Carmen, mi suerte está echada: XXVIII. No es una noche cualquiera

XXVIII. No es una noche cualquiera

He decidido no quitarme los zapatos en toda la noche. Espero sentada en la cama vestida, calzada y maquillada porque lo que espero se merece mis mejores galas. Aunque los ojos ya se me caen de sueño, me quito las lagañas con golpes en los ojos, cuidadosos golpes que no me corran el rímel. El móvil está a mi lado, me canso de mirar el WhatsApp, no vaya a ser que al aparato se le olvide que tiene que avisarme con la llegada de un nuevo mensaje. Me canso de mirar que tengo cobertura, me canso de comprobar que solo hace tres minutos que he mirado el móvil. Así hasta que me despierto a eso de las seis de la mañana. Sola.

Siempre he pensado que eso de quedarse dormida sin querer y sin darse cuenta son tontunas,
¿cómo es posible que no te percates de que te vas a dormir? Hoy compruebo que es totalmente cierto. Cuando abro los ojos y una incipiente claridad entra por la ventana ya sé que han pasado algo más de tres minutos. Doy un rodeo con mi mirada y en la oscuridad de la habitación no noto nada. Nunca he pasado sola una noche en un hotel y me duele en el alma que haya sido precisamente esa la que haya estrenado tan desconcertante experiencia. También me duele en el bolsillo, vaya dinero malgastado. Echo mano del móvil y ni rastro de mensajes de ningún tipo, ¿desde cuándo un Smartphone se queda mudo durante tanto tiempo? Ni una notificación en la barra superior, triste no, lo siguiente. Ahora bien, que son las seis y cuarto de la mañana lo pone bien grande, sin necesidad de desbloquearlo. Me levanto y voy al baño para asearme y quitarme el vestido. Los zapatos cayeron de mis pies en algún momento de la madrugada. Mi cara ya no tiene el esplendor que tenía hace unas horas, la ampolla lifting que me he puesto, en cualquier caso, sigue haciendo algún efecto y no tengo ni tantas ojeras ni tan mal aspecto después de todo.

Ha sido automático, me he duchado. Me he duchado por varias razones. Es verano y, aunque todavía en junio, el calor se ha apoderado del ambiente de un modo avasallador. Tras la tensión de la noche anterior, mi cuerpo ha expulsado ingentes cantidades de sudor y me siento pegajosa (igual adjetivo le puedo regalar a mi estado mental). Necesito una ducha, punto, así también hago tiempo hasta las siete, hora en que empiezan a servir el desayuno, después de lo que me ha costado la habitación como para no aprovecharlo, seguro que tienen mermelada de fresa de la mejor calidad. Con una falda vaquera – que mi depilado tengo que lucirlo – y una camiseta negra, salgo con el pelo mojado y encaramada a mis esparto. Me siento pequeña, no puedo evitarlo, eso es lo único que puedo dilucidar en ese momento. Más adelante podré dar rienda suelta a mi dramatismo y sentirme humillada, abandonada y todo eso, pero ahora con la pequeñez me basta.

Qué bonito es un hotel a esas horas de la mañana, sueño con un salón de buffet vacío de gente y lleno de todo: vasos para el zumo, tazas para el café, panes recién hechos y aún calientes para las tostadas, cruasanes, ya puedo oler el aroma a panadería. Pero no soy la primera, no, los hay más madrugadores. De espaldas a la puerta un hombre se toma una taza de café. De espaldas a la puerta, esa espalda, un momento, es una espalda que yo reconocería en cualquier sitio, incluso en un bosque de espaldas.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

XXVII.3

La gafapasta viene detrás de mí con asombrosa agilidad, debe de ser la edad, mientras me increpa e intenta retenerme cogiéndome por el brazo. Yo me deshago de ella con una facilidad sorprendente, quizá la facilidad que te da el no tener vergüenza y no temer perder los papeles delante de toda esa gente desconocida que ocupa absolutamente todas las mesas del restaurante y que ahora clava sus ojos en nosotras dos, con un evidente interés por saber qué ocurre. “Ya le he dicho que sé dónde está la cocina, no hace falta que me indique el camino”, le repito con fingida amabilidad a mi perseguidora. Pobre chica, en realidad me da pena, no puedo evitarlo. Me pongo en su piel y lo que está ocurriendo es realmente un papelón difícil de gestionar. Pero me pongo de nuevo en la mía y estoy haciendo justo lo que tengo que hacer.

