Carmen, mi suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (1)

XIX. 1

No puedo evitar que ante un viaje inminente que puede cambiar mi vida, mi cabeza se vaya hacia otros momentos también decisivos que no sabía o no quería saber que cambiarían igualmente mi vida…

Aquel miércoles hacía un frío del copón, como me había acostumbrado a decir desde que comenzó el invierno y me vi inmersa en una vorágine de manga sobre manga, bufandas de lana gorda, botas con pelo de borrego por dentro y hasta gorros invernales, que por cierto, descubrí que me quedaban geniales aunque no le hacían ningún bien a mis rizos. Los nervios, sin embargo, hacían que ese frío tempestuoso que no daba tregua y me mantenía alerta solamente se hiciera notar en la capa más superficial de mi piel y me explico: sentía frío porque mis vellos se erizaban y me temblaban las manos, no porque mi sistema nervioso enviara cualquier tipo de respuesta a mi cerebro que me obligara a enfundarme en un abrigo. Y es que ese miércoles tenía una cena superimportante, una cena ineludible, una cena que había estado postergando desde que llegué a Madrid pero de la que no me podía librar por más tiempo: esa noche iría a casa de Pepe, mi anterior cobijo ante los largos días en la pensión de mis amigos, para comer con la adolescente que Pepe tenía por hija, con Cecilia, Ceci para los amigos y demonia para mí.

Ya en el pueblo las miradas que la dulce Cecilia me había regalado habían sido dignas de la mejor película de Antena 3, y aunque no las tenía todas conmigo, podía confiar (¿podía?), en que no me envenenara ni le echara laxantes a mi bebida. No quería imaginar cómo podía actuar aquel proyecto de mujer manipuladora en un entorno tan familiar como era su propia casa, así que me dirigí a ese piso que se me antojaba un agujero negro del que no podría salir sin muchos esfuerzos (ya me veía en la puerta de la calle, de madrugada y con mis rizos asalvajados danzando con la fría brisa de enero) con la mente en blanco, intentando actuar como una adulta. Solo intentando. Llevaba una botella de vino cara y bonita y una tarrina de helado de yogur para el postre, la tarrina de helado de yogur más costosa del supermercado. Ni el repiqueteo de mis tacones lograba insuflarme valor y escuchándolos se hizo realidad aquello de que lo de tener la mente en blanco es una falacia.

Me perdí en un pensamiento muy recurrente últimamente, como si yo no tuviera cubierto el cupo de sufrimiento y humillación para toda mi vida. Que se te muera un pretendiente en la cama creo que es lo suficientemente fuerte como para que Dios, el dios que sea, te disculpe de todo tipo de malos tragos en cuanto a amor se refiere. Sin embargo, encontrar a un HOMBRE como Pepe era sin duda lo que ese dios, el que fuera, entendía como compensación y que a cambio de tan buen hallazgo, tenía que pagar indefectiblemente algo: te cambio HOMBRE en mayúsculas que no solo te haga olvidar tu experiencia pasada (de la que no me siento responsable en absoluto, que conste, y demasiado hago con darte esta nueva oportunidad); te cambio HOMBRE por hija porculera y adolescente (con lo que esa palabra puede significar a-do-les-cen-te), porque la vida no puede ser todo un camino de rosas y tienes que encontrar granitos de pimienta enteros en mitad del mejor bocado del plato. Cecilia era mi granito de pimienta, era mi grano en el culo.

– Adelante, Carmen. – Del interior del piso de Pepe salía un agradable calor, mi cuerpo se sintió tentado de entrar alegremente atraído por tan increíble sensación de hogar, pero mi mente fue más rápida y seguí actuando con prudencia.

– Gracias, he traído esto, mejor que metas el helado en el congelador.

– Mmm, de yogur… Aunque no tenías que traer nada.

– Sí, lo sé, pero aún así… – Con esa conversación banal intentaba alargar el momento en que tuviera que entrar en el salón y enfrentarme a Cecilia. Sabía que Pepe se quedaría en la cocina ultimando la cena y me tocaría hacer vida social a solas.

– Pasa, Cecilia ya está en el salón y ha puesto la mesa. – Genial, había trabajado poniendo la mesa ella sola. Con paso firme entré en el salón y allí estaba, aquella chica que hacía honor a su padre midiendo más que yo y a su madre teniendo un cuerpo lánguido y modélico; con el pelo recogido en un moño alto de estos que solo unas pocas tardan en hacerlo menos que una cola de caballo, estaba tumbada en el sofá. Menos mal que Pepe tenía algo más que un sofá en la sala, si no, la situación podría haber sido bastante violenta.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

Es Carmen!

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5 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (1)

  1. Pingback: Es miércoles, es Carmen! – My Stories Project

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