XXIX. Ay, madre del amor hermoso (O Carmen, vaya suerte la mía)

Qué calor hacía en Madrid en pleno agosto. Mi escapada solitaria al hotel de lujo me costó quedarme allí todo el verano. Estaba deseando volver al pueblo – quién me iba a decir a mí que pensaría algo semejante – y reunirme con Pepe y su mes de vacaciones. También me reuniría con Ceci, mi extraña hijastra, y su lánguida madre, cada vez adoro más mis curvas. Por otro lado, vería a mis Toñis, a Eleonora y a Gloria, que estaba pasando unos días con Roberto Junior en mi casa. Yo no, yo iría directamente al floreado hogar de Pepe e intentaría que esa convivencia no se convirtiera en una pequeña guerra civil. De todas formas, ya lucharía esa batalla cuando llegara el momento, desde luego este no lo era, estaba metida en una espera muchísimo más importante.

Unos minutos pueden cundir como segundos o como horas, según el contexto en el que te encuentres. Unos minutos pueden convertirse en toda una tortura, esa a la que me estaban sometiendo. Hubiera preferido que me quitaran las uñas de los pies antes que sufrir lo que estaba sufriendo yo en esos momentos. Mientras esperaba, intentaba llenar mi vacío haciendo otras cosas: terminar