Carmen, mi suerte está echada: XVI. El plan de Gloria (y 2)

XVI. 2

Intentar explicarle a Gloria mi vida era como beber agua por el lado equivocado del vaso, como te dicen que bebas cuando tienes hipo, pues así. ¿Cómo podía yo mostrarle mis verdaderas preocupaciones?

– Sí, aún quería a Pepe, aunque mi cabeza, mi corazón y el paso de los días y de los acontecimientos habían hecho que la intensidad se matizara y ese sentimiento se mezclara con otros nuevos que estaban despertando con respecto a Alberto.

– Alberto se había convertido en un excelente partener, era interesante, lo pasábamos bien juntos, me gustaba a todos los niveles (que no soy tan superficial como podría parecer en las últimas páginas de mi suerte) y, lo mejor, le gustaba yo a rabiar (o al menos es lo que se desprendía de su actitud.

– En alguna ocasión había salido el tema hijos en conversación con Alberto y él no había huido despavorido de mi lado. Ni tampoco le había notado en la cara un gesto extraño, como de estreñimiento; ni había cambiado de tema de forma evidente. Podían confluir muchas causas, pero quizá la más acertada es que él, al contrario que Pepe, no era padre y puede que hubiera una mínima posibilidad de que albergara ese pequeño deseo dentro de su ser. Y que los dos viajáramos en la misma dirección sin saberlo.

– Pero él no era Pepe. Esta última aseveración me la guardaba en lo más hondo de mi ser y no la dejaba salir por miedo a que se hiciera realidad. Dicen que si no hablas algo es como si no existiera y aunque eso es lo más estúpido del mundo, yo seguí a pies juntillas esa creencia popular, porque las creencias populares algo de verdad deben de tener, si no de qué van a ser creencias populares. Pues él no era Pepe, él no era quien se había presentado a recogerme en un tractor amarillo.

– Pero yo quería ser madre y el tiempo ya jugaba en mi contra. Era como un partido de fútbol en el que a mi equipo le hubieran expulsado la mitad de la plantilla y tuviera que llegar al final aguantando, solo aguantando. Así me veía yo, aguantando dentro de un margen tan pequeño de maniobra que era claustrofóbico.

Estos eran los puntos más importantes que ponían sobre la mesa mi actual estado mental. Confusión es la palabra que podría describir el conjunto, aunque en resumen sería esto: quería a Pepe, volvería con él con los ojos cerrados, aún cuando fuera como una traición a Alberto – al que no había mentido en ningún momento –; de todas formas, esta decisión de volver con él podía verse afectada con cada día que pasaba, cada hora que pasaba sin estar juntos, y porque mi necesidad vital de ser madre estaba en el top ten de mis sentimientos, con suerte o sin ella, en unos meses me sometería a la inseminación artificial y que saliese el sol por Antequera. Y es que como me dijo una vez una amiga: el amor, a veces, no es suficiente.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

Es Carmen!

Estándar

Carmen, mi suerte está echada: XVI. El plan de Gloria (1)

XVI. 1

Gloria traía consigo un objetivo y un plan y no me ocultó ninguno de los dos desde el principio. Debo confesar que la exposición de su teoría fue excelente, no en vano, llevaba poniendo en pie teorías desde su más tierna infancia, desde aquella primera máxima que decía que no nos podíamos fiar de las niñas a las que no les gustaba llevar el pelo largo; y todo un viaje en tren podía dar para escoger las mejores palabras. Comenzó así:

“A ver, Carmen, todo lo que te voy a decir parte de la premisa de que Pepe, y lo creo firmemente, es el hombre de tu vida. Mal que me pese, porque ya lo querría yo para mí y para mi cama de vez en cuando”.

Yo miraba a Gloria a través de un vaso de tubo lleno de nuestra bebida preferida: un gin-tónic. Ella por fin había vuelto a disfrutarlo e hizo un papel estupendo preparando el terreno como si aquello fuera una charla de autoayuda en una librería: mesa con mantel, botella, cubitera… todo tan extraño un miércoles por la tarde. Y es que, a decir verdad, yo le auguraba a Gloria un futuro bastante prometedor como motivadora personal y coaching. Sería perfecta para fabricar vidas a medida, mejor que las que pudieran fabricarse los propios interesados.

“A Ramón lo apreciaba, pero siempre te dije, siempre, que tú me parecías mucha mujer para él. Y fíjate si llevaba razón. – Le clavé los ojos, así, como si hubiera lanzado mis globos oculares con un arco y se los hubiera colado en la garganta para que se callara. – No me mires así, es una broma y no, no hace falta que me digas que lo entiendes, lo sé.

