Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

XXVII.3

La gafapasta viene detrás de mí con asombrosa agilidad, debe de ser la edad, mientras me increpa e intenta retenerme cogiéndome por el brazo. Yo me deshago de ella con una facilidad sorprendente, quizá la facilidad que te da el no tener vergüenza y no temer perder los papeles delante de toda esa gente desconocida que ocupa absolutamente todas las mesas del restaurante y que ahora clava sus ojos en nosotras dos, con un evidente interés por saber qué ocurre. “Ya le he dicho que sé dónde está la cocina, no hace falta que me indique el camino”, le repito con fingida amabilidad a mi perseguidora. Pobre chica, en realidad me da pena, no puedo evitarlo. Me pongo en su piel y lo que está ocurriendo es realmente un papelón difícil de gestionar. Pero me pongo de nuevo en la mía y estoy haciendo justo lo que tengo que hacer.

Llego a la puerta de la cocina, en realidad desde la cocina ya son muchos los que nos observan extasiados por esa escena tan fuera de lo común. Y es que esa cocina donde viví uno de los momentos eróticos más impactantes de mi vida sin que hubiera sexo de por medio tiene un enorme ventanal, muy a la moda últimamente, para que los clientes puedan ver en directo cómo se cuecen sus platos, nunca mejor dicho. Entro de un empujón en sus puertas y me planto allí en medio como quien termina de correr una maratón, exhausta por la tensión de lo que quiero hacer y por la tensión de llevar una mosca cojonera detrás durante todo mi trayecto. Con lo fácil que hubiera sido que llamara a Pepe y que nos hubiéramos encontrado fuera, así, cinco minutitos, yo lo esperaría luego en el hotel y asunto arreglado. Aunque, para ser sincera, esto es mucho más espectacular. Espectacular para todos: para Pepe, para mí, para la gafapasta y para los clientes del restaurante. Antes de que mi acosadora se me lleve, no creo que pueda aguantar mucho más esa careta de mujer todoterreno, busco con ansiedad hasta que localizo una espalda que para mí no tiene pérdida. Esa espalda lo identifica de tal forma que hasta en un bosque lleno de espaldas podría saber cuál es. Esa espalda es Pepe que se vuelve tranquilo sin levantar la vista de lo que está haciendo en la mesa de cocina – temo por sus dedos durante un nanosegundo hasta que caigo en la cuenta de que, en su estatus de chef, lo que menos hace es cortar cebollas y tomates –.

– ¡Carmen! – Y miro a mi chica, que me flanquea y ya me tiene retenida por ambos brazos farfullando algo sobre llamar a la Policía.

– Pepe, ¿puedo hablar contigo un momento? – La voz no me ha salido todo lo segura que a mí me hubiera gustado, pero llegados a estas alturas ya no soy tan exigente.

– Rebeca, no te preocupes, déjala. – ¿Rebeca? ¿Por qué? Qué calor me ha entrado de repente.

– Pero, Jose, – sin acento en la “E” – estamos en mitad de la cena.

– Ya, pero creo que por aquí pueden arreglárselas sin mí unos minutos, ¿verdad? – Y mira alrededor secándose las manos con un trapo de cocina de esos que solo ves en la tele. Tú, en casa, solo tienes los de rizo de toda la vida.

Un murmullo general de asentimiento puebla la cocina y es la señal para que todo vuelva a fluir. Cada uno se vuelve a enfrascar en su tarea y nos dejan solos a Pepe y a mí en medio de un montón de gente. Rebeca, después de mirarme con odio, un odio absoluto, un odio que se puede palpar, se va sonriéndole angelicalmente a Pepe. Creo que me he ganado su enemistad perpetua.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

Es Carmen!

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3 thoughts on “Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

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