Las historias de Carmen: Yo tomo Nescafé

Este no es un post patrocinado, nada más lejos de la realidad. Pero sí es un post de agradecimiento. Hace unos días me llegó la taza roja de Nescafé y se puso punto final a una experiencia que, para ser sincera, es la primera vez que me pasa.

Todo comenzó con un tuit que lancé en el que probaba el nuevo Nescafé Vitalissimo y me preguntaba si me ayudaría a sobrellevar la jornada siendo mamá de dos. Eso fue un domingo, el lunes el CM de Nescafé me respondía y un par de tuits más tarde, me decía que me enviaba una taza roja.

Bebo Nescafé desde hace años, pero he decidido que sea Carmen, la protagonista de mi relato, la que cuente gran parte de mi experiencia como si de una de sus historias se tratara porque me ha resultado más divertido. Lo dicho, el 99% de lo que aquí cuenta Carmen es verídico, el otro 1% es real. 😉


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Yo tomo Nescafé

Sí, lo confieso, yo tomo Nescafé. Tomo Nescafé desde tiempos inmemoriales, que para mí son los catorce o quince años, Dios mío, llevo más de la mitad de mi vida tomándolo. He crecido con su logo de letras cuadradas hasta llegar a este último, lleno de curvas, con el que me siento más identificada, cómo no. Comencé a tomar Nescafé cuando dejé de comer pan con las comidas, abandoné el Cola-Cao y empecé con el arroz hervido y las ensaladas en mis cenas. Fue esa época de la adolescencia en la que crees que haciendo varios cambios en tu dieta vas a poder tener algo de control sobre su cuerpo y, bueno, algún resultado dio: menos Cola-Cao fue menos chocolate y fueron menos granos en la cara (ahora dicen que el chocolate no está relacionado con el acné, déjenme que discrepe); pero menos pan y más arroz hervido en las cenas no fueron sinónimos de delgadez, ahí ya estaba escrito mi sino de mujer de armas tomar hasta en las cartucheras de mi cuerpo.

Luego, mi vida ha pasado por altibajos de tantos tipos que no sé ni cómo clasificarlos y de las pocas cosas que han permanecido imperturbables en ella ha sido Nescafé, qué remedio, durante años he trabajado en un sitio donde desayunar se veía mal y tenía que ir bien pertrechada de casa. Y yo, que soy de Nescafé en vaso de leche, lo acompañaba de una tostada de aceite a una de esas horas que no deberían existir. Ya no era una cuestión de adelgazar o de proteger mi cara de los estragos de las espinillas (debo decir que tengo un cutis fantástico), era que mis desayunos en casa tenía sabor a Nescafé y me era necesario para empezar el día. Y también guardo en el fondo de la despensa uno descafeinado, que por la noche a veces me entra la morriña de terminar el día con una cena tipo abuela: vaso de leche con tostada, pero esta vez de mantequilla. Y aunque mi abuela y mi madre son más de Eko, esas cenas también son marcas de la casa.

Tengo que reconocer que las cápsulas han entrado en mi vida y que todavía mi máquina sigue ocupando gran parte del espacio útil de la cocina de mentira que me ha tocado en suerte, sin embargo, el sabor a casa, a hogar, a tarde de lluvia refugiada en la mesa de camilla del salón me lo sigue dando solo un trago de Nescafé. Y si es en una de sus tazas rojas, mejor.

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Las historias de Carmen: Las curvas de mi realidad

Ya lo decía en el microcuento de esta semana: a veces le dibujo curvas a mi realidad para sentirme más cómoda. Y no lo digo solo por mis curvas físicas, que son muchas y a mucha honra que las llevo – aunque mi trabajo me ha costado –, sino por las curvas de mi carácter. Son esas que derrapan, que abandonan lo usual, lo normal, el camino recto para adentrarse en alguna experiencia diferente.