Llego a la puerta de la cocina, en realidad desde la cocina ya son muchos los que nos observan extasiados por esa escena tan fuera de lo común. Y es que esa cocina donde viví uno de los momentos eróticos más impactantes de mi vida sin que hubiera sexo de por medio tiene un enorme ventanal, muy a la moda últimamente, para que los clientes puedan ver en directo cómo se cuecen sus platos, nunca mejor dicho. Entro de un empujón en sus puertas y me planto allí en medio como quien termina de correr una maratón, exhausta por la tensión de lo que quiero hacer y por la tensión de llevar una mosca cojonera detrás durante todo mi trayecto. Con lo fácil que hubiera sido que llamara a Pepe y que nos hubiéramos encontrado fuera, así, cinco minutitos, yo lo esperaría luego en el hotel y asunto arreglado. Aunque, para ser sincera, esto es mucho más espectacular. Espectacular para todos: para Pepe, para mí, para la gafapasta y para los clientes del restaurante. Antes de que mi acosadora se me lleve, no creo que pueda aguantar mucho más esa careta de mujer todoterreno, busco con ansiedad hasta que localizo una espalda que para mí no tiene pérdida. Esa espalda lo identifica de tal forma que hasta en un bosque lleno de espaldas podría saber cuál es. Esa espalda es Pepe que se vuelve tranquilo sin levantar la vista de lo que está haciendo en la mesa de cocina – temo por sus dedos durante un nanosegundo hasta que caigo en la cuenta de que, en su estatus de chef, lo que menos hace es cortar cebollas y tomates –.

– ¡Carmen! – Y miro a mi chica, que me flanquea y ya me tiene retenida por ambos brazos farfullando algo sobre llamar a la Policía.

– Pepe, ¿puedo hablar contigo un momento? – La voz no me ha salido todo lo segura que a mí me hubiera gustado, pero llegados a estas alturas ya no soy tan exigente.

– Rebeca, no te preocupes, déjala. – ¿Rebeca? ¿Por qué? Qué calor me ha entrado de repente.

– Pero, Jose, – sin acento en la “E” – estamos en mitad de la cena.

– Ya, pero creo que por aquí pueden arreglárselas sin mí unos minutos, ¿verdad? – Y mira alrededor secándose las manos con un trapo de cocina de esos que solo ves en la tele. Tú, en casa, solo tienes los de rizo de toda la vida.

Un murmullo general de asentimiento puebla la cocina y es la señal para que todo vuelva a fluir. Cada uno se vuelve a enfrascar en su tarea y nos dejan solos a Pepe y a mí en medio de un montón de gente. Rebeca, después de mirarme con odio, un odio absoluto, un odio que se puede palpar, se va sonriéndole angelicalmente a Pepe. Creo que me he ganado su enemistad perpetua.

Antes de esto…

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VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

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IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

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XXII. La cocina

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Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (2)

XXVII.2

Con los stilettos de Gloria, que me había enviado por correo urgente, una reserva en uno de los mejores hoteles de Madrid y mi vestido negro famoso, ese que me queda como un guante, así me encuentro a las diez de una noche templada de primeros de junio a las puertas del restaurante de Pepe. Observo, me reajusto el vestido, me toco los labios y sí, el nuevo pintalabios rojo que me ha costado un pastón no deja mancha. Al colocarme el vestido, sonrío, ni rastro de marca de braguita… como a él le gusta… como a mí me gusta que a él le guste. Junto a mí pasa una pareja joven y se queda mirándome: ¿a mí y a mi aspecto o a mí y a mi indecisión? Para el caso es lo mismo. Pero eso hace que eche un vistazo a la imagen que el escaparate de la tienda de al lado me devuelve de mí misma: ‘ESPECTACULAR’ bajo la imagen de un tacón de punta es lo que le envío a Gloria por WhatsApp. ‘A por él, guerrera’, me responde. Doble check azul es suficiente y cierro la conversación. Voy a jugar mi última carta con Pepe.

