Carmen, mis suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (y 3)

Carmen! vuelve tras las vacaciones y lo hace con la resolución de uno de los episodios que marcarían su futuro inmediato y que la colocó exactamente donde se encuentra ahora: al borde del precipicio, al borde del viaje con Alberto. Veamos cómo acaba su cita a tres con Cecilia: se ganan batallas pero a veces no guerras.

XIX.3

Esa ensalada ha sido la ensalada más sabrosa que he comido en mi vida. Siempre he considerado las ensaladas platos insulsos, aburridos, a pesar de las miles de recetas que ahora pululan por ahí. En ningún restaurante he probado una ensalada que me invitara a no comer nada más. Para mí han sido como el entrante perfecto antes del plato fuerte. Ninguna vinagreta o aderezo exótico le han proporcionado ni una migaja de interés por mi parte, si acaso, algo de curiosidad. Pero aquello que Pepe estaba poniendo en la mesa era gloria bendita, como diría mi madre. Incluso podía imaginarme a mi abuela aceptando con gusto un plato sopero de aquella maravilla. Con razón Pepe era uno de los cocineros, qué digo cocinero, chefs más solicitados del momento. En breve, iba a ser el director de orquesta en la cocina de un importante evento… Y hasta ahí puedo leer, que me embalo. Pero es que el orgullo me llenaba toda, toda.

– Pepe, ¿te he dicho alguna vez que a mí las ensaladas nunca me han gustado como plato único?

– Un montón de veces.

– Pues con esta podría hacer la excepción. – Dije mientras me relamía una gotita de aceite que caía por mi barbilla y que recogí con el dedo que luego chupé con fruición. Gesto que aseguro estaba exento de toda sensualidad y sí lleno de gula.

– Bueno, no sé qué les das, papá, que a todas les encantan tus ensaladas. – Pepe miró a su hija con frialdad y diciendo tanto con esos ojos que me enterneció la manera silenciosa de defenderme. Cecilia, que parecía haber heredado la misma capacidad de comunicación a través de la vista, también le habló con la mirada. En décimas de segundos, allí hubo una conversación en toda regla en la que yo me sentí totalmente ajena. Eran sus problemas, Cecilia era el problema de Pepe (vale, y también un poquito mío, pero solo un poquito); y yo era la invitada, que la cría se comportara con un poquito de educación.

– No querría que se me recordara como el chef de las ensaladas, sé hacer cosas más complicadas y mejores. – Salió al paso Pepe con una sonrisa forzada. Y yo me lancé a por él. Bueno, ante la imposibilidad de mostrarme todo lo cariñosa que me hubiera gustado, me conformé con hacerme con su mano y decirle en un apretón que no pasaba nada, que no me molestaba, que yo era tan adulta que me encontraba por encima de todo aquel juego adolescente. Ceci observó el movimiento y antes de que todo lo que quería decirle a Pepe fuera comunicado a través de mi apretón de manos, se levantó con un ruidoso suspiro y se ofreció a traer el segundo plato. Claro, era de persona adulta levantarse y ayudar.

Nos fuimos las dos como si fuéramos amigas de toda la vida a la cocina. Allí nos esperaba una pizza que se estaba terminando de hacer en el horno. Vale, era una pizza. Pero vaya pizza. Pepe había hecho de una cena supernormal, una verdadera fiesta del paladar. ¿Habéis comido alguna vez pizza casera? De esa que incluso la masa te la han hecho una hora antes de comerla. Nada que ver con la gran variedad que venden hoy en día en los supermercados y que, ojo, no desprecio porque soy asidua y fan de ellas. Pero ese borde hinchado y al que ya me veía hincándole el diente; las verduras recién cortadas y ya horneadas sobre una mantita de queso y tomate natural; esos champiñones laminados ex profeso que estaban un poco doraditos a esas alturas; la nata burbujeante… Podía olerla y la boca se me estaba haciendo agua. ¿Cuántos trozos eran para cada uno? ¿De verdad tenía que comerme solo – a ver que cuente… – dos trozos? Madre mía, quizá pudiera racanear un tercero si iba lo suficientemente rápido y miraba a Pepe y reconocía mis intenciones. En esas estaba cuando Cecilia entró a matar.

– A ver, Carmen, no te voy a negar que me caes fatal. – Es que hay un mundo entre mal y fatal. Es que te dicen “fatal” y se te cae el mundo a los pies. Y sobre todo porque yo a esa chiquilla malcriada no le había hecho nada, ¡pero si no habíamos cruzado más de dos palabras! ¿Qué le caía mal de mí? ¿Eh? ¿Qué? ¿Mis curvas? ¿Mi pelo? ¿Mi tono de voz?

– Pues, chica, no sé qué te puede caer mal si no me conoces, vamos, que no hemos cruzado ni dos palabras.

– Yo no necesito hablar con alguien para saber que no me cae bien.

– Sí, esas respuestas me encantan, no puedo olvidar que eres una adolescente. ¿Cuántos años tenías?

– Da igual la edad que tenga, soy muy madura para mi edad, me lo dice mi psicólogo. Por eso sufro tanto con todo.

– Será eso, sí. Mira, te voy a decir lo que pienso y me vas a escuchar porque si yo he tenido estómago para digerir lo que me acabas de soltar, espero tener una buena réplica. – Me miró a los ojos con los suyos abiertos como platos, creo que no se esperaba mi reacción. A decir verdad, yo tampoco. No quería pararme a pensar mucho lo que le iba a decir porque si lo hacía, perdería fuelle y sería demoledor. – Lo que yo creo es que a ti te cae mal… No, espera, fatal, te cae fatal toda mujer que esté con tu padre. Toda. Sobre todo si es alguna que ha llegado un poquito más lejos de las sábanas de su cama. No me hacías en Madrid y aquí estoy, compartiendo con tu padre horas del día que no son sexo. No soy psicóloga y no sé si esto es un síndrome de Electra o qué, pero que podrías crecer, sí. Y que podrías empezar a hacerte a la idea, también. Cecilia, esto va muy en serio y si te estoy conociendo es por algo, no por gusto.

Con las mismas me di la vuelta, alcé la voz y le pregunté a Pepe si podíamos sacar ya la pizza del horno. Me contestó con un sí extraño y me desenvolví por aquella cocina como si hubiera estado en ella millones de veces, si hasta acerté el lugar donde estaban los utensilios de la pizza y los platos gigantes para llevarla al salón. Me sentía pletórica, llena de energía. Los tacones que habían sido mi martirio, ahora no me dolían y me devolvían esa seguridad que siempre busqué en ellos. Taconeando por aquella tarima flotante, que era cara, muy cara, llegué junto a Pepe. Cecilia llegó a los pocos segundos con la cara todavía desencajada.

El resto de la cena se desarrolló en un efusivo silencio que yo agradecí y que solo se veía roto por las conversaciones entusiastas de Pepe, mis contestaciones animadas y los monosílabos de Cecilia. Monosílabos que yo consideraba un regalo. Y cuando ya estaba recreando la discusión en la que le hablaría a Pepe de mi particular conversación con su hija en la que había salido la palabra “sexo”, él me cogió de la cintura – delante de su hija, ¡delante de su hija! – y me invitó a pasar la noche allí. Con ellos. Es decir, yo con él en su cama, en su habitación a puerta cerrada y con su hija a escasamente unos metros en la habitación de al lado.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

Es Carmen!

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5 thoughts on “Carmen, mis suerte está echada: XIX. Caminando hacia el borde del precipicio (y 3)

  1. Pingback: Es miércoles, es Carmen! – My Stories Project

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