En ocasiones, hago rodeos. En lugar de estudiar Secretariado desde el principio, probé con lengua de signos, me encantaba, suspendía y acabé asumiendo que no, no iba a vivir de ser intérprete pero que sí, que me sé defender y es genial. En lugar de hacerle caso al peluquero, aquella vez quise ser como Felicity y le dije que metiera tijera sin miedo. Quién me iba a decir a mí que aquello me duraría lo que dura un peinado, que en cuanto tuviera que hacérmelo yo, parecería una fregona despeluchada. Nunca más. En lugar de hacer caso a mi madre y mis amigas, seguí frecuentando a Gloria y ahora ella es como una hermana para mí. Así son mis rodeos, quizá vuelva a la casilla de salida muchas veces, aunque sin duda con un equipaje más rico (y a poder ser, con alguna blusita y algún bolso de más).

El último rodeo grande, y a una edad en la que los rodeos no pueden ser ya tan extensos, ha sido venirme a Madrid para encontrarme a mí misma a la edad de casi cuarenta años. Aunque esto más que un rodeo, ha sido un viraje en toda regla. Porque nunca es tarde. Nunca.

Miércoles

 

Es Carmen!

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Las historias de Carmen: Yo, bachata

Me gusta bailar. Parece la consecuencia natural de tener curvas: moverlas es lo más lógico para saber convivir con ellas. Yo siempre he bailado en las discotecas, mi actitud se alejaba bastante de la de todas esas chicas que iban allí a ligar con su postura de ataque-no ataque que las caracterizaba, a saber, “espero con mi copa a que vengan a mí y mantengo contacto visual solo con aquellos que quiero que lo hagan”. Al llegar, me lanzaba a la pista y me daba igual lo que pincharan en ese momento e incluso al final de la noche, rayando la mañana, cuando lo único que se le ocurría al dj para echar a los últimos pesados era poner sevillanas, ahí estaba yo, dando vueltas sola.

Mi abuela siempre ha dicho que las Cármenes de mi familia han sido bailongas, digamos que puede tratarse de otra de esas características de mi estirpe junto con las curvas, el pelo rizado o el busto generoso. Cuando me veía tan resuelta ya fuera con música disco como con rock puro y duro – que a todo le ha dado una a lo largo de su vida –, me miraba, entrecerraba los ojos (con esa forma suya tan peculiar) y sentenciaba: “Esta niña lo lleva en los genes, claro, yo era un crack (¿un crack?) con el pasodoble, menudos pasodobles nos marcábamos el abuelo y yo en la feria del pueblo”.

Por eso, cuando con veintitantos me apunté a clases de bachata, a nadie le sorprendió. Quizá sí el estilo, pero no el hecho de querer aprender a bailar algo con un pelín de conocimiento. Subida a mis tacones de baile me sentía poderosa, algo así como atractiva, ya iba dándome cuenta de lo seductoras que le resultaban las curvas a muchos hombres y en esos momentos en los que la música me indicaban mis movimientos, más aún. Y conocí a Ernesto, el eterno cubano, ese con el que rompí a los seis meses por la gran complicidad que se había creado entre mi madre y él, ese con el que mantuve un ligero contacto para solventar ciertos momentos de sequía emocional. Y lo esperaba con ilusión antes de cada encuentro porque bailábamos antes de meternos en la cama. Me volvía a poner mis tacones de baile y mi ropa de competición – si me cabía, todo iba por rachas –, y los preliminares eran muy sensuales. Y no, no es que yo me presentara a ninguna competición, es que me metí tanto en el papel que necesitaba tener la ropa adecuada para ello, creo que ya me vais conociendo. En la vorágine amorosa con Pepe intenté que bailáramos, pero fue inútil, no había manera de que aquel cuerpo grande y entregado – porque otra cosa no, pero ganas le puso – diera un paso a derechas. Casi mejor, a cada cual lo suyo, y el baile siempre sería territorio de Ernesto.

Y os preguntaréis: “¿Bachata? ¿Por qué bachata?”. Pues porque los ritmos latinos me vuelven loca y como diría mi abuela, son la consecuencia inmediata del pasodoble, ahí es nada.

Por último, si os apetece, os dejo con un temita de bachata ¡que me encanta!

Es Carmen!