Igual que cuando rompimos no podía hacer otra cosa que frío, hoy, ahora, que voy a intentar volver con él a golpe de cadera, el calor tenía que envolver el contexto con esa fuerza que solo junio sabe traer. Esta primera ola de calor nos ha sorprendido a todos, y a mí muy gratamente. Echo un vistazo a mi alrededor y entro. El chico de la puerta se me queda mirando y siento en su mirada la intimidación, nunca he intimidado a nadie pero me gusta. Me gusta provocar esos sentimientos si quiero provocar luego otros en otra persona. Me hace un repaso de arriba abajo, creo que ya sospecha que estoy fuera de su rango de edad, aún así me sonríe. La siguiente parada es esa jovencita de detrás de la mesita de recepción. Unas gafas de pasta pseudointelectuales me saludan con un movimiento de cabeza y un…:

– ¿La espera alguien? – Y se pone a buscar en el cuaderno de reservas como si ya supiera quién puede estar ahí dentro aguardando por alguien como yo.

– La verdad es que no. – Y deja de buscar de forma inmediata para clavarme sus ojos airados y un compungido gesto de dolor, más que de dolor, como si estuviera comiendo un limón.

– Lo sentimos, señora. – ¿Señora? – Ahora mismo está todo lleno, si quiere puede coger una tarjeta y llamar mañana para hacer una reserva, aunque ya le aviso que el tiempo medio de espera es de una semana o diez días.

– Bueno, creo que me he expresado mal. – En su cara veo la insolencia de alguien que ya ha decidido que le caigo mal, no sé por qué, si por mi aspecto voluminoso, mi buen uso de ese par de tacones con suelas rojas que a ojos vista no son una imitación o mi escote generoso que no me da vergüenza enseñar. Se ajusta las gafas. – Vengo buscando a Pepe.

– ¿Pepe? Me va a perdonar, pero no…

– A Pepe, el chef.

– Ah, sí, claro, Jose. – Así, sin tilde en la “E”, que queda más sofisticado. – Ahora no la va a poder atender, bueno, ni ahora ni dentro de unas horas, estamos en el momento más álgido del restaurante.

– Lo sé, pero seguro que si le dice que Carmen está aquí, hace un hueco.

– Señora. – Otra vez. – Me va a disculpar, pero no puedo hacer eso.

– Y yo le vuelvo a repetir que si le dice quién soy, va a salir. – Desde luego, este obstáculo está siendo más duro de lo que yo me había imaginado. La chica no hace ya ningún esfuerzo por transmitir en su tono de voz y en sus ademanes que no solo no le caigo bien sino que cree que soy una loca, otra loca de esas que persiguen a su jefe. Ay, nena, cómo se te nota que estás coladita por él.

– No puedo. – Y cruza los brazos en clara muestra de que, efectivamente, por su parte no hay nada que hacer.

Realmente no me lo tomo a pecho, si obvio que se le nota demasiado que está enamorada de Pepe, solo está haciendo su trabajo. Me quedo unos segundos que parecen horas allí de pie, con mi entereza y mi seguridad creciendo en lugar de menguando ante semejante absurdez. Y cuando ella vuelve su cara hacia el libro de reservas, le doy la espalda y me dirijo al interior del restaurante.

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XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

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XXVI. Escenas

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Carmen, la suerte está echada: XXVI. Escenas (2)

XXVI.2

Cuando escuché las llaves en la cerradura, la adrenalina se me disparó. En lugar de levantarme e ir a su encuentro, me quedé en el sofá como si una enorme piedra me impidiera hacerlo; comencé a respirar entrecortado y las manos me temblaban, dos situaciones muy parecidas en demasiado poco tiempo, eso no lo aguanta ni el mejor de los cuerpos.

– Hola, cariño. – “Cariño”, Alberto sabía que no me gustaba mucho que me llamaran así. Se lo permitía a Gloria solo porque hacía años que la conocía… Quizá esa fuera otra señal, ¿aguantaría si Pepe me dijera “cariño”? Probablemente. Mierda.

