XXIV. Adiós, Pepe, adiós

Y antes de saber qué ocurre con una Carmen atacada, con demasiado dolor de cabeza como para discernir qué es lo que le ocurre realmente, unas gotitas más de recuerdo para poner en pie lo que fue su relación con el hombre de su vida, Pepe.

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

Romper mi relación con Pepe fue más fácil de lo que yo había supuesto. No hubo dramas ni llantos, solo hubo lógica y sentido común. Los dos cara a cara planteando una situación que yo ya había previsto, pero cuyo resultado estaba siendo totalmente diferente a cómo había imaginado. Sabía que quería estar con Pepe y sabía que quería ser madre, pero ¿ambos deseos se podían hacer realidad? Quería pensar que sí y era evidente que no.

Hacía frío, no podía ser de otro modo. Suspender en amor, en amor del bueno, no puede darse con buen tiempo y temperaturas templadas. Tu piel tiene que estar erizada, tus dientes deben rechinar y tus manos temblar y todo eso achacarlo al frío, cómo no. Cecilia, después de su análisis psicológico sobre mi maternidad/no maternidad, se había marchado dejando un buen caldo de cultivo para una discusión, pero ni levantamos la voz siquiera. Pepe estaba distante, su cara tenía una expresión que jamás le había visto. Él, una persona que se tomaba la vida medio en broma, para el que no había que hacer montañas de granos de arena y que lo arreglaba todo con una carcajada, tenía ahora un rictus que asustaba. No identificaba esas cejas que se contraían y esa mirada que hacían de su cara un desconocido. Me cogí las manos en un intento vano de parar un poco su temblor, aunque ya mis oídos me avisaban de que estaba en lo alto de un precipicio.

– Creo que tenemos que hablar, ¿no te parece? – Cruzó los brazos delante de mí y yo permanecí sentada, invitándolo con la mirada a que hiciera lo mismo. No íbamos a mantener aquella conversación de pie, como deseando acabarla para salir corriendo sin mirar atrás.

– Ya sé lo que me vas a decir y tú sabes lo que te voy a decir yo.

– Aún así es importante decirlo, ¿no te parece? – Asentí resignada, tenía razón. Las palabras que más daño nos iban a hacer tenían que ser dichas.

– Quiero ser madre, Pepe, nunca te lo he ocultado. – Y ya no podía disimular que el temblor se había contagiado también a mi voz. Verdaderos esfuerzos hacía para mantenerme quieta.

– Y yo nunca te he ocultado que no quiero volver a ser padre.

– Entonces, ¿a qué hemos estado jugando?

– Creo que a pensar que no pasaba nada y a que el tiempo dispondría algo que solo nosotros podíamos disponer. – Y tenía razón. Como si el tiempo se hubiera convertido en un ente de carne y hueso, yo había confiado en él la resolución de mis problemas y no quería quitarme la venda de los ojos: el tiempo no es más que tiempo, algo abstracto.

– ¿Y así se acaba? – Ya no podía reprimir las lágrimas, mi cuerpo tenía demasiados frentes abiertos como para mantener la compostura por completo.

– ¿Tú qué crees? ¿Hay alguna otra solución?

– No. – Y ese no me dolió en el alma porque lo dije yo. Dije algo que ya sabía, con lo que había estado lidiando desde hacía meses; un no que había escondido entre las sábanas, entre las risas, en la oscuridad del teatro o en la algarabía de un restaurante lleno. Un no que estaba reivindicando su existencia y su lugar.

Aquella noche nos besamos como si fuera la última noche que nos fuéramos a besar. Y es que era la última noche que nos íbamos a besar. Todas las caricias que nos dedicamos eran caricias de despedida, ni siquiera podríamos comportarnos como “amigos con derecho a algo más”, no era prudente y no iba a ser viable una vez que yo consiguiera mi objetivo prioritario, ser madre. Qué difícil es controlar un fuego que necesita expandirse más. Ni todos los cubos de agua del mundo son suficientes para apagarlo, así que lo que Pepe y yo dejamos atrás no fueron unos simples rescoldos. Y eso era muy peligroso para el futuro sentimental de ambos.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (Y 3)

