Carmen, mi suerte está echada: XX. Un viaje a las estrellas (4)

XX.4

Toledo puede ser la mejor ciudad para el amor. Sin prisas, sin pausa y sin guías turísticas. Lanzarte al vacío y andar y andar mientras hablas y hablas. Ir cogidos de la mano ya no me importaba, había dejado mis observaciones al respecto bastante atrás, y Alberto era una compañía insuperable, de hecho, era la compañía que yo iba a querer para siempre. No podía obviar las miradas que su cuerpo atraía, era grande, moreno y tenía una cara bonita que echaba para atrás. Era como un galán de película antigua pero vestido de forma contemporánea. Y sabía hacerlo muy bien, sabía que esos vaqueros holgados y esa camiseta le quedaban como un guante y además, no se había afeitado a propósito, cómo conocía su atractivo. Lo único chirriante en todo aquello no se veía, pero yo lo sentía: mi dolor de pies. Para estar a la altura me monté en mis tacones, como no podía ser de otro modo, pero pasear por Toledo se descubrió desde el principio como una prueba difícil aunque a primera vista asumible, con una sonrisa natural, podría con eso y con más. Con la sonrisa que me provocaba el pensar que cuando llegara al hotel, iría derechita al masajista.

– ¿Tomamos algo? – Si no paraba, mis pies se iban a quedar por el camino, pero antes proponer una cerveza que decirlo en voz alta.

– Tus pies ya no te dejan andar más, ¿eh? Si quieres luego voy a por el coche.

– ¿Cómo sabes…?

– Porque sé que te pones esos taconazos por mí.

– No seas tan egocéntrico, siempre me pongo tacones.

– Pero no para pasear por Toledo. – Me miraba divertido y yo ya no aguantaba más.

– Bueno, ¿tomamos algo o no?

-Tienes hambre, ¿verdad?

– Efectivamente.

– Pues aquí a la vuelta hay una taberna.

Emprendimos la marcha y yo no dejaba de preguntarme si realmente era tan transparente o es que Alberto estaba muy enamorado de mí. Apostando por esto último, me quité los tacones en cuanto me senté en una de las mesas de la terraza. No hacía mucho calor, aunque fuera ya mayo y el sol caldeara cada vez más, allí había un microclima. Me coloqué de modo que el sol me calentaba en un costado y me recliné. Alberto se sentó frente a mí y me cogió uno de los pies para masajeármelo.

Esto me dejó perpleja. No soy de las que le chiflan que le toquen los pies, no tengo ningún vicio oculto con respecto a eso ni me pone especialmente morbosa. Tampoco soy de las que odian que se los toquen. Y mira que con respecto a este tema se suele ser de uno de los dos extremos. A mí, simplemente, nadie me había tocado los pies antes. En todos los años de mi vida, en los veinte años de mi vida sexualmente activa, a ninguno de los hombres que habían pasado por mi cama le había dado por pararse en esa parte de mi anatomía. Mi culo, mis caderas, mis tetas, mis muslos… todos ellos eran accidentes geográficos investigados hasta el más mínimo detalle. Los pies, no. Cerré los ojos con verdadero furor y lancé un gemido de placer que hizo que varias personas de las mesas colindantes – y algún que otro transeúnte – se volviera a ver qué pasaba con esa mujer repanchingada en una silla de metal a las puertas de una taberna. Juraría que Alberto también se había sorprendido. Más se iba a sorprender con la conversación que le tenía preparada a continuación.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XX. Un viaje a las estrellas (4)

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