Carmen, mi suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (Y 3)

XXIII. 3

Entrecerré los ojos y los observé con disimulo. Hablaban fuera. Pepe y Alberto, dos hombres que reunían alrededor de sí mismos las miradas femeninas – y alguna masculina – de toda la planta de urgencias del hospital. Me parecía todo tan extraño, ni en el mejor de mis sueños ni en la peor de mis pesadillas se había dado aquella escena. ¿Cómo me sentía? Dolorida. Eso lo sabía. ¿Con respecto a los sentimientos? De nuevo todos mis órganos vitales se habían mezclado en mi interior para provocar una arcada continua en mi estómago, unas fatigas horrorosas. Aunque esto podía ser por el golpe que había recibido, vete a saber. Pepe se fue, pero antes se volvió, se despidió con la mano e hizo la señal del teléfono. Me llamaría. Me llamaría. Pepe me llamaría.

Alberto entró con el ceño fruncido, podía ver la contrariedad en su rostro. Le leía el pensamiento como si de un libro abierto se tratara. Podía adivinar lo que se le pasaba por la cabeza así como adivinaba lo que iba a pasar en esas novelas románticas que leía más de vez en cuando de lo que yo estaba dispuesta a confesar. Por un lado estaba preocupado por mí, por lo que me había pasado; por otro estaba aliviado de que no hubiera sido nada – me habían hecho el tac y todo había salido bien –; y por último, estaba enfadado porque la primera persona que había aparecido por el hospital había sido Pepe y no él. Y no es que Alberto fuera de natural celoso, me había demostrado ya en varias ocasiones que no lo era, pero supongo que en una situación así no es fácil ser fiel a tus principios.

– Bueno, el médico ya te ha dado el alta, nos podemos ir a casa. – A casa, sonaba tan bien, pero me sentía tan extraña y tan ajena. Sería el golpe.

– Sí, a casa. – Ya estaba de nuevo vestida y con mis tacones puestos. Alberto me había traído unas zapatillas, pero ni por todo el oro del mundo me iba a poner unas zapatillas. No es que fuera famosa y pudieran inmortalizarme de semejante guisa, aún así, yo tenía una imagen y una dignidad que mantener. Me bajé de la cama y me apoyé en él.

Ya había pasado por un estado de temor sin precedentes cuando, a la hora de ponerme la camisa, detecté unas manchas de sangre – que no saldrían tan fácilmente si es que lo hacían – en la parte de la espalda. Hasta ese momento, solo sabía que me habían golpeado y que tenía dolor y que me iban a hacer alguna que otra prueba. Las manchas de sangre habían sido un bofetón que me dijo: “Chica, que has sido agredida en plena calle. Eso para que vuelvas a ir tan despreocupada por la vida”. Nunca me habían atacado. Nunca. Siempre había leído ese tipo de cosas en la prensa y yo tomaba precauciones cuando iba sola por la calle a horas que no eran las más apropiadas. Incluso a veces cogía las llaves como si fueran pinchos si la cosa se había desmadrado. Pero por Dios santo, que estaba comprando un DVD en un videoclub. De repente me acordé del chico de los rizos, ¿le había pasado algo? ¿Cómo estaba él? Paré a Alberto en la puerta del hospital.

– Un momento, un momento.

– ¿Qué pasa, Carmen?

– El chico del videoclub.

– ¿Qué chico?

– El del videoclub. – Y me di la vuelta sin esperarlo. Me siguió como pudo sorprendiéndose de la entereza que estaba mostrando en ese momento, ni yo me lo creía, podría haber saludado al suelo de cerca en cualquier momento.

En el mostrador me indicaron que un chico con rizos afro había entrado a la misma vez que yo, pero que no sabían dónde podía estar ahora. Y lo vi. Con su brazo escayolado al fondo de la sala de espera se dio cuenta de que lo miraba y me devolvió la misma sonrisa amplia con la que me fui con el fundido a negro. Corrí como si no hubiera un mañana hasta él, podía intuir la presencia de Alberto detrás de mí.

– ¿Estás bien?

– Sí, solo un brazo roto, podría haber sido peor.

– ¿Peor? – Me sorprendí con el tono de voz de histérica que puse en ese momento.

– Sí, peor, no sabes la de cosas que me han pasado ya. No te preocupes. ¿Y tú estás bien?

– Eso parece, solo el golpe y… – Eché mano de mi bolso, hasta ese momento no había caído en la cuenta de que igual el móvil no se lo llevaron pero sí mi cartera con mis tarjetas y toda mi vida.

– No te robaron a ti. Solo les dio tiempo a vaciar la caja.

– Pero ¿cuánto dinero sueles tener ahí? – Y se rio con ganas, con unas carcajadas sinceras y divertidas, ese chico sería un gran hombre, de esos de los que a mí me gustan. Lástima que nos separaran tantos años.

– Poco. – Y con una mano me dijo que esperara mientras buscaba en un bolso que llevaba colgado del hombro. – Toma. – Era el DVD. – Se me inundaron los ojos, las lágrimas desbordaron y cayeron sin piedad por mis mejillas. Ya podía ver el rímel totalmente corrido dibujando rayas negras por mi cara.

– Gracias. ¿Cuánto…?

– No es nada, creo que el golpe ha sido suficiente pago, ¿no te parece?

– Gracias otra vez y cuídate.

Me volví hacia Alberto que me esperaba paciente a cierta distancia. Cuando llegué a su altura, me abracé a él y lloré, creo que lloré por toda la tensión acumulada hasta el momento y por muchas cosas más que no era capaz de identificar en ese momento. Cuando me calmé, le di el DVD y sonreí sin ganas. Me dio un beso que me hizo olvidar que sabía que estaba enfadado por la presencia de Pepe allí y que sentí extraño y ajeno. Sería el golpe.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (Y 3)

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