Nunca pensé que te tuviera que pasar algo tan espantoso para que encontraras al verdadero hombre de tu vida, pero la vida te sorprende y te lleva por caminos insospechados. – Llegados a este punto, me estaban dando arcadas. Imaginarias, claro. Lo único que quería era que Gloria se callase como por ensalmo o, en su defecto, terminase de una vez su diatriba sin sentido para poder irme a la cama, yo tenía que madrugar. Debió de notar mi tedio porque levantó una mano, hizo un gesto hollywoodense y me espetó: – Has prometido escucharme hasta el final, sin interrupciones.

¿Sabes por qué creo que Pepe es tu hombre? Porque os veo. Al principio lo consideraba una vía para que olvidaras a Ramón, luego tuvo entidad por sí mismo. Nunca te he visto mejor y, ojo, más realizada como miembro de una pareja que estando con Pepe. Sé que te dije que a lo mejor os hacía falta un descanso, demasiado intenso todo, necesitabas una autopista y toda esa chorrada, pero ¿para qué? ¿Para qué vas a estar separada del hombre, el HOMBRE, Carmen, el HOMBRE, con mayúsculas? Por el amor de Dios”.

– Yo sabía que esto iba a pasar, ¿qué ocurre si el hombre al que quieres y tus intereses vitales no casan? ¿A quién vas a seguir?

– Carmen, conozco tu deseo de ser madre. ¡Pero si lo que me ha pasado a mí ha sido una injusticia! La madre de esta amistad deberías haber sido tú, pero ¿vas a tener a tu hijo sin Pepe? ¿De verdad me estás diciendo eso?

– Pepe no quiere hijos, te lo dije en su momento y te lo repito ahora.

– Pues este es mi plan, Carmen, sigue probando en tu relación con Alberto, otro tiarrón, chica, vaya cómo te los buscas. Sigue con él y plantéate una vida completa con él, con todos los perejiles: matrimonio, casa, fiestas, vacaciones… hijos. Da todos los pasos que tengas que dar con él, a ver si de aquí a un par de meses, sigues pensando como ahora.

– ¿Y cómo pienso ahora? – Me gustaba poner a prueba a Gloria en este tipo de cosas, aunque al final siempre era yo la sorprendida porque acertaba prácticamente en el cien por cien de los casos.

– Piensas que lo de Pepe está acabado.

– Es que lo está.

– Eso es lo que tú piensas, no lo que será.

– Ahora vas de adivina.

– Soy adivina, no lo olvides, provengo…

– De una larga estirpe de brujas.

– Brujas no, adivinas, aunque algo de bruja sí que tengo, sí. Lo dicho, y no me interrumpas más, piensa en todo eso, continúa con tu affaire con Alberto.

– Creo que eso se está convirtiendo en algo más que en un affaire, muy a mi pesar.

– ¿Tampoco estás contenta con Alberto? No hay quien te entienda, chica, mejor que vayas a un banco de esperma a quedarte embarazada porque no hay quien cuadre contigo.

– A ver Gloria, es que eres tú la equivocada, ¿no lo ves?

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

Es Carmen!

Estándar

Carmen, mi suerte está echada: XV. En un parque cualquiera

Antes de que terminara 2015 y nos fuéramos de vacaciones, dejábamos a Carmen con una visita muy especial en su apartamento: Gloria había viajado hasta Madrid para asistir en directo al espectáculo en que se había convertido la vida de su amiga y quizá proponerle algo que ponga a Carmen entre la espada y la pared. Pero eso quizá venga la semana que viene, hoy, para abrir boca, un recuerdo de esos que te dejan loca y que te alumbran el camino que hoy haces.

¿Tenías ganas de Carmen!? Disfruta de su suerte y encantada de volver y de que vuelvas.


 

Pasear de la mano siempre me ha resultado muy ñoño, solo para parejas empalagosas que disfrutan mostrando al mundo cuánto se quieren haciéndose mil carantoñas por la calle. Yo nunca había tenido esa necesidad, pero con Pepe aquella tarde de miércoles, salió solo. Una pareja ya madurita, de la que vista desde fuera se podría pensar que se acababa de conocer, y en cierta forma así era.

