Carmen, mi suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (2)

XIX.2

Quise tacones para mi primer encuentro oficial con Cecilia. Los tacones me dan seguridad, me dan valor y me hacen más alta, así que a mi tedio por aquel encuentro tenía que sumarle unos pies fríos y doloridos. Aunque estoy acostumbrada a ellos, tenerlos puestos durante todo el día es una tortura por mucho que digan lo contrario algunas que parecen haber nacidos con zapatos de tacón puestos. Os lo asegura una adicta a la plataforma.

Sobre ellos, mi última adquisición casual: unos vaqueros pitillo de la nueva temporada de Violeta by Mango que me quedaban como un guante, tanto que ahora, con el tiempo, entiendo algunas miradas que Alberto me echaba desde detrás de sus puertas de cristal y que yo, en ese momento, creía que eran debidas a mi gasto telefónico de la mañana. Un blusa blanca y una rebeca de corte relajado completaban un look que hubiera sido perfecto si no fuera por unos rizos que parecían huir de mi cabeza, tanta humedad y tanto gorro invernal los estaban matando, “y tú, querida Carmen, no te das cuenta”, parecían decirme desde ahí arriba. Con la sonrisa petrificada vocalicé un desenfadado “¿Qué tal?” y me senté frente a Cecilia en un sillón, el sillón raído de Pepe, ese que se negaba a tirar porque para él comodidad era sinónimo de viejo y ese sillón tenía tantos años como la boda de sus padres: había viajado directamente desde el pueblo cuando se mudó a la capital y en el divorcio creo que su ex se había sentido más que aliviada de perder de vista semejante atentado al buen gusto y a la decoración minimalista.

– Me gusta tu rebeca. – Esas fueron las primeras palabras de la hija de mi novio. Ni un “buenas noches” ni un “qué pasa”, nada, sus primeras palabras fueron para alabar mi rebeca. Si me paro a analizarlas, mejor eso que una mueca o un movimiento de cabeza, que era lo que yo había esperado en realidad. Por eso mismo agradecí esa muestra de empatía hacía mi rebeca, que no hacia mí. Descarté en milésimas de segundo responder con el típico “Cuando quieras, te la dejo” porque ni teníamos confianza ni quería dejarle la rebeca nunca.

– Gracias, la verdad es que con este frío no sabía que la iba a tener que utilizar tanto incluso dentro de casa. – Cruce de piernas y caricia a la extraordinaria lana de mi prenda exterior.

– Bueno, nos vemos obligadas a charlar algo antes de que venga mi padre, ¿no?

– Eso parece.

– Me gustaría que supieras que no eres la primera mujer a la que me presenta, quiero decir, la primera mujer después de que se separara de mi madre, ya me entiendes.

– Perfectamente. – Yo seguía sonriendo con esa misma mueca congelada, como si le hubieran da al “pause” a una película.

– Y no te lo digo para que te ofendas ni nada por el estilo. – No, claro que no, eres toda bondad. – Solo es que ya tengo experiencia en estos casos, tú sabes.

– Perfectamente. – ¿Qué le podía responder? ¿Que yo iba a ser la última mujer a la que su padre le presentara? ¿Que era normal que con la edad de su padre, éste conociera a muchas mujeres? Sobre todo teniendo en cuenta el trabajo que tenía.

– Tengo que reconocer que me ha sorprendido que vuestra relación siguiera adelante, os hacía un rollete de verano y nada más.

– Sí, yo también me imaginaba que sería algo así, pero mira por dónde, siempre hay hueco para las sorpresas.

– Y la mía ha sido mayúscula. – Carcajada intimidante que logra su objetivo pero que no lo demuestro, por supuesto. – De todas formas, no me extrañaría…

– Bueno, primer plato listo, ¿me hacéis hueco? – Salvada por la campana, la cosa no iba a terminar bien, esa frase que Cecilia había comenzado no iba a terminar bien, la noche antes de empezara no iba a acabar bien.

– Por supuesto, traigo un hambre canina y este es mejor plan que una pizza del Mercadona en una casa con dos críos. – Tengo que reconocer que lo dije con total intención rebajándome y uniéndome a los dimes y diretes de aquella adolescente. No sabía si iba a ser capaz de descifrar mi desdén hacia ella, haciendo ver que iba allí por la cocina de su padre y no como una cita ineludible con la hija de mi novio. Aunque podía adivinar que sí había cogido el tiro porque su mirada se tornó más helada si cabía y soltó su vaso de refresco con un fuerte golpe sobre la mesa. ¿Podía estar contenta o me tenía que entrar el miedo? Yo nunca había servido para el enfrentamiento.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (2)

  1. Pingback: Es miércoles, es Carmen! – My Stories Project

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