– Hola, Alberto. – Y entonces sí me levanté. Sentí como si toda mi sangre acudiera a mi cabeza para ayudarla y que no me hiciera caer. Me estiré los vaqueros y, enfundada en mis sandalias de esparto con cuña para estar un poco más a la altura de mi interlocutor, lo miré de frente. Él no dijo nada obvio ni se preocupó probando razones diferentes a las que había. Dejó las llaves en la mesa, se acercó a mí y me abrazó. Lo noté aspirar con su nariz pegada a mis rizos y sus manos, esas manos grandes y firmes, recorrieron mi espalda. Yo respondí al abrazo con la mayor sinceridad de la que pude hacer acopio.

– Te vas.

– Me voy. Creo que sobra decir que no es justo ni para ti ni para mí, no es justo para ninguno de los dos.

– No te voy a pedir que te quedes.

– Te lo agradezco.

– Pero sí te voy a pedir que pases esta noche conmigo. – Me moría por decirle que sí, sus manos en mi espalda más que arder, quemaban, y la intimidad que da una circunstancia como la que estábamos viviendo no dejaban indiferentes a mis terminaciones nerviosas.

– No, Alberto, no puedo. – Y se acercó para besarme haciéndome más difícil la decisión de marcharme con lo puesto.

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Carmen, mi suerte está echada: XXVI. Escenas (1)

XXVI. 1

No quería montar una escena. No iba a hacer la maleta y esperar a Alberto sentada en el sofá con ellas a las puertas del pasillo. De todas formas, era inviable que una vez le dijera lo que iba a decirle, me quedara allí. Y habiéndoselo dicho, iba a querer salir inmediatamente de su apartamento. ¿Qué podía hacer? Miré alrededor. A toda esa sala, grande, enorme; a la terraza exterior con sus vistas espectaculares; a las paredes llenas de esos cuadros elegidos con gusto; a la estantería repleta de DVDs de películas en blanco y negro; y terminé fijándome en la lámpara. Esa lámpara me había gustado desde el primer momento que la vi, con miles de cristales difuminaba la luz de una forma peculiar y espectacular. No iba a recoger mis cosas, simplemente las ordené en mi cabeza, localicé mentalmente mis pertenencias y las coloqué en la maleta que aguadaba en el rincón de una de las habitaciones. Si había sido tan osada como para embarcarme en un barco de semejante magnitud, ahora debía ser igual de valiente para apearme de él con dignidad y responsabilidad.

Me vestí, eso sí, y cuando terminé me senté a esperar en el sofá. Quedaban unas horas para que volviera Alberto, pero yo tenía que esperarlo: no podía salir a comer, no podía ver la tele, no podía hacer otra cosa, solo podía esperar, sentarme y esperar. Cogí el teléfono y llamé a Gloria, quería que alguien más aparte de mí supiera qué iba a pasar en mi vida, no estaba de más tener una acompañante aunque fuera a kilómetros de distancia.

– Hola, Gloria.

– Hola, Carmen, ¿qué tal estás? ¿Y tu golpe?

– Bueno, mi golpe va estupendamente. Eso va estupendamente, algo de dolor de cabeza pero nada que no pueda aguantar.

– Estás rara, cariño, ya habíamos hablado del asunto, no ha sido nada contra ti.

– Lo sé, no es eso, Gloria, ya lo he entendido todo. – Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Por una vez Gloria, después de ganar una discusión, una situación o lo que sea, aunque fuera semanas más tarde, no traía consigo una ristra de palabras incesantes argumentando el porqué de su éxito.

– Qué difícil, ¿no?

– No sabes cuánto. Me siento como una mierda, Gloria, cuánto daño se puede hacer sin querer. No soporto ser yo quien lo inflige.

– ¿Dónde estás ahora?

– Sentada en el sofá, lo estoy esperando.

– ¿Y después?

– ¿Después? No lo he pensado, vuelvo a mi cuchitril, supongo. – Y esbocé una sonrisa patética.

– Es de las veces que más siento llevar razón. Lo siento, Carmen. Llámame luego.

Y las horas comenzaron a pasar como una lenta condena en la que yo me arrugaba como una uva pasa, como papel mojado o quemado.

