Carmen, mi suerte está echada: XVIII. Un par de cosas (1)

XVIII.1

Me lancé de lleno a hacer lo que Gloria me había dicho: me tiré a la piscina y dejé los miedos y las reservas atrás, sobre el trampolín, para que los recogiera el que viniera detrás. Me desnudé, en el sentido más metafórico de la palabra, porque esa era la única manera que ya conocía para vivir la vida y no dejar sin disfrutar ni uno solo de sus segundos. Porque a veces, tanta reflexión y tanta gaita hacen que pierdas un tiempo precioso.

El jueves, con Gloria todavía en casa, me lancé al despacho de Alberto, cerré la puerta y le propuse ALGO. Ese algo era, por una parte conocer a Gloria y por otra una escapada que me ayudara a sentir más intimidad con él, intimidad que necesitaba para sentirme igual de a gusto y natural que me sentía con Pepe. Porque sí, estaba convencida de llegar hasta las últimas consecuencias con Alberto e incluso forzar la máquina de mis sentimientos para que se liberara de una vez y volara rauda hacia los brazos que debían. Si lo hacían en la dirección incorrecta se pegarían, como ya lo habían hecho, contra el muro de dos brazos cruzados, los de Pepe, claro.

– Tengo que proponerte algo. – Cerré la puerta del despacho e intenté obviar que aún así, los grandes ventanales que daban a la sala de producción podían ser el escaparate perfecto de cualquier mirada curiosa. Y había muchas, sobre todos de las chicas que todavía se preguntaban cómo la última en llegar, aunque les caía bien, se había llevado al soltero de oro. Y no solo se lo había llevado, sino que había sido la razón por la cual él había dejado a su monumento de novia. Todas se sintieron identificadas conmigo y más de una comenzó a llevar su cuerpo redondo con más orgullo.

– ¿Algo? – Y me lanzó media sonrisa que se me clavó allí donde comienzan las sensaciones que menos se pueden contar (y que yo cuento ahora aquí, soltándome la melena, esa melena rizada de la que estoy orgullosa… a veces).

– No, Alberto, no creas que te voy a proponer un encuentro sexual en tu despacho, no me voy a arriesgar… – Aunque tengo que confesar que algo de eso hubo algunos días más tarde, para que me tragara mis palabras y probara las dulces mieles del morbo. Luego me avergoncé tanto que no pude volver a mirar su silla, esa espléndida silla de presidente de empresa, sin que se me subieran los colores y comenzara a sudar.

– ¿Entonces?

– En primer lugar, quiero que conozcas a Gloria.

– ¿Quieres que viajemos a…?

– No, no, no, Gloria está aquí. – A ver, que presentarle a mi mejor amiga, esa amiga que era prácticamente como una hermana. Que más que prácticamente, era más hermana mía que mi verdadera hermana, que… vale, que a Gloria solo le presentaba a los hombres, un momento, los HOMBRES que parecían iban a significar algo en mi vida. (Cuando no los conocía ya porque era ella quien me los presentaba o porque yo me los encontraba en alguna de esas noches en que salíamos juntas).

– No es por nada, Carmen, tu apartamento se parece al camarote de los hermanos Marx. – Eso ya lo había pensado yo, no había sido muy original que digamos.

– Lo sé, yo también lo creo. Pero…

– Bueno, bueno, bueno. – Y me sorprendió interrumpiéndome, costumbre que todos estaban cogiendo últimamente y que iba a tener que atajar en breve porque me estaba costando la salud mental; y recostándose en su silla, esa silla que en un futuro próximo iba a ser tan importante en nuestra relación.

-Bueno, bueno, ¿qué?

– Bueno, bueno, que si me presentas a tu mejor amiga, esa que es como una hermana para ti, incluso más hermana que tu verdadera hermana, es que significo algo más que la mora que quita la mancha de otra mora.

– No te pegan nada los refranes.

– Pues yo creo que en este caso, viene al pelo. ¿No? – Y se cruzó las manos detrás de la cabeza y no huyó y no cambió de tema. Estaba tan acostumbrada a que Pepe cogiera por carreteras secundarias cuando salía algún asunto peliagudo, ese era su mecanismo de defensa, que el que Alberto no lo hiciera no dejaba de parecerme extraño, incluso sospechoso.

– ¿Vienes a cenar esta noche a mi casa?

– ¿Por qué no venís vosotras a mi apartamento? Lo digo porque vamos a estar más anchos. – Y Gloria se va a correr del gusto, lo sabía. Ya podía verla entrar en aquel apartamento de lujo alquilado que podía ser mejor que mi estudio – había aprendido a llamarlo por su nombre en los últimos días – y el piso de Gloria juntos.

– Bien, pero entonces tú te ocupas de la comida.

– No digo que vaya a cocinar yo, pero voy a pedir algo rico en el bar de abajo.

– Nada aceitoso ni grasiento, que luego…

– No te preocupes, que luego te ayudo yo a bajar las grasas. – Bueno, parecía que este paso por mi parte le había dado alas para jugar conmigo de todas las formas posibles, esta se basaba en ponerme colorada antes de salir de su despacho, podía notar unos cuantos ojos clavados en mi espalda.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

Es Carmen!

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5 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XVIII. Un par de cosas (1)

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