir verdad, después de que no me cogieses el teléfono en estos días, pensé lo peor.

– ¿El qué? ¿Que iba a dejar de ser tu amiga? Ni de coña, con lo interesante que está tu vida ahora. Tendría que pasar algo más gordo que una discusión sin importancia. – Pues para mí sí que tuvo importancia. Me dieron ganas de contestarle algo así como: “Pues ya me siento algo cansada de que opines tan alegremente de lo que me pasa o me deja de pasar y de lo que decido o dejo de decidir”. Pero eso iba a traerme más quebraderos de cabeza, así que continué por otros derroteros.

– ¿Mi vida interesante?

– Asúmelo, Carmen, estás hecha una superwoman. Ni yo en mis mejores momentos… bueno, no, en mis mejores momentos sí, pero por los pelos. Alberto es ese tiarrón que destacaba en la foto que me enviaste al principio de trabajar en la productora, ¿no?

– Sí.

– Pues es que últimamente te buscas a todos igual.

– Siempre me han gustado así.

– Bueno, Ramón…

– ¿Qué pasa con Ramón? – Tengo que reconocer que tanto escuchar como decir el nombre de Ramón se me antojaba extraño.

– Nada, nada. Carmen, no sé si mi visita saldrá como tengo previsto, pero…

– Gloria, ¿ves eso? – Corté su verborrea porque sabía lo que me iba a decir.

– ¿El qué? – Se sintió tan extrañada por mi interrupción que antes de seguir mi dedo índice que señalaba al balcón de enfrente con la mirada, giró la cabeza a todos lados.

– Eso, Gloria, eso. Eso es lo que quiero. Y Pepe no me lo va dar nunca y no es por nada que yo me imagine, es porque me lo dijo, me lo dejó muy clarito.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XIV. De verdad, ¿eng?

Es Carmen!

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Buenas noches con Carmen!

Retazos de la suerte de Carmen para dar las buenas noches en las redes sociales. Porque un poco de Carmen! es mucho.

#BuenasNoches con Carmen!

Do you Carmen!?

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Carmen, mi suerte está echada: XIV. De verdad, ¿eng? (2)

XIV.2

“De verdad, ¿eng?”. Así me dijo hola Gloria cuando le abrí la puerta de casa. Tardé como un siglo en llegar a ella porque mi estado interior era literalmente una montaña rusa, mi estómago se había unido a todos los demás órganos de mi cuerpo para formar una masa informe de fluidos corporales, machacados, batidos y  mezclados. Quiero dejar bien clara esa imagen porque así es como me sentía. Literalmente, repito. En el camino hacia la puerta, que no puede llevar más de tres segundos en circunstancias normales, me monté una realidad paralela en la que me veía obligada a cambiar de trabajo porque iba a ser muy violento volver a la productora y ver todos los días a Alberto. No me importaba, después del salto a Madrid, me veía capaz de cualquier cosa. Esos tres segundos me parecieron horas. O es que realmente tardé demasiado en recorrerlos porque cuando abrí la puerta:

– De verdad, ¿eng? ¿Tan grande es el piso que no te ha dado lugar a abrirme abajo y ahora tardas un milenio en abrirme la puerta? Menos mal que un vecino me dejó pasar porque si no, me hubiera puesto chorreando. – Gloria entraba con su maleta de ruedas último modelo haciéndome a un lado y sacudiéndose el agua de la gabardina de entretiempo que tan acertadamente llevaba puesta. Fuera diluviaba gracias a una de esas tormentas primaverales que tan inoportunas eran en los días que ya empezabas a llevar sandalias. La vi pasar delante de mí como un espectro. Todavía me preguntaba si aquello era un sueño cuando me sorprendió un grito en plena cara. – ¡Carmen! Por Dios santo, ¿qué te pasa?

– Nada, nada, ¡Gloria! Pero ¿qué haces aquí? – No hablaba con ella desde la discusión de la segunda noche esotérica en la que me colgó la comunicación vía Skype de forma tan violenta.

– Si no venía, reventaba. Ya estaba harta de intentar hablar contigo y estar en tu vida a tantos kilómetros de distancia.

– ¿Y Roberto?

– Con su padre, que lo sabe cuidar mejor que yo, de eso estoy segura. Pero no tiene estas dos tetas para que el nene se duerma en blandito, así que me sigue prefiriendo a mí. Lo dicho, con su padre.