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VI. Vacíos y llenos

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

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XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

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Carmen, mi suerte está echada: XXV. Bajas que suben el pan

Estuve unos días de baja. Alberto se iba temprano y llegaba tarde y mientras, yo hacía de ama de casa de película americana. Tirada en el sofá, con un dolor de cabeza constante y unos mareos que no me dejaban vivir aquellas minivacaciones como a mí me hubiera gustado.

Y así llegué a una conclusión: la soledad es buena y mala. La soledad te lanza a pensar como una posesa cuando no tienes otra cosa que hacer. ¿Y por qué pensar cuando ya está todo dicho o reflexionado? Porque la cabeza es el único sitio que no se puede dejar en blanco. Y eso es una locura, una trampa mortal. Ya me lo decía mi abuela: “Tienes que ser más de actuar, y una vez hecho, apechugar”. Pero no, yo actuaba, apechugaba y me ponía a pensar de nuevo acto seguido. ¡Error! Sin embargo, lo que no era un error, porque si lo hubiera sido, yo lo hubiera podido controlar y no podía hacerlo; lo que no era un error eran las sensaciones que me inundaban siempre que estaba con Alberto. Si me sentía ajena y extraña ya no se lo podía achacar al golpe, eso quedó atrás. El miedo y la inseguridad que había invadido mi cuerpo y mis actos ya habían desaparecido. Había mirado las estadísticas, un alto porcentaje de la población es víctima de alguna agresión de semejantes características en algún momento de su vida, yo no era nadie especial, no quería hacer un drama de aquello. Además, digamos que no venían a por mí, simplemente estaba en el sitio equivocado en el momento equivocado. No, no era el golpe era yo, una violencia que crecía desde mi interior y se cebaba conmigo misma. En mi mente podía visualizar la escena: yo pegándome con guantes de boxeo en plena cara, en la cabeza, manteniendo esta conversación entre dientes, susurrando para que nadie se enterara:

– ¡Despierta! ¿Es que no lo ves?

– ¿Ver el qué? – Pom, golpe en la cara.

– Que no lo estás haciendo bien. ¿No lo ves?

– ¡¿Ver el qué?! – Pom, otro golpe, esta vez en el otro lado de la cara.

– Que estás jugando, jugando con tu vida, jugando con la vida de Alberto, jugando con la vida de Pepe.

– ¿Jugar? ¿Desde cuándo querer ser madre es jugar? – Ahora había sido un gancho de izquierda el que me había sacudido. Cabe decir que la yo que estaba recibiendo la paliza no reaccionaba, se quedaba en el sitio como un saco de boxeo.

– Pues sé madre tú o vuelve con Pepe, pero Alberto, ¿qué culpa tiene él de tu irresponsabilidad?

– ¿Irresponsabilidad? Yo no… – Ahora su puñetazo en todos los morros me tiró al suelo.

Alberto era un hombre con el que cualquier mujer hubiera sido feliz, era un hombre que lo tenía todo. Todavía no había descubierto sus defectos – que los tendría –, pero seguro que podían ser tolerables… si lo amara. Esos defectos que aún no habían salido a la luz, sin embargo, podrían convertirse en una tortura para alguien como yo. Y lo solté. Para alguien como yo. Alguien como yo. Alguien que no lo amaba de verdad, que solo estaba deslumbrada, borracha de ilusión pero sedienta de tantas otras cosas. ¿Cómo había esperado que alguien por quien no me había perdido un desayuno en un hotel podía ser la persona perfecta? ¿Cómo había esperado que plantear tener un hijo de la forma en que yo lo hice podía ser correcto, como si fuera una transacción?

Y lloré, lloré de rabia porque no podía responder al amor de Alberto de la misma forma, lloré de frustración porque quería que fuera y no podía ser. Lloré porque mi cuerpo se erizaba solo al recordar las manos de Pepe sobre mis curvas pero no las de Alberto, a las que necesitaba tener encima para activarme. Lloré porque iba a hacer mucho daño y solo yo tenía la culpa de eso. Y lloré por mí porque otra vez se había partido la baraja de mi suerte.

