Carmen, mi suerte está echada: XXI. ¿Perdona? (y 3)

XXI.3

El ático de Alberto era espectacular. Si somos fieles a la realidad, sigue siendo espectacular, no ha habido ningún desastre doméstico que lo haya vuelto a destrozar, así que sí, el ático de Alberto es impresionante. Vivir en esa zona popular de Madrid en un piso de esas características debe ser proverbial. Rectifico de nuevo: es proverbial. Yo pude saborear esas mieles durante un mes y aún me acuerdo de la sensación de sofisticación que me acompañaba cada vez que cruzaba la puerta de la calle tanto para salir como para entrar.

Esa noche, tras el viaje, dormí con Alberto e hicimos el amor con una intimidad especial. Es esa intimidad que te da el compromiso, el tener un objetivo común, un objetivo tan importante como ser padres. Es sorprendente cómo la imagen de una persona puede cambiar ante tus ojos tan solo en unas horas. La proximidad con Alberto se había multiplicado por mil, lo veía ya tan familiar y tan natural. Su ático olía a nuevo, a limpio, como nuestra relación y me sentía pletórica. Las punzadas de la duda y del anhelo de otro hombre vendrían poco después, esa noche todavía estaba totalmente entregada a Alberto.

Cuando me levanté de madrugada porque el amor no te alimenta sino más bien lo contrario, encontré que la nevera estaba totalmente vacía. Alberto no era de esos que tienen un empleado que te dejan el piso en un punto y te componen la cocina y sus muebles como si nunca hubieras salido de allí, suspiré frustrada, tenía mucha hambre. Mi apartamento sería muy pequeño, pero podía visualizar su frigorífico con chacina y su mueble/despensa/cacerolero con un gran y jugoso paquete de pan de molde. Un sándwich me haría feliz, me podría conformar con un triste yogur desnatado, ¿así es cómo te sientes cuando haces una de esas dietas draconianas? Las mías siempre habían sido bastante flexibles. Ahora podía sentir como mis curvas se hacían líneas rectas, había empezado a tener visiones.

– ¿Qué haces ahí? – Alberto me dio un susto de muerte, las luces estaban apagadas y él se paseaba desnudo como si aquella… espera, aquella era su casa y podía ir como le diera la gana. Tampoco yo tenía mucho problema.

– Buscaba algo de comer.

– No hay nada. – Y se rascaba la cabeza como si tuviera piojos en un intento vano de despertar del todo.

– Ya lo he visto, pero como no coma algo, creo que me voy a desmayar.

– Espera, a ver… – Y fue a su maleta todavía cerrada que aguardaba en la entradita (del tamaño de mi habitación, por si acaso no he dejado claro el tamaño de ese ático). – Toma. – Y me dio un paquete de galletas saladas que yo abrí con verdadera ansia.

– Gracias, gracias, gracias. – Pero ya me estaba metiendo en la boca un par de esas galletas y masticando con fruición.

– ¿No estarás embarazada? – Me dio tal ataque de risa que casi le escupo las galletas a la cara.

– No, no, no, aún es pronto, debo terminar el ciclo de pasti…

– Era una broma, Carmen, ven. – Y se acercó a mí quitándome el paquete de galletas de las manos, podría haberle dado un mordisco para que no hiciera semejante temeridad. Sin embargo, con una fuerza que no sé de dónde sacó, me arrinconó contra la encimera y me subió a ella. Oh, iba a hacer realidad una de mis fantasías sexuales que más éxito tenía entre todas mis fantasías sexuales en mi mente calenturienta prenovio: hacer el amor en la cocina. Bueno, de todas formas, esa fantasía ya se había materializado hacía unos meses y no pude evitar echarle un vistazo rápido en mi memoria.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

Es Carmen!

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One thought on “Carmen, mi suerte está echada: XXI. ¿Perdona? (y 3)

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