Esa tarde conocí más a Pepe que en los varios meses que llevábamos juntos. Es cierto que llegados a una edad las fases de una relación van más rápido: no es lo mismo encontrar a tu pareja a los cuarenta que a los quince, aunque tengo que reconocer que algunas chicas de quince creo que me llevan varios metros de ventaja en esto de las relaciones y las fases de intimar. Sin ir más lejos, creo que Cecilia, la hija de Pepe, es un buen ejemplo de lo que es el dominio de las relaciones hombre-mujer. Y claro, la etapa de los largos cafés con conversaciones eternas, paseos en un parque comiendo pipas y tímidas charlas sobre lo que esperábamos del futuro fueron sustituidas por amenas tertulias en la cama, después de un rato de amor del bueno. Los cafés y las pipas los acompañábamos con temas actuales. De esa forma es cómo sé más sobre la elaboración y dinamismo de la carta de comidas de un restaurante con estrellas Michelín y conozco el mejor modo de reducir una salsa al Pedro Ximénez, algo tan sobreutilizado para acompañar a la carne que pedirlo denota casi vulgaridad según Pepe– y yo me enorgullezco de ser vulgar porque esa salsa me encanta –.

Hacía un frío desgarrador, un frío como nunca había sentido antes, ni siquiera cuando visité la nieve. Sería que allí arriba, en la montaña, iba preparada para ello. Aquí, a pesar de que el vaho de nuestros alientos se mezclaba delante de nosotros en una escena propia de película, el romanticismo se esfumaba porque cuando me tocaba a mí la palabra, temblaba tanto que tenía que dejar que fuera él quien continuase. Mi mente recorría rauda los entresijos de nuevos inventos que hicieran más llevaderos los paseos de enamorados bajo el frío invierno de Madrid: guantes calentador con batería, abrigos calentador con batería, botas calentador con batería… Todo debía ser eléctrico para producir un calor lo suficientemente fuerte como para hacer que mi sangre volviera a recorrer mi cuerpo gozosa y feliz. Podía imaginarla circulando con cadenas a través de mis venas, pesada, deseando volver a casa y sin poder hacerlo porque el camino estaba cubierto con placas de hielo.

Y allí, al fondo, aunque pareciera mentira, un niño se subía a los juguetes de un espacio infantil. Podría jurar que las mismas placas de hielo que mis glóbulos rojos tenían que sortear en mis venas eran las que tenían los toboganes, pero en cualquier caso no importaba, más rápido bajaría por él. La madre del crío lo alentaba a que corriese para que su cuerpo entrara en calor y yo ya había dejado de juzgar ciertos aspectos de la maternidad gracias a vivir en una casa con dos niños que eran como bolas de energía interminable que sacaban de quicio al más paciente de los monjes de una abadía de estas de libro histórico. Es decir, en lugar de pensar que esa madre era una inconsciente al lanzar a su retoño al frío diciembre para que jugara en el parque en lugar de proporcionarle lo necesario para que se divirtiese en casa, al abrigo de la calefacción central que seguramente tendría; en lugar de eso, al verla, creí firmemente que había agotado todos los recursos habidos y por haber y que se había visto expulsada ella misma a la calle para intentar aplacar el ímpetu de su hijo. Lo había visto, sabía de lo que hablaba.

– No quiero ni imaginarme cuando yo tenga que hacer algo así. – Dije casi sin pensar.

– ¿El qué? – Pepe siguió adelante sin prestar mucha atención.

– Pues eso, estar en la calle con un crío porque no aguante en casa. – Y entonces sí noté su mirada desde arriba, tanto que me sentí pequeñita físicamente, lo cual era bastante complicado. Psicológicamente, me vi como una niña que acaba de decir algo que no debe, como cuando sueñas con trabajar en el camión de basura porque te parece lo más, pero cuando te preguntan por qué quieres ser de mayor dices con total seguridad que médico para curar a las personas – en especial a la abuelita que está malita –, provocando las sonrisas cómplices de padres, madres, tíos y todo adulto que haya alrededor.

Esa tarde fue agridulce, sí. Dulce porque paseé con Pepe, supe que quiso ser cocinero a los veintitantos, cuando se encontraba en un momento complicado de su vida, malas compañías, malas experiencias (aunque no lo pareciera, Pepe había tenido su lado oscuro y eso también me había gustado). Dulce porque conocí su pasión por la pintura, en la que había hecho sus pinitos; una pasión casi al mismo nivel que la que sentía por la gastronomía. Dulce porque me habló de su padre y de su hermano, de su infancia en el pueblo, de cuando se fijó en mí y de cuando conoció a su mujer… Y agria porque empecé a comprender que no quería más hijos, ni conmigo ni con nadie.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XIV. De verdad, ¿eng?

Es Carmen!

Estándar