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Las historias de Carmen: Tentaciones de agosto

Agosto es un mes para las tentaciones. A falta de energías para hacer lo que uno debe hacer y a sobras de pereza para hacer lo que uno debe hacer, entregarse a las tentaciones es la opción más racional en este mes en el que todo cierra y lo que no, está abierto de mala gana y alicaído.

Yo siempre he procrastinado en agosto, es el mes en el que le doy al pause, todos los aspectos de mi vida quedan en stand by y me dedico a sobrevivir. Incluso cuando he tenido pareja, ha sido un mes insulso que casi no ha contado para la relación. Podría decir que el año siguiente a la muerte de Ramón fue un largo agosto de apatía, pereza y supervivencia. Siendo ambiciosa y mintiéndome hasta a mí misma, podría decir que de búsqueda, pero para qué engañarnos, ese año no busqué nada. Si acaso, si algo busqué, fue el desaparecer, pero digamos que ese tema da para otra historia, algo más larga si me lo permitís.

¿Qué me tienta en agosto? Me tientan los helados, me tienta esa dieta que me autoimpongo de “solo un helado al día” porque si por mí fuera me los comería de dos en dos o de tres en tres, que en verano (y en agosto) ni todo el helado del mundo es suficiente. Mi operación biquini, esa que nunca hago, se echa a perder en escasos treinta días en los que libero a mis curvas de mi régimen estricto de comidas.

¿Qué más? Me tienta el sofá. Me tienta saborearlo de todas las formas posibles, que ver una película al revés es muy infantil y muy atractivo (los niños siempre han sabido cómo hacer las cosas). Echada sobre una montaña de cojines, con el aire acondicionado a tope y observando a través de la ventana ese mundo paralelo que se desarrolla ahí fuera, con gente que bulle de ideas y ganas de llevarlas a cabo hasta en el mes más perezoso del año.

¿Y? Me tientan los gin-tónic. Sí, me tientan todo el año, pero en agosto se multiplica por diez la apetencia de ese brebaje lleno de hielo, limón y tónica. Y ginebra, cargadito, por favor.

¿Se me olvida algo? Me tientan las sandalias, es el mes de la sandalia plana. Yo, Carmen, la mujer en un tacón subida durante todo el año, me bajo de mis plataformas y disfruto de andar a ras de suelo durante algunas semanas. Tardo en acostumbrarme unos días, me pregunto si es necesario el esfuerzo tanto por la incomodidad como por la visión de mi figura achatada delante del espejo. Al final concluyo que sí, aunque la vuelta al tacón se hace cada año más cuesta arriba. Cada una tiene sus manías y esa es una de las mías.

¿Por último? La playa. La semana pasada decía que había tenido con ella una relación de amor-odio bastante peculiar: me gusta, pero mis curvas no me han dejado disfrutar de ella siempre que he querido. Ahora, con la edad (quién me iba a decir que yo expresara algo en esos términos: “con la edad”); pues eso, con la edad y muchos complejos superados más tarde, disfruto de la playa.

Y es que agosto es playa, son fotos de pies con el mar de fondo en Instagram, puestas de sol en el horizonte azul, sombrillas de colores y bolsos de rafia, son tobilleras compradas en mercadillos, momentos eternos de sofá, gin-tonic en la terraza de tu casa o en la de un pub, helados de postre, de merienda y de tentempié a media mañana; son blusones anchos y sandalias planas. Y son libros, sí, mucho libro. Pero ellos dan para otra historia.

Es Carmen!

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Las historias de Carmen: Eurovisión

Anoche vi Eurovisión. Estaba en casa de Gloria y creía que iba a poder obviar este evento, pero Gloria, a eso de las nueve, apareció en la puerta del salón con una bandeja: dos boles de patatas, dos copas y una botella bien fría de vino blanco de Yllera, mi perdición. No podía decirle que no.

Me sonrió y declaró: “Otro año más y este, por fin, tengo Twitter para comentar”. Siguió sonriendo y se sentó hablando algo sobre que estaba calentando el horno para meter una pizza, pero que de eso me tendría que ocupar yo porque ella estaría ocupada viendo y juzgando cada una de las 27 canciones participantes. Le faltó pasarme un listado de los nombres de los cantantes y un bolígrafo para que fuera apuntando mis impresiones.