XXIII. 3

Entrecerré los ojos y los observé con disimulo. Hablaban fuera. Pepe y Alberto, dos hombres que reunían alrededor de sí mismos las miradas femeninas – y alguna masculina – de toda la planta de urgencias del hospital. Me parecía todo tan extraño, ni en el mejor de mis sueños ni en la peor de mis pesadillas se había dado aquella escena. ¿Cómo me sentía? Dolorida. Eso lo sabía. ¿Con respecto a los sentimientos? De nuevo todos mis órganos vitales se habían mezclado en mi interior para provocar una arcada continua en mi estómago, unas fatigas horrorosas. Aunque esto podía ser por el golpe que había recibido, vete a saber. Pepe se fue, pero antes se volvió, se despidió con la mano e hizo la señal del teléfono. Me llamaría. Me llamaría. Pepe me llamaría.

Alberto entró con el ceño fruncido, podía ver la contrariedad en su rostro. Le leía el pensamiento como si de un libro abierto se tratara. Podía adivinar lo que se le pasaba por la cabeza así como adivinaba lo que iba a pasar en esas novelas románticas que leía más de vez en cuando de lo que yo estaba dispuesta a confesar. Por un lado estaba preocupado por mí, por lo que me había pasado; por otro estaba aliviado de que no hubiera sido nada – me habían hecho el tac y todo había salido bien –; y por último, estaba enfadado porque la primera persona que había aparecido por el hospital había sido Pepe y no él. Y no es que Alberto fuera de natural celoso, me había demostrado ya en varias ocasiones que no lo era, pero supongo que en una situación así no es fácil ser fiel a tus principios.

– Bueno, el médico ya te ha dado el alta, nos podemos ir a casa. – A casa, sonaba tan bien, pero me sentía tan extraña y tan ajena. Sería el golpe.

– Sí, a casa. – Ya estaba de nuevo vestida y con mis tacones puestos. Alberto me había traído unas zapatillas, pero ni por todo el oro del mundo me iba a poner unas zapatillas. No es que fuera famosa y pudieran inmortalizarme de semejante guisa, aún así, yo tenía una imagen y una dignidad que mantener. Me bajé de la cama y me apoyé en él.

Ya había pasado por un estado de temor sin precedentes cuando, a la hora de ponerme la camisa, detecté unas manchas de sangre – que no saldrían tan fácilmente si es que lo hacían – en la parte de la espalda. Hasta ese momento, solo sabía que me habían golpeado y que tenía dolor y que me iban a hacer alguna que otra prueba. Las manchas de sangre habían sido un bofetón que me dijo: “Chica, que has sido agredida en plena calle. Eso para que vuelvas a ir tan despreocupada por la vida”. Nunca me habían atacado. Nunca. Siempre había leído ese tipo de cosas en la prensa y yo tomaba precauciones cuando iba sola por la calle a horas que no eran las más apropiadas. Incluso a veces cogía las llaves como si fueran pinchos si la cosa se había desmadrado. Pero por Dios santo, que estaba comprando un DVD en un videoclub. De repente me acordé del chico de los rizos, ¿le había pasado algo? ¿Cómo estaba él? Paré a Alberto en la puerta del hospital.

– Un momento, un momento.

– ¿Qué pasa, Carmen?

– El chico del videoclub.

– ¿Qué chico?

– El del videoclub. – Y me di la vuelta sin esperarlo. Me siguió como pudo sorprendiéndose de la entereza que estaba mostrando en ese momento, ni yo me lo creía, podría haber saludado al suelo de cerca en cualquier momento.

En el mostrador me indicaron que un chico con rizos afro había entrado a la misma vez que yo, pero que no sabían dónde podía estar ahora. Y lo vi. Con su brazo escayolado al fondo de la sala de espera se dio cuenta de que lo miraba y me devolvió la misma sonrisa amplia con la que me fui con el fundido a negro. Corrí como si no hubiera un mañana hasta él, podía intuir la presencia de Alberto detrás de mí.

– ¿Estás bien?

– Sí, solo un brazo roto, podría haber sido peor.

