Carmen, mi suerte está echada: XVII. El restaurante de Pepe

Nunca había estado en un restaurante de lujo, es decir, nunca había estado en ningún restaurante con alguna estrella Michelín. Lo más a lo que había ido era a un italiano con mantel de tela y camareros algo más serviciales que los de un bar de barrio, eso sí, con tapas superricas y para mí con nada que envidiar a esos establecimientos tan fuera de mi alcance. Hasta el momento me había limitado a observarlos desde fuera con los ojos entrecerrados, viendo a través de los ventanales a gente sibarita que disfrutaba de buen vino y buena comida en grandes platos y pequeñas raciones: no, definitivamente aquello no era para mí. A mis curvas no se las alimentaba con bocaditos perdidos en vajillas enormes, para satisfacer a mis curvas había que pedir raciones o medias raciones como mucho a compartir entre dos.

Cambié de opinión el día que entré en el restaurante de Pepe que tenía un nombre tan sencillo como ese mismo “El restaurante de Pepe”. Fue un miércoles, cómo no, y estaba vacío, principalmente porque el miércoles era el día de descanso del local; pero igual podría haber habido algún trabajador, que ya me iba conociendo yo las rutinas de los cocineros: nunca es un día de fiesta, siempre se puede hacer algo, siempre se puede preparar algo para el día siguiente o simplemente, cocinar por placer para uno mismo. Llegamos andando a la puerta de atrás, por donde se accedía directamente a la cocina. Yo salía directamente del trabajo y me preguntaba para qué ponerme tacones si lo único que tenía que hacer era sentarme en aquella mesa infame a llamar por teléfono a todos los números que una chica me pasaba en una lista con anotaciones junto a cada uno de los números. Ojo, ocho horas colgada al teléfono no es tan bonito como pueda parecer. Solo me alegraba de llevarlos cuando a la salida era Pepe quien me esperaba en la puerta, apoyado en la pared de las casas de la acera de enfrente con las piernas cruzadas y las manos en los bolsillos. Entonces, me podía ver desde fuera cruzar la calle, taconeando y haciendo un ruido que podría decirse era mi banda sonora natural. De esa guisa entré en una cocina que no había visto ni en “Pesadilla en la cocina”. Bien es verdad que los restaurantes y las cocinas que salen en ese programa suelen estar necesitados de una importante y profunda jornada de limpieza y no son establecimientos de alto nivel como era el caso, pero esa no es la cuestión. La cocina era un amplio espacio repleto de encimeras de acero inoxidable con fogones de gas y vitrocerámica distribuidos como si fueran islas. Entonces, Pepe entró en acción y pude identificar en sus ojos eso que llaman pasión por su trabajo: comenzó a explicarme el funcionamiento de su cocina en base a toda aquella distribución. Que si aquella zona es la de las salsas; que si esta otra es la de los postres y repostería en general; que si los lunes hacemos pan y viene mucha gente solo para probarlo… Mientras hablaba paseaba por los pasillos que había entre las encimeras y fogones y podía sentir cómo me enamoraba más y más de un hombre que se había abierto a mí de una forma tan total y sincera. Ahora que conocía de primera mano su trabajo y su vida, me sentía todavía más cercana a él, me sentía parte de él, podía imaginar incluso que a mí me daba por cocinar, lo cual era todo un milagro ya que lo máximo en lo que yo me había metido era en hacer unas lentejas que salieron aguadas y faltas de sal. Ese puntito de sal que nunca he sabido interpretar en todas las recetas.

De verdad que cuando acabó con su exposición, yo me veía como en una película erótica haciendo el amor sobre esas impolutas encimeras. Conforme iba avanzando en su discurso, yo imaginaba que vendría hacia mí, me cogería por la cintura y poco a poco me desnudaría sin dejar de besarme. La próxima hora, yo me la veía feliz y sofocada, pero nada más lejos de la realidad: se puso el delantal y me preparó la cena más exquisita que he probado en mi vida. Y en cierta forma, observarlo cocinar fue casi igual de erótico que la película que yo me había montado, su destreza con el cuchillo, su decisión a la hora de manipular los ingredientes, su concentración y más tarde la degustación del resultado. Puedo jurar que fue una de las tardes más íntimas que pasé junto a Pepe.

Después de cenar, sí que fuimos a su casa y culminamos de hecho lo que habíamos empezado en aquel restaurante. La comida puede ser muy sensual y transmitir gran cantidad de mensajes y todos esos mensajes los recibí como una ráfaga ese miércoles.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

Es Carmen!

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4 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XVII. El restaurante de Pepe

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