– ¿Y Roberto? – Era verdad, no había caído que en aquella casa había demasiado silencio, ni rastro del bebé de un año que debería estar correteando por los pasillos y poniendo de los nervios a su madre, Gloria, a su padre y a su tía posiblemente embarazada, o sea yo.

– ¿Has tenido más de media hora para hacerme esa pregunta y me la planteas ahora? – Gloria hablaba sin despegar los ojos de la televisión.

– Ajá. – Yo bebía con énfasis de mi copa, puede que la última antes de saber con certeza si realmente mis curvas se iban a desmadrar como nunca.

– Roberto se ha llevado al niño a casa de mi su… ejem, de su madre.

– Tu suegra, Gloria, dilo de una vez.

– No es momento para concretar parentescos, ¿no crees? Bueno, que se lo ha llevado porque sabe mi debilidad por ver Eurovisión. Y con eso también su madre afloja un poco.

– No está contenta contigo, ¿verdad?

– ¿Lo estuvo alguna vez? – Esta vez sí que me miró y se metió una patata en la boca, esbozando una sonrisa pérfida. Cuando cerró la boca, la patata crujió sin piedad.

Yo estaba pasando el fin de semana en casa de Gloria porque en mi casa, mi habitación había sido desmantelada desde el minuto uno en que puse un pie fuera de ella hacía ya algunos años. Mi madre y mi abuela me insistieron para que estrenara el maravilloso y flamante sofá cama – a imagen y semejanza del que yo había puesto en mi apartamento madrileño, “porque aquí también tenemos Ikea, no tenemos que irnos al centro del país para comprar uno de estos” –, pero yo no iba a renunciar a un confortable colchón en el piso de Gloria por un sofá cuyos muelles ya sabía muy bien cómo funcionaban.

– Edurne no me gusta. – Gloria hablaba como si yo estuviese al tanto de los pormenores del concurso.

– ¿Por qué? Pobre chica, le ha puesto mucha intención.

– Bah, dicen que ha tenido muy buenas sensaciones en los ensayos, pero yo eso del cambio de vestido no lo veo, a ver cómo le sale. ¡Y la canción!

– ¿Qué pasa con la canción?

– Que es mala hasta decir basta. – Y bebió un sorbo de vino, se echó para atrás y añadió: – Demasiado flojo, no sé cómo te puede gustar esto.

– Quizá es precisamente por eso. Las canciones de Eurovisión nunca han sido obras de arte.

-Tienes razón. ¿Y sabes que han invitado a Australia?

– ¿Y qué tiene Australia de “euro”?

– ¡Eso digo yo! Los tuits están siendo geniales. – Y Gloria dividía su atención entre la televisión y su iPad, donde de vez en cuando lanzaba algún tuit mordaz muy a su estilo. Yo también me había incorporado a Twitter hacía poco y estaba todavía como en una luna de miel, intentando conocer a mi pareja.

– Gloria, voy a meter la pizza en el horno. – En una postura entre despreocupada y alerta, si es que existía algún punto medio entre ambas, alzó su mano e hizo un gesto como de borrar todo aquello que la distrajera, es decir, me borró a mí.

– Ok. – Me fui con la copa y la botella de vino a la cocina donde me preguntaría si no podría haber elegido otro fin de semana para visitar a la familia y a los amigos.

Sin embargo, en breve, hasta yo me sentí atraída por la inevitable gravedad que los fanes de Eurovisión desprendían, me lancé a comentar en Twitter y me declaré seguidora de la participante de Georgia, aunque para mi vergüenza tuve que buscar su ubicación en el mapa. La pizza carbonara de Mercadona se puso fría mientras charlaba con Gloria sobre los saltos de los de Israel y los luminosos representantes de Reino Unido y nos sentimos absolutamente indignadas cuando Hungría quedó por delante de Edurne, que había mantenido el tipo y el equilibrio como nadie encaramada a aquel bailarín, algo que yo nunca podría hacer de ninguna de las maneras. Solo por eso, tendría que haber terminado en el top ten, se ve que las quinielas eurovisivas pueden equivocarse tanto como las electorales en tiempos de campaña.

