Carmen, mi suerte está echada: XV. En un parque cualquiera

Antes de que terminara 2015 y nos fuéramos de vacaciones, dejábamos a Carmen con una visita muy especial en su apartamento: Gloria había viajado hasta Madrid para asistir en directo al espectáculo en que se había convertido la vida de su amiga y quizá proponerle algo que ponga a Carmen entre la espada y la pared. Pero eso quizá venga la semana que viene, hoy, para abrir boca, un recuerdo de esos que te dejan loca y que te alumbran el camino que hoy haces.

¿Tenías ganas de Carmen!? Disfruta de su suerte y encantada de volver y de que vuelvas.


 

Pasear de la mano siempre me ha resultado muy ñoño, solo para parejas empalagosas que disfrutan mostrando al mundo cuánto se quieren haciéndose mil carantoñas por la calle. Yo nunca había tenido esa necesidad, pero con Pepe aquella tarde de miércoles, salió solo. Una pareja ya madurita, de la que vista desde fuera se podría pensar que se acababa de conocer, y en cierta forma así era.

Esa tarde conocí más a Pepe que en los varios meses que llevábamos juntos. Es cierto que llegados a una edad las fases de una relación van más rápido: no es lo mismo encontrar a tu pareja a los cuarenta que a los quince, aunque tengo que reconocer que algunas chicas de quince creo que me llevan varios metros de ventaja en esto de las relaciones y las fases de intimar. Sin ir más lejos, creo que Cecilia, la hija de Pepe, es un buen ejemplo de lo que es el dominio de las relaciones hombre-mujer. Y claro, la etapa de los largos cafés con conversaciones eternas, paseos en un parque comiendo pipas y tímidas charlas sobre lo que esperábamos del futuro fueron sustituidas por amenas tertulias en la cama, después de un rato de amor del bueno. Los cafés y las pipas los acompañábamos con temas actuales. De esa forma es cómo sé más sobre la elaboración y dinamismo de la carta de comidas de un restaurante con estrellas Michelín y conozco el mejor modo de reducir una salsa al Pedro Ximénez, algo tan sobreutilizado para acompañar a la carne que pedirlo denota casi vulgaridad según Pepe– y yo me enorgullezco de ser vulgar porque esa salsa me encanta –.

Hacía un frío desgarrador, un frío como nunca había sentido antes, ni siquiera cuando visité la nieve. Sería que allí arriba, en la montaña, iba preparada para ello. Aquí, a pesar de que el vaho de nuestros alientos se mezclaba delante de nosotros en una escena propia de película, el romanticismo se esfumaba porque cuando me tocaba a mí la palabra, temblaba tanto que tenía que dejar que fuera él quien continuase. Mi mente recorría rauda los entresijos de nuevos inventos que hicieran más llevaderos los paseos de enamorados bajo el frío invierno de Madrid: guantes calentador con batería, abrigos calentador con batería, botas calentador con batería… Todo debía ser eléctrico para producir un calor lo suficientemente fuerte como para hacer que mi sangre volviera a recorrer mi cuerpo gozosa y feliz. Podía imaginarla circulando con cadenas a través de mis venas, pesada, deseando volver a casa y sin poder hacerlo porque el camino estaba cubierto con placas de hielo.

Y allí, al fondo, aunque pareciera mentira, un niño se subía a los juguetes de un espacio infantil. Podría jurar que las mismas placas de hielo que mis glóbulos rojos tenían que sortear en mis venas eran las que tenían los toboganes, pero en cualquier caso no importaba, más rápido bajaría por él. La madre del crío lo alentaba a que corriese para que su cuerpo entrara en calor y yo ya había dejado de juzgar ciertos aspectos de la maternidad gracias a vivir en una casa con dos niños que eran como bolas de energía interminable que sacaban de quicio al más paciente de los monjes de una abadía de estas de libro histórico. Es decir, en lugar de pensar que esa madre era una inconsciente al lanzar a su retoño al frío diciembre para que jugara en el parque en lugar de proporcionarle lo necesario para que se divirtiese en casa, al abrigo de la calefacción central que seguramente tendría; en lugar de eso, al verla, creí firmemente que había agotado todos los recursos habidos y por haber y que se había visto expulsada ella misma a la calle para intentar aplacar el ímpetu de su hijo. Lo había visto, sabía de lo que hablaba.

– No quiero ni imaginarme cuando yo tenga que hacer algo así. – Dije casi sin pensar.

– ¿El qué? – Pepe siguió adelante sin prestar mucha atención.

– Pues eso, estar en la calle con un crío porque no aguante en casa. – Y entonces sí noté su mirada desde arriba, tanto que me sentí pequeñita físicamente, lo cual era bastante complicado. Psicológicamente, me vi como una niña que acaba de decir algo que no debe, como cuando sueñas con trabajar en el camión de basura porque te parece lo más, pero cuando te preguntan por qué quieres ser de mayor dices con total seguridad que médico para curar a las personas – en especial a la abuelita que está malita –, provocando las sonrisas cómplices de padres, madres, tíos y todo adulto que haya alrededor.

Esa tarde fue agridulce, sí. Dulce porque paseé con Pepe, supe que quiso ser cocinero a los veintitantos, cuando se encontraba en un momento complicado de su vida, malas compañías, malas experiencias (aunque no lo pareciera, Pepe había tenido su lado oscuro y eso también me había gustado). Dulce porque conocí su pasión por la pintura, en la que había hecho sus pinitos; una pasión casi al mismo nivel que la que sentía por la gastronomía. Dulce porque me habló de su padre y de su hermano, de su infancia en el pueblo, de cuando se fijó en mí y de cuando conoció a su mujer… Y agria porque empecé a comprender que no quería más hijos, ni conmigo ni con nadie.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XIV. De verdad, ¿eng?

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XV. En un parque cualquiera

  1. Pingback: Es miércoles, es Carmen! – My Stories Project

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