Carmen, mi suerte está echada: XVIII. Un par de cosas (y 4)

XVIII. 4

Ver a dos de las personas con más presencia en mi vida en ese momento en la misma habitación me provocó una cascada de emociones bastante interesante a nivel psicológico. Ya podía ver a los médicos poniéndome toda clase de cables y sensores para analizar hasta la extenuación mis reacciones físicas. Y es que es en momentos como ese cuando más te pones a pensar lo que puede cambiar la vida en muy poco tiempo y lo mío había sido como una carrera de Fórmula 1 donde todos los coches fueron Ferrari.

Hacía un año yo andaba como alma en pena intentando superar lo que yo creía insuperable, viviendo con el fantasma de Ramón de forma permanente, sin dejarlo ir, aferrándome a esa situación de viuda sin derechos que yo misma me había construido y que me gustaba mostrar al mundo. En esos doce meses, salgo del pozo de miseria autocompasiva en que se había convertido mi vida por y para comenzar la relación con un HOMBRE que no solo me ayuda, sino que me abre los ojos a una nueva vida, dándome el empujón necesario para hacer cosas que hacía mucho había descartado. Y ahora estaba en un salón compartiendo cena con otro HOMBRE que quería algo conmigo más allá de una aventura de cama – o al menos es lo que parecía – y con Gloria, mi mejor amiga (cuya vida también podría dar para otro libro porque quién le iba a decir a ella que a estas alturas sería madre de un bebé de meses).

Me senté en un sillón preparándome para una velada tensa y a la defensiva. Estaba segura de que Alberto se portaría como una persona normal, de quien no me fiaba era de Gloria.

– Guau, me encanta este apartamento. – Gloria se quedó en el recibidor y observó los cuadros que lo decoraban. Parecería que un recibidor no podría tener mucho espacio para cuadros, pero este sí que lo tenía, y no para uno, sino para dos.

– Pero, mujer, no te quedes en la entrada.

– Es que podríamos cenar aquí sin ningún problema, de verdad te lo digo.

– No me había dicho Carmen que sería tan fácil sorprenderte.

– Y no lo es. – Gloria entró y en su sonrisa vi la aprobación, le gustaba lo que veía: el piso y Alberto.

– Suben la comida en media hora, ¿os apetece algo?

Todo muy educado, muy normal, demasiado.

– Yo quiero una cerveza.

– ¿Y tú, Carmen?

– Dame un refresco de naranja.

– Podría equivocarme en mis predicciones. – Gloria se sentó junto a mí y me habló en voz baja mientras señalaba con su dedo índice todo nuestro alrededor.

– Pues equivócate, este piso es de alquiler.

– Ah, sí, el verdadero es mucho mejor. – Y me sacó la lengua.

La cena se desarrolló sin incidentes, Gloria podía ser muy encantadora si se lo proponía. Tantos años de relaciones públicas, de organizadora de eventos y viviendo la noche la habían convertido en la invitada perfecta (o imperfecta, según el caso y su antojo). Ella lo sabía y explotaba esa capacidad suya de empatizar con quien quería. Alberto era una de esas personas, pocas elegidas, con las que deseaba hacerlo; aunque yo ya dudaba del verdadero motivo: ¿era por mí o por la perspectiva de visitar Madrid y alojarse en un apartamento igual de grande que la palabra?

Solo al final, se destapó la caja de Pandora.

– Ha sido un placer, Alberto, conocerte a ti y a tu casa.

– Bueno, no es mi casa propiamente dicha. Cuando por fin tenga mi ático arreglado te vienes otra vez a Madrid.

– Ahora lo tengo más difícil para escaparme sin más, pero lo haré.

– Vente con el niño, sin problemas. – Y Gloria me envió una mirada que no intentó ocultar.

– Por cierto, buen viaje a Toledo.

– Gracias, Gloria, gracias. – Era yo, que la empujaba discretamente hacia la puerta de salida.

– Espero que descubráis todo lo que tengáis que descubrir.

– Sí, yo también, amiga, yo también. – Si seguía empujándola iba a ser demasiado elocuente, así que me adelanté a la puerta del piso y la abrí para que comprendiera el mensaje. Parecía no entender, deliberadamente.

– ¿Descubrir? – Alberto también se hacía el ajeno deliberadamente. Lo veía en sus ojos. Y como a mis ojos nadie los quería entender, decidí salir al descansillo.

– Sí, hombre, descubrir vuestra relación. Carmen me ha hablado de vosotros y os lo recomiendo: tiraos sin red, así es como salen las cosas.

– Yo estoy sin red desde hace mucho. – Y me asomé al interior del piso con cara de susto.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XVIII. Un par de cosas (y 4)

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