– ¿Peor? – Me sorprendí con el tono de voz de histérica que puse en ese momento.

– Sí, peor, no sabes la de cosas que me han pasado ya. No te preocupes. ¿Y tú estás bien?

– Eso parece, solo el golpe y… – Eché mano de mi bolso, hasta ese momento no había caído en la cuenta de que igual el móvil no se lo llevaron pero sí mi cartera con mis tarjetas y toda mi vida.

– No te robaron a ti. Solo les dio tiempo a vaciar la caja.

– Pero ¿cuánto dinero sueles tener ahí? – Y se rio con ganas, con unas carcajadas sinceras y divertidas, ese chico sería un gran hombre, de esos de los que a mí me gustan. Lástima que nos separaran tantos años.

– Poco. – Y con una mano me dijo que esperara mientras buscaba en un bolso que llevaba colgado del hombro. – Toma. – Era el DVD. – Se me inundaron los ojos, las lágrimas desbordaron y cayeron sin piedad por mis mejillas. Ya podía ver el rímel totalmente corrido dibujando rayas negras por mi cara.

– Gracias. ¿Cuánto…?

– No es nada, creo que el golpe ha sido suficiente pago, ¿no te parece?

– Gracias otra vez y cuídate.

Me volví hacia Alberto que me esperaba paciente a cierta distancia. Cuando llegué a su altura, me abracé a él y lloré, creo que lloré por toda la tensión acumulada hasta el momento y por muchas cosas más que no era capaz de identificar en ese momento. Cuando me calmé, le di el DVD y sonreí sin ganas. Me dio un beso que me hizo olvidar que sabía que estaba enfadado por la presencia de Pepe allí y que sentí extraño y ajeno. Sería el golpe.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

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Carmen, mi suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (2)

XXIII. 2

Desperté en una habitación de hospital tan blanca que me dolieron los ojos solo con abrirlos. Mi cabeza despedía punzadas que atravesaban mi cuerpo y todas ellas salían de un solo punto situado más o menos junto a la oreja derecha. Cuando intenté incorporarme, el mareo que me sobrevino me dejó tan loca que creí que me iba a caer de la cama. Que viera a mi lado a Pepe no hizo sino aumentar mi sensación de ensueño.

– Vale, sé que no estás aquí. – Comencé a hablar en voz alta para despertarme y darme confianza a mí misma. – Esto es un sueño, ¿verdad? Claro que es un sueño, pero entonces ¿por qué me duele tanto aquí detrás?

– No, Carmen, no te incorpores.

– ¡Que no estás aquí! ¡Que esto es un sueño! Joder, joder, joder… – ¿Y mis tacones? ¿Dónde estaban mis tacones? Veía mis pies al final de la cama totalmente desnudos. – ¿Y mis tacones? ¡Que me han costado un pico! No, no, no, esto es un sueño.

– Carmen, por favor, estate quieta. ¡Enfermera!

– ¡Pero qué enfermera ni qué ocho cuartos! Esto es…

– No, Carmen, esto no es un sueño, has sufrido un atraco.

– ¿Un qué? – Y como un resorte me senté con tanta velocidad que las cortinas que me rodeaban se me abalanzaron como fantasmas.

– Un atraco. Estabas en un videoclub y entraron a robar, te golpearon en la cabeza.

– ¿Que entraron a robar en el videoclub? ¿Pero quién roba un videoclub hoy en día? – Estaba tan confundida que no podía pensar con claridad. – ¿Y qué haces tú aquí?

– Me llamaron. – Entonces caí en la cuenta de que lo tenía almacenado como llamada de emergencia en mi móvil, un móvil tan antiguo que no mereció la pena ni llevárselo, no sabía si alegrarme o darme lástima.

– Oh, ya, ya… Creo, creo que aún no he cambiado la llamada de emergencia.

– Sí, eso debe ser. Tampoco has cambiado la contraseña. He llamado a Alberto. – Ah, por eso miraba una y otra vez hacia la puerta, para soltar mi mano cuando lo viera aparecer. – Ahora, túmbate. – Le hice caso y cuando posé mi cabeza sobre la almohada fui más consciente que nunca del golpe.

