Carmen, mi suerte está echada: XXV. Bajas que suben el pan

Estuve unos días de baja. Alberto se iba temprano y llegaba tarde y mientras, yo hacía de ama de casa de película americana. Tirada en el sofá, con un dolor de cabeza constante y unos mareos que no me dejaban vivir aquellas minivacaciones como a mí me hubiera gustado.

Y así llegué a una conclusión: la soledad es buena y mala. La soledad te lanza a pensar como una posesa cuando no tienes otra cosa que hacer. ¿Y por qué pensar cuando ya está todo dicho o reflexionado? Porque la cabeza es el único sitio que no se puede dejar en blanco. Y eso es una locura, una trampa mortal. Ya me lo decía mi abuela: “Tienes que ser más de actuar, y una vez hecho, apechugar”. Pero no, yo actuaba, apechugaba y me ponía a pensar de nuevo acto seguido. ¡Error! Sin embargo, lo que no era un error, porque si lo hubiera sido, yo lo hubiera podido controlar y no podía hacerlo; lo que no era un error eran las sensaciones que me inundaban siempre que estaba con Alberto. Si me sentía ajena y extraña ya no se lo podía achacar al golpe, eso quedó atrás. El miedo y la inseguridad que había invadido mi cuerpo y mis actos ya habían desaparecido. Había mirado las estadísticas, un alto porcentaje de la población es víctima de alguna agresión de semejantes características en algún momento de su vida, yo no era nadie especial, no quería hacer un drama de aquello. Además, digamos que no venían a por mí, simplemente estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. No, no era el golpe era yo, una violencia que crecía desde mi interior y se cebaba conmigo misma. En mi mente podía visualizar la escena: yo pegándome con guantes de boxeo en plena cara, en la cabeza, manteniendo esta conversación entre dientes, susurrando para que nadie se enterara:

– ¡Despierta! ¿Es que no lo ves?

– ¿Ver el qué? – Pom, golpe en la cara.

– Que no lo estás haciendo bien. ¿No lo ves?

– ¡¿Ver el qué?! – Pom, otro golpe, esta vez en el otro lado de la cara.

– Que estás jugando, jugando con tu vida, jugando con la vida de Alberto, jugando con la vida de Pepe.

– ¿Jugar? ¿Desde cuándo querer ser madre es jugar? – Ahora había sido un gancho de izquierda el que me había sacudido. Cabe decir que la yo que estaba recibiendo la paliza no reaccionaba, se quedaba en el sitio como un saco de boxeo.

– Pues sé madre tú o vuelve con Pepe, pero Alberto, ¿qué culpa tiene él de tu irresponsabilidad?

– ¿Irresponsabilidad? Yo no… – Ahora su puñetazo en todos los morros me tiró al suelo.

Alberto era un hombre con el que cualquier mujer hubiera sido feliz, era un hombre que lo tenía todo. Todavía no había descubierto sus defectos – que los tendría –, pero seguro que podían ser tolerables… si lo amara. Esos defectos que aún no habían salido a la luz, sin embargo, podrían convertirse en una tortura para alguien como yo. Y lo solté. Para alguien como yo. Alguien como yo. Alguien que no lo amaba de verdad, que solo estaba deslumbrada, borracha de ilusión pero sedienta de tantas otras cosas. ¿Cómo había esperado que alguien por quien no me había perdido un desayuno en un hotel podía ser la persona perfecta? ¿Cómo había esperado que plantear tener un hijo de la forma en que yo lo hice podía ser correcto, como si fuera una transacción?

Y lloré, lloré de rabia porque no podía responder al amor de Alberto de la misma forma, lloré de frustración porque quería que fuera y no podía ser. Lloré porque mi cuerpo se erizaba solo al recordar las manos de Pepe sobre mis curvas pero no las de Alberto, a las que necesitaba tener encima para activarme. Lloré porque iba a hacer mucho daño y solo yo tenía la culpa de eso. Y lloré por mí porque otra vez se había partido la baraja de mi suerte.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XXV. Bajas que suben el pan

  1. Ay, nooooo. Con lo que me gusta a mí Alberto… Pero en fin, es cierto que a veces queremos querer a alguien porque ese alguien nos quiere con locura y sólo quiere lo mejor para nosotros pero nada, el corazón va a su bola y en estos casos hay que prestarle atención. Me da rabia decirlo pero, si no lo quiere, tendrá que dejarlo libre. Un besote!!!

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  2. Pingback: Es miércoles, es Carmen! – My Stories Project

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