XXIX. Ay, madre del amor hermoso (O Carmen, vaya suerte la mía)

Qué calor hacía en Madrid en pleno agosto. Mi escapada solitaria al hotel de lujo me costó quedarme allí todo el verano. Estaba deseando volver al pueblo – quién me iba a decir a mí que pensaría algo semejante – y reunirme con Pepe y su mes de vacaciones. También me reuniría con Ceci, mi extraña hijastra, y su lánguida madre, cada vez adoro más mis curvas. Por otro lado, vería a mis Toñis, a Eleonora y a Gloria, que estaba pasando unos días con Roberto Junior en mi casa. Yo no, yo iría directamente al floreado hogar de Pepe e intentaría que esa convivencia no se convirtiera en una pequeña guerra civil. De todas formas, ya lucharía esa batalla cuando llegara el momento, desde luego este no lo era, estaba metida en una espera muchísimo más importante.

Unos minutos pueden cundir como segundos o como horas, según el contexto en el que te encuentres. Unos minutos pueden convertirse en toda una tortura, esa a la que me estaban sometiendo. Hubiera preferido que me quitaran las uñas de los pies antes que sufrir lo que estaba sufriendo yo en esos momentos. Mientras esperaba, intentaba llenar mi vacío haciendo otras cosas: terminar la maleta – ya no sabía qué más echar –, comprobar por enésima vez que el gas y el agua estaban cortados, contar el dinero y volverlo a guardar al fondo del neceser – que en el pueblo eso de que el cajero tenga dinero disponible no es muy común –. ¿Ya? No, aún no. También terminé de fregar mi taza de Nescafé y la cucharilla, que descansaban en el fregadero tras mi desayuno de campeona hacía quince minutos. ¿Ya? No, todavía no. Me revisé a mí misma: gafas en la cabeza, pendientes cómodos – mis aretes de toda la vida, perfectos para viajar –, pulsera Pandora – que hay que ir chic aunque te montes en un autobús –, billete de cinco euros en el bolsillo pequeño de la falda vaquera – que siempre puede haber un imprevisto y cinco euros no es mucho pero menos es nada –, y mis esparto. Perfecta. ¿Ya? Sí, han pasado los minutos prudenciales.

Fui al baño como quien va a una habitación oscura donde sabes que hay un fantasma, con una mezcla de tensión, miedo y curiosidad, sensaciones que juntas hacían una mezcla tan explosiva para mi equilibrio personal que el corazón se me salía literalmente por la boca. Encendí la luz como si lo que fuera a ver allí se tratase de un escenario de CSI y nada más lejos de la realidad, lo que yo iba ver allí era una prueba de embarazo que descansaba esperándome sobre el lavabo.

Tenía dos faltas. A la primera no le presté mucha atención. Aunque mi cuerpo no ha sido muy dado a somatizar saltándose menstruaciones los acontecimientos externos, tenía que reconocer que una agresión, una ruptura y una reanudación podían afectar a cualquiera. Sin embargo, con la segunda falta ya no podía obviar mi situación. Pero no había ningún síntoma más: ni fatigas, ni ascos, ni un sentido del olfato superdesarrollado, nada que me pudiera hacer deducir que a mí me pasaba algo más. Por eso no le dije nada a nadie de mi trámite matutino. Por eso le tendría que decir ahora a todos así de sopetón que la prueba de embarazo que acababa de hacerme había dado positivo, arrojando una escenario muchísimo más confuso y complicado: ¿a quién debía avisar primero, a Alberto o a Pepe?


¡Ay, madre del amor hermoso! Carmen, mi suerte está echada ha llegado a su fin y yo aún no me lo puedo creer. Ha sido un viaje largo y emocionante y hoy se mezclan la pena y la emoción.