– No te esperaba.

– Esa era la idea, cogerte por sorpresa. Y un miércoles, ¿eh? Tu día, lo sé. Te podría decir que lo he hecho a propósito pero no, era el único día con billetes de AVE y como estoy de baja maternal, no importaba si venía en fin de semana. Bueno, solo que Roberto se ha tenido que coger unos días en el trabajo, pero yo he hecho más sacrificios que él, así que no me ha podido decir que no. – Yo asistía a todo ese monólogo con la boca abierta y sin saber muy bien cómo actuar. Tengo que reconocer que Gloria tenía ese poder sobre mí: me sorprendía con apariciones estelares, como si mi vida fuera una serie y ella le diese ese momento álgido del que se habla en rumores en las redes sociales y le dan al capítulo en cuestión más audiencia que al resto. Qué le vamos a hacer, sentía que Gloria era la que le daba audiencia a mi vida. Aunque últimamente yo solita estaba consiguiendo conferirle algo más de emoción. – Y ahora, si no te importa, necesito una ducha.

– Sí, claro, por aquí.

– Gracias, amiga. – Me dio un beso y desapareció por el pasillo. Al poco escuché encenderse el termo y yo caí en una profunda embriaguez de amistad que me llevó a soltar alguna lágrima de agradecimiento silencioso que no pensaba, de ningún modo, hacérselo saber a ella.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XIV. De verdad, ¿eng?

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Carmen, mi suerte está echada: XIV. De verdad, ¿eng?

XIV.1

Que el telefonillo sonara a esas horas era raro, pero lo era aún más que sonara. ¿Quién podía venir a verme? Mis amigos habían hecho el intento de pasarse por mi apartamento en varias ocasiones, pero en todas y cada una de ellas uno de los críos había desarrollado un resfriado exprés, una bronquitis o un sarpullido galopante que les había impedido acercarse. No esperaba a nadie, nadie de la oficina que pudiera dejarse caer un miércoles por la tarde noche, nadie que yo conociera. Consideré seriamente no levantarme, dejar que sonaran los demás telefonillos del edificio y que fueran otros vecinos los que se tomaran la molestia de abandonar su sofá para abrir al vendedor de enciclopedias (¿seguían existiendo?), al representante del Círculo de Lectores o a quien demonios fuese. Entonces por mi mente pasó una circunstancia que me puso en tensión y subió mi estómago hasta la garganta: podía ser Pepe.

El miércoles era el día en que cerraba su restaurante. Casi todos los miércoles cenábamos juntos. Fue un miércoles cuando me presentó formalmente a su hija y también fue un miércoles cuando rompimos. Un miércoles conocí su restaurante (ya lo contaré porque no tiene desperdicio) y un miércoles me llevó a su casa por primera vez. El miércoles se había convertido en mi día, de eso no cabía duda. En milésimas de segundo se produjo un seísmo en mi interior. Mi cabeza quería poner orden y sentido común: Pepe no había respondido a mis llamadas, en nuestro último encuentro en la Plaza Mayor se había mostrado amigable pero frío a pesar de las miradas asesinas que le regalaba a Alberto. No podía ser él, tenía que ser el vendedor de enciclopedias. Con el segundo timbrazo me empezaron a temblar las piernas, me había paralizado por completo. Mi cabeza ya barajaba dejar a Alberto si era la voz de Pepe la que me pedía que abriera desde la calle. Nunca había servido para hacerme la dura, yo siempre había sido de las que le gustaban las cosas claras. ¿Quería a Pepe? Sí, pues adelante. Esto podría dejarme en muy mal lugar con respecto a Alberto, pero él sabía lo que había conmigo y había aceptado darme tiempo sin estar alejado de mí. Nunca mentí.

No hubo una tercera llamada. La adrenalina comenzó a bajar vertiginosamente, como si se lanzara por un tobogán a kilómetros de altura. Sufrí un pequeño mareo al deshacerse de repente toda aquella realidad que mi imaginación había creado en un pispás. Volví a Alberto, volví a ver Pepe lejos de mí, volví a mi existencia madura e independiente en Madrid, hasta que lo que sonó fue el timbre de mi puerta.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

Es Carmen!

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