– Entonces, dime, ¿qué ha pasado?

– ¿Qué demonios hacías en ese barrio?

– Eh, no sé, buscaba una película y ese videoclub era el único sitio que tenía ese título.

– Ya, ¿ahora eres una experta en cine?

– Yo no, Alberto.

– Ah, Alberto. – Y me soltó la mano. Giré hacia la puerta, pero Alberto no había aparecido aún por la entrada, estaba confundida. – Bueno, parece que no ha sido nada, pero te van a hacer un tac para descartar posibles derrames.

– ¿Derrames? – Los ojos se me salieron de las órbitas y comencé a temblar. Me cogió de nuevo la mano.

– No te preocupes, lo van a hacer por asegurarse, pero el doctor ya ha pasado por aquí y me ha dicho que… Mira, aquí está.

– Hola, Carmen, ¿cómo estamos?

– Como si me hubieran dado un golpe muy fuerte en la cabeza. – El hombre sonrió y se puso a mirar una carpetilla con un montón de hojas, todo muy profesional, tal y como sale en las películas.

– ¿Ya te ha dicho tu marido que te vamos a hacer un tac?

– Bueno, él no… Sí, me lo ha dicho. – ¿De qué servía que le sacara de su error? Seguramente no le importaba en absoluto si Pepe era mi marido o mi amante.

– No te preocupes, es rutina. Estás respondiendo bien y te has despertado y asimilado la situación con bastante naturalidad, la cabeza parece funcionarte perfectamente. – Sonreí deseando que no hubiera sido así para, en el momento en que llegara Alberto, haberme podido hacer la enferma.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

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VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

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XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

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XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

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Carmen, la suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (1)

XXIII.1

Cruzarse medio Madrid en busca del DVD de una película en blanco y negro, tan antigua que probablemente sus derechos de autor estén liberados, eso en mi idioma se llama amor. Así me sentía yo la primera semana de mi salto al vacío con Alberto. Yo vivía una luna de miel y esa sensación de volatilidad (solo sensación, porque correr de un autobús a otro para llegar a una tienda perdida en un barrio perdido que me parecía hasta peligroso es bastante físico), esa sensación de volatilidad provocaba que no viera las cosas con la perspectiva necesaria. En realidad, carecía de ella, estaba tan implicada en nuestra relación que todo me parecía poco. Alberto había hablado de ese título al final de una reunión de trabajo, en los corrillos que se forman en la puerta de la sala como obstáculos que tienes que sortear con sonrisas y comentarios insulsos para llegar cuanto antes a tu mesa. Pues yo había tomado nota y me iba a erigir como la compañera perfecta, la novia que se fija en todo lo que dices sin que parezca que lo hace, esa iba a ser yo.

Hacía unos días que vivíamos juntos y todo el mundo lo sabía, de hecho, todos andaban preguntándose por qué no lo habíamos hecho antes. Dejamos los papelones de llegar a distintas horas a personas que de verdad tuvieran que ocultar algo, nosotros teníamos una edad y él era el jefe, no tenía que dar explicaciones a nadie. Sin embargo, y para no levantar falsos testimonios de favoritismo, llevaba los mismos días yéndome a casa más tarde de lo habitual, que no pareciera que vivir con el jefe servía para salir antes del trabajo. En realidad, nos quedábamos ambos, así que bien podría haber hecho al revés, pero no. Ese día, pese a todo, salí a mi hora, más que nada porque en algo más de treinta minutos cerraba ese videoclub (me quedé de piedra cuando descubrí que todavía existían), que no solo tenía el DVD del que le hablaba por teléfono, sino que además lo tenían en venta, eso sí, algo más caro de lo habitual. Debí suponer que mi urgencia por obtenerlo iba a ser directamente proporcional al precio del mismo, pero estaba enamorada, eso daba lo mismo.

