Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (2)

XXVII.2

Con los stilettos de Gloria, que me había enviado por correo urgente, una reserva en uno de los mejores hoteles de Madrid y mi vestido negro famoso, ese que me queda como un guante, así me encuentro a las diez de una noche templada de primeros de junio a las puertas del restaurante de Pepe. Observo, me reajusto el vestido, me toco los labios y sí, el nuevo pintalabios rojo que me ha costado un pastón no deja mancha. Al colocarme el vestido, sonrío, ni rastro de marca de braguita… como a él le gusta… como a mí me gusta que a él le guste. Junto a mí pasa una pareja joven y se queda mirándome: ¿a mí y a mi aspecto o a mí y a mi indecisión? Para el caso es lo mismo. Pero eso hace que eche un vistazo a la imagen que el escaparate de la tienda de al lado me devuelve de mí misma: ‘ESPECTACULAR’ bajo la imagen de un tacón de punta es lo que le envío a Gloria por WhatsApp. ‘A por él, guerrera’, me responde. Doble check azul es suficiente y cierro la conversación. Voy a jugar mi última carta con Pepe.

Igual que cuando rompimos no podía hacer otra cosa que frío, hoy, ahora, que voy a intentar volver con él a golpe de cadera, el calor tenía que envolver el contexto con esa fuerza que solo junio sabe traer. Esta primera ola de calor nos ha sorprendido a todos, y a mí muy gratamente. Echo un vistazo a mi alrededor y entro. El chico de la puerta se me queda mirando y siento en su mirada la intimidación, nunca he intimidado a nadie pero me gusta. Me gusta provocar esos sentimientos si quiero provocar luego otros en otra persona. Me hace un repaso de arriba abajo, creo que ya sospecha que estoy fuera de su rango de edad, aún así me sonríe. La siguiente parada es esa jovencita de detrás de la mesita de recepción. Unas gafas de pasta pseudointelectuales me saludan con un movimiento de cabeza y un…:

– ¿La espera alguien? – Y se pone a buscar en el cuaderno de reservas como si ya supiera quién puede estar ahí dentro aguardando por alguien como yo.

– La verdad es que no. – Y deja de buscar de forma inmediata para clavarme sus ojos airados y un compungido gesto de dolor, más que de dolor, como si estuviera comiendo un limón.

– Lo sentimos, señora. – ¿Señora? – Ahora mismo está todo lleno, si quiere puede coger una tarjeta y llamar mañana para hacer una reserva, aunque ya le aviso que el tiempo medio de espera es de una semana o diez días.

– Bueno, creo que me he expresado mal. – En su cara veo la insolencia de alguien que ya ha decidido que le caigo mal, no sé por qué, si por mi aspecto voluminoso, mi buen uso de ese par de tacones con suelas rojas que a ojos vista no son una imitación o mi escote generoso que no me da vergüenza enseñar. Se ajusta las gafas. – Vengo buscando a Pepe.

– ¿Pepe? Me va a perdonar, pero no…

– A Pepe, el chef.

– Ah, sí, claro, Jose. – Así, sin tilde en la “E”, que queda más sofisticado. – Ahora no la va a poder atender, bueno, ni ahora ni dentro de unas horas, estamos en el momento más álgido del restaurante.

– Lo sé, pero seguro que si le dice que Carmen está aquí, hace un hueco.

– Señora. – Otra vez. – Me va a disculpar, pero no puedo hacer eso.

– Y yo le vuelvo a repetir que si le dice quién soy, va a salir. – Desde luego, este obstáculo está siendo más duro de lo que yo me había imaginado. La chica no hace ya ningún esfuerzo por transmitir en su tono de voz y en sus ademanes que no solo no le caigo bien sino que cree que soy una loca, otra loca de esas que persiguen a su jefe. Ay, nena, cómo se te nota que estás coladita por él.

– No puedo. – Y cruza los brazos en clara muestra de que, efectivamente, por su parte no hay nada que hacer.

Realmente no me lo tomo a pecho, si obvio que se le nota demasiado que está enamorada de Pepe, solo está haciendo su trabajo. Me quedo unos segundos que parecen horas allí de pie, con mi entereza y mi seguridad creciendo en lugar de menguando ante semejante absurdez. Y cuando ella vuelve su cara hacia el libro de reservas, le doy la espalda y me dirijo al interior del restaurante.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

Es Carmen!

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One thought on “Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (2)

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