Cuando comencé esta historia hace ya más de tres años, no imaginé ni por un momento que fuera a durar tanto, que Carmen sería ilustrada (Rachel’s Puzzle Things, nunca te lo agradeceré lo suficiente), que hubiera gente siguiéndola semana a semana; que me llegaran opiniones y comentarios vía Internet, Facebook y de viva voz… Carmen! me ha dado mucho. Ahora solo queda esperar una cuarta temporada: la habrá, pero no sé cuándo; de hecho, ni yo sé quién será el padre de ¿la pequeña Carmencita? También tengo proyectada Carmen, sobreviviendo a mi suerte, ese año que Carmen pasó tras su desgraciado evento vital… En fin, todo son proyectos y poco es el tiempo. Solo espero que sigáis ahí cuando vuelva.

¡Gracias!

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

XXVIII. No es una noche cualquiera

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XXVIII. No es una noche cualquiera

XXVIII. No es una noche cualquiera

He decidido no quitarme los zapatos en toda la noche. Espero sentada en la cama vestida, calzada y maquillada porque lo que espero se merece mis mejores galas. Aunque los ojos ya se me caen de sueño, me quito las lagañas con golpes en los ojos, cuidadosos golpes que no me corran el rímel. El móvil está a mi lado, me canso de mirar el WhatsApp, no vaya a ser que al aparato se le olvide que tiene que avisarme con la llegada de un nuevo mensaje. Me canso de mirar que tengo cobertura, me canso de comprobar que solo hace tres minutos que he mirado el móvil. Así hasta que me despierto a eso de las seis de la mañana. Sola.

Siempre he pensado que eso de quedarse dormida sin querer y sin darse cuenta son tontunas,
¿cómo es posible que no te percates de que te vas a dormir? Hoy compruebo que es totalmente cierto. Cuando abro los ojos y una incipiente claridad entra por la ventana ya sé que han pasado algo más de tres minutos. Doy un rodeo con mi mirada y en la oscuridad de la habitación no noto nada. Nunca he pasado sola una noche en un hotel y me duele en el alma que haya sido precisamente esa la que haya estrenado tan desconcertante experiencia. También me duele en el bolsillo, vaya dinero malgastado. Echo mano del móvil y ni rastro de mensajes de ningún tipo, ¿desde cuándo un Smartphone se queda mudo durante tanto tiempo? Ni una notificación en la barra superior, triste no, lo siguiente. Ahora bien, que son las seis y cuarto de la mañana lo pone bien grande, sin necesidad de desbloquearlo. Me levanto y voy al baño para asearme y quitarme el vestido. Los zapatos cayeron de mis pies en algún momento de la madrugada. Mi cara ya no tiene el esplendor que tenía hace unas horas, la ampolla lifting que me he puesto, en cualquier caso, sigue haciendo algún efecto y no tengo ni tantas ojeras ni tan mal aspecto después de todo.

Ha sido automático, me he duchado. Me he duchado por varias razones. Es verano y, aunque todavía en junio, el calor se ha apoderado del ambiente de un modo avasallador. Tras la tensión de la noche anterior, mi cuerpo ha expulsado ingentes cantidades de sudor y me siento pegajosa (igual adjetivo le puedo regalar a mi estado mental). Necesito una ducha, punto, así también hago tiempo hasta las siete, hora en que empiezan a servir el desayuno, después de lo que me ha costado la habitación como para no aprovecharlo, seguro que tienen mermelada de fresa de la mejor calidad. Con una falda vaquera – que mi depilado tengo que lucirlo – y una camiseta negra, salgo con el pelo mojado y encaramada a mis esparto. Me siento pequeña, no puedo evitarlo, eso es lo único que puedo dilucidar en ese momento. Más adelante podré dar rienda suelta a mi dramatismo y sentirme humillada, abandonada y todo eso, pero ahora con la pequeñez me basta.

Qué bonito es un hotel a esas horas de la mañana, sueño con un salón de buffet vacío de gente y lleno de todo: vasos para el zumo, tazas para el café, panes recién hechos y aún calientes para las tostadas, cruasanes, ya puedo oler el aroma a panadería. Pero no soy la primera, no, los hay más madrugadores. De espaldas a la puerta un hombre se toma una taza de café. De espaldas a la puerta, esa espalda, un momento, es una espalda que yo reconocería en cualquier sitio, incluso en un bosque de espaldas.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

Es Carmen!

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