El videoclub era oscuro, las estanterías llenas de carátulas de película parecían inclinarse sobre mí en un intento vano de atraerme hacia los títulos. Para nada, quién a estas alturas tiene DVD, solo Alberto y porque le gustan las películas antiguas que no puede encontrar en otro formato (en su casa más tarde descubriría que guardaba como un tesoro un vídeo VHS). Olía raro, a rancio, a polvo y a moho y a Cristasol. Esto último como un intento fracasado de imprimir algo de limpieza e higiene al lugar. Me dirigí al mostrador del local con mi banda sonora original, un repiqueteo de tacones que hizo que el dependiente estuviese ya alerta cuando llegué.

– Buenas tardes. – Y le enseñé mis dientes blancos y alineados fruto de una ortodoncia que supuso una adolescencia aún más complicada para mí.

– Hola. – Un chico de unos veintipocos, con rizos por toda la cabeza, rizos que había decidido dejar crecer salvajes, bien por él, me sonreía extrañado desde la otra parte. Se colocó bien sus gafas y no disimuló una ojeada a mi escote. Alma de cántaro, no era el primero que lo hacía, ya estaba acostumbrada a esas demostraciones de atención.

– Soy Carmen, hablé contigo por teléfono antes.

– ¡Ah, sí! – Su cara se deshizo del miedo y la expectativa de peticiones extrañas y difíciles y se agachó. – Aquí tienes. – Y me extendió un cajetín en el que se podía leer un “Fuera de catálogo” casi borrado. Debió de ver mi expresión. – No te preocupes, se ve perfectamente, lo he comprobado. El DVD no está rayado. – Y volvió a sonreír, esta vez ampliamente, hasta que ver desaparecer su sonrisa y un fundido a negro fue todo uno.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

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VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

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XV. En un parque cualquiera

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XXI. ¿Perdona?

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Carmen, mi suerte está echada: XXII. La cocina

No hay relación que no deje huella, eso es inevitable. Por muy insignificante que pueda parecer a priori, ahí está, creando recuerdos. Pero si hablamos de la relación más importante de una vida, como lo es la de Pepe para Carmen, cada momento sí que es un recuerdo, recuerdos que se quedan como poso de felicidad en la taza de la memoria.


XXII. La cocina

La cocina siempre ha sido una de mis fantasías sexuales más exitosas. Digamos que ha acompañado a mis manos en momentos de soledad sentimental y me ha dado muchas satisfacciones. Hacer realidad una fantasía como esa, tal cual, es complicado. Con Ramón la cocina sí fue escenario de encuentros amorosos, pero yo era “demasiado mujer”, como diría Gloria, para él y ni por asomo se asemejaba a la película que yo me montaba en mis noches de pasión solitaria. Pepe fue el responsable de que tachara eso de mi lista. Cómo no.

Con él y con su corpulencia, que para levantar mis curvas hacen falta más que ganas, aquel miércoles la cocina se convirtió en un lugar especialmente erótico y no volvió a presentarse ante mí como esa habitación extraña y anodina que había sido hasta ese momento. Volvíamos de mi primera experiencia gastronómica en su restaurante. Me había tapado los ojos para degustar sus platos, sabiendo de mi infantil tendencia a renunciar a platos por su aspecto o por su ingrediente principal (más que nada, pescado). Eso había arrasado en mi interior, había sido un tsunami que había dejado solo ganas de él. Y tan literario queda esto que no puedo describir con palabras más tiernas lo que pasó a continuación.

– Sé que te has quedado con ganas.

– ¿Ganas de qué? – Lo miré de soslayo como no entendiendo lo que me quería decir. Había insistido tanto en que lo acompañara a su casa que no me había podido negar, cuando yo ya me veía mojándome las ganas en la ducha de mi piso compartido, aún bajo el riesgo de que mis anfitriones me miraran con malos ojos a la mañana siguiente: “Has despertado a los niños y eso no lo perdonamos en esta casa”.

– ¿Has avisado de que no vuelves esta noche?

– ¡Ah! ¿No vuelvo?

– No, no vuelves. – Y me llevó a la cocina de su piso que casi no tenía nada que envidiarle a la del restaurante. – Mira qué encimera.

– Preciosa, siempre me ha gustado ese color.

– Y hoy más.

Y pasó lo que tenía que pasar para poner el broche perfecto a un miércoles perfecto.

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