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XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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XXIV. Adiós, Pepe, adiós

Y antes de saber qué ocurre con una Carmen atacada, con demasiado dolor de cabeza como para discernir qué es lo que le ocurre realmente, unas gotitas más de recuerdo para poner en pie lo que fue su relación con el hombre de su vida, Pepe.

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

Romper mi relación con Pepe fue más fácil de lo que yo había supuesto. No hubo dramas ni llantos, solo hubo lógica y sentido común. Los dos cara a cara planteando una situación que yo ya había previsto, pero cuyo resultado estaba siendo totalmente diferente a cómo había imaginado. Sabía que quería estar con Pepe y sabía que quería ser madre, pero ¿ambos deseos se podían hacer realidad? Quería pensar que sí y era evidente que no.

Hacía frío, no podía ser de otro modo. Suspender en amor, en amor del bueno, no puede darse con buen tiempo y temperaturas templadas. Tu piel tiene que estar erizada, tus dientes deben rechinar y tus manos temblar y todo eso achacarlo al frío, cómo no. Cecilia, después de su análisis psicológico sobre mi maternidad/no maternidad, se había marchado dejando un buen caldo de cultivo para una discusión, pero ni levantamos la voz siquiera. Pepe estaba distante, su cara tenía una expresión que jamás le había visto. Él, una persona que se tomaba la vida medio en broma, para el que no había que hacer montañas de granos de arena y que lo arreglaba todo con una carcajada, tenía ahora un rictus que asustaba. No identificaba esas cejas que se contraían y esa mirada que hacían de su cara un desconocido. Me cogí las manos en un intento vano de parar un poco su temblor, aunque ya mis oídos me avisaban de que estaba en lo alto de un precipicio.

– Creo que tenemos que hablar, ¿no te parece? – Cruzó los brazos delante de mí y yo permanecí sentada, invitándolo con la mirada a que hiciera lo mismo. No íbamos a mantener aquella conversación de pie, como deseando acabarla para salir corriendo sin mirar atrás.

– Ya sé lo que me vas a decir y tú sabes lo que te voy a decir yo.

– Aún así es importante decirlo, ¿no te parece? – Asentí resignada, tenía razón. Las palabras que más daño nos iban a hacer tenían que ser dichas.

– Quiero ser madre, Pepe, nunca te lo he ocultado. – Y ya no podía disimular que el temblor se había contagiado también a mi voz. Verdaderos esfuerzos hacía para mantenerme quieta.

– Y yo nunca te he ocultado que no quiero volver a ser padre.

– Entonces, ¿a qué hemos estado jugando?

– Creo que a pensar que no pasaba nada y a que el tiempo dispondría algo que solo nosotros podíamos disponer. – Y tenía razón. Como si el tiempo se hubiera convertido en un ente de carne y hueso, yo había confiado en él la resolución de mis problemas y no quería quitarme la venda de los ojos: el tiempo no es más que tiempo, algo abstracto.

– ¿Y así se acaba? – Ya no podía reprimir las lágrimas, mi cuerpo tenía demasiados frentes abiertos como para mantener la compostura por completo.

– ¿Tú qué crees? ¿Hay alguna otra solución?

– No. – Y ese no me dolió en el alma porque lo dije yo. Dije algo que ya sabía, con lo que había estado lidiando desde hacía meses; un no que había escondido entre las sábanas, entre las risas, en la oscuridad del teatro o en la algarabía de un restaurante lleno. Un no que estaba reivindicando su existencia y su lugar.

Aquella noche nos besamos como si fuera la última noche que nos fuéramos a besar. Y es que era la última noche que nos íbamos a besar. Todas las caricias que nos dedicamos eran caricias de despedida, ni siquiera podríamos comportarnos como “amigos con derecho a algo más”, no era prudente y no iba a ser viable una vez que yo consiguiera mi objetivo prioritario, ser madre. Qué difícil es controlar un fuego que necesita expandirse más. Ni todos los cubos de agua del mundo son suficientes para apagarlo, así que lo que Pepe y yo dejamos atrás no fueron unos simples rescoldos. Y eso era muy peligroso para el futuro sentimental de ambos.

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