Es Carmen!

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¿Quién es quién en Carmen!?

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Ya son tres las semanas que la historia de Carmen! se encuentra en standby, un compás de espera que quizá se os esté haciendo algo largo, pero que a mí me está sirviendo de mucho porque la tercera temporada va bastante bien (aunque podría ir mejor, todo hay que decirlo). Incluso tengo una lectora asistente, mi queridísima Vanesa de Mis Labores y Punto, que está haciendo de conejillo de indias para que me asesore en su desarrollo. Como veis parece que hasta he profesionalizado el asunto. Y es que las visitas a La Suerte de Carmen han aumentado, quizá sea por el artículo que salió publicado el domingo pasado en Diario de Sevilla y que podéis leer pinchando aquí o quizá sea porque la historia por fin está despegando más de lo que lo había hecho antes. Sea cual sea la razón, esto me insufla más aire para continuar con esta historia que, repito, me ha dado tanto en este último año y medio.

Y sin más demora, vamos a lo que nos ocupa… ¿Quién es quién en Carmen!?Lee Carmen!

Si Carmen! comenzó como un relato solista, en el que había una protagonista absoluta, ahora tenemos delante una historia bien diferente: el argumento sigue girando alrededor de nuestra Carmen, como no podía ser de otro modo, pero todo un elenco de personajes se han sumado a él enriqueciéndolo y mereciéndose en ocasiones capítulos individualizados que solucionasen alguna controversia en su vida. Y no sabéis cuánto disfruto con ello.

Gloria

Sin duda, Gloria es la que mayor juego nos ha dado a todos. Gloria es esa amiga desinhibida y díscola que todas tenemos, admiramos y que nunca emulamos por miedo. Carmen y ella se conocen desde pequeñas y guardan una relación directa en la que no se andan con rodeos, comprendiéndose en sus defectos y en sus virtudes. Firme defensora de Carmen, no duda en defenderla a capa y espada cuando la ocasión lo merece o en lanzarla a los leones, una de cal y otra de arena. Su momento álgido le llegó cuando se quedó embarazada, quién lo iba a decir de una chica como ella, que pensaba ser soltera y no madre en la vida para siempre. En la tercera temporada sabremos algo más de esta nueva faceta suya.

Pepe el tren

No quiero desvelar mucho con este post, pero es inevitable que haya spoilers para aquellos que se acerquen por primera vez a La Suerte de Carmen. Pepe es ese hombre que ayudará a Carmen a salir del pozo en el que anda metida desde que murió hace un año su pareja, Ramón. Un HOMBRE en mayúsculas, un hombre que le devolverá las ganas de vivir y la ilusión por los pequeños y grandes momentos que quedaron sepultados por kilos y kilos de tristeza. De nuevo nos encontramos ante una persona directa, sin reveses, franca… y de la que es muy fácil enamorarse. Sin embargo, no todo será tan fácil ni tan idílico porque la vida nunca, NUNCA, es tan fácil ni tan idílica.

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Las Toñis, madre e hija, se han ganado un pequeño hueco en nuestro corazón. Ellas tendrán su momento en la tercera temporada, desde luego, porque han ayudado con su jovialidad y su forma sencilla de ver la vida a que Carmen comprenda que no todo es drama, lo vea ella o no. Toñi madre es decidida, resolutiva, metomentodo, curiosa y cotilla, pero amorosa, generosa y voluntariosa. Toñi hija es más apocada, ahogada por sus circunstancias, circunstancias que comienza a cambiar con la llegada de Carmen. Porque ese verano en el pueblo no solo Carmen se caerá de su guindo.

Escuchando a Eleoora

Eleonora, el gran descubrimiento de Carmen en el pueblo, la mujer cuyo ejemplo y visión vital le han calado más hondo. La historia de Eleonora es una historia larga, en la que vence el amor aunque tarde en hacerlo. Una historia que mejor que leas por ti mismo aquí: Carmen, buscando mi suerte: II. Eleonora.

El wasa de mamá

Y la madre y la abuela de Carmen. Dos mujeres de armas tomar, el futuro más inmediato y el más lejano de nuestra protagonista. La relación con ambas será fuente de sonrisas pero también de verdades como puños. Quieren a Carmen y no dudan en decirle cuatro cosas cuando es necesario, que es bastante a menudo. ¿Su ilusión? Tener a una Carmencita rondando por casa lo antes posible, ¿lo lograrán?

Y está su padre, su hermana, la hija de Pepe y su exmujer, el amor de Eleonora y el marido de Toñi hija… pero estos son a groso modo los acompañantes de Carmen a la hora de buscar su suerte. En la tercera temporada seguro que se suman unos cuantos más, ¿te lo vas a perder?

Y una vez que sepas quién es quién,tienes mucho que leer para ponerte al día con este relato por entregas antes de que comience la tercera temporada.

Pincha sobre las imágenes para ir a la primera y segunda temporada.

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La Carmen que llevas dentro

Escribiendo, leyendo y releyendo Carmen! me he dado cuenta de una cosa: todas llevamos una Carmen dentro.

Porque Carmen tiene muchas cosas y seguro que con algunas de ellas es fácil sentirse identificada. Quizá yo, que la escribo, tenga más cosas en común con ella que otra persona, por aquello de que extrapolo ciertas características que supongo mías a su forma de ser y parecer, pero ¿quién no se ha sentido alguna vez tan agobiada que ha ansiado poner tierra de por medio durante unos meses? Irse a un pueblo a respirar aire fresco, tomar el sol y olvidarse de la realidad. ¿Quién no ha querido dar el paso de empezar de nuevo en otro sitio, en Madrid por ejemplo? ¿Quién no tiene que mantener a raya sus curvas? ¿Quién no ha sentido la llamada de la naturaleza y de repente, un día, necesita ser madre? ¿Quién no tiene conflictos con su madre, con su abuela?

Seguro que coincides con una de estas, ¿cuál sería tu Carmen?

Curvas

Carmen, esa mujer de armas tomar, de curvas vertiginosas, que celebró la apertura de Violeta – la nueva tienda de Mango – más que ninguna de sus amigas. Carmen lleva tacones hasta para andar por casa porque sabe que le favorecen. Carmen tiene un particular punto de vista sobre la vida y se enfrenta a ella cada segundo con un poco de locura y un mucho de ironía.

Tres Cármenes

Carmen pertenece a una larga estirpe de Cármenes, una tradición que al principio le agobiaba y ahora la hace sentir orgullosa. No solo comparte nombre con su madre, su abuela y quién sabe cuántas mujeres más de su familia, sino que comparte su cuerpo y su carácter.

Amor grande

Serenidad y desenfreno en la espalda de Pepe

 

Pero Carmen no se enamora de chicos malotes, eso lo deja para las novelas de amor que ella a veces lee, pero que nunca confesaría que hace, no sabemos por qué, supongo que lo iremos descubriendo. Ella ha dejado atrás esa época del tonteo, del tira y afloja, de los cuentos ideales, aunque a decir verdad nunca ha sabido lidiar con ese tipo de historias. Ella se enamora de HOMBRES, hombres que van al grano, que tienen muy claro lo que quieren, que tienen una risa franca y unas manos capaces de aunar seguridad y pasión con solo una pasada. Carmen se enamora de Pepe.

ConfusiónCarmen ha vivido mucho tiempo confundida, demasiado, pero ahora ha renacido. Vuelve a ser ella o como le gusta decir: una versión mejorada de sí misma. “Con casi 40 años, no me reconozco pero me gusto”. La Carmen que veremos en la tercera temporada, “Carmen, mi suerte está echada”, será muy diferente de la que hemos visto en las dos primeras. Hasta el tono de la narración será otro.

Antes de buscar a tu Carmen interior, descúbrela aquí: ¿Qué es La Suerte de Carmen?

Y una vez que sepas quién es, qué es, tienes mucho que leer para ponerte al día con este relato por entregas antes de que comience la tercera temporada.

Pincha sobre las imágenes para ir a la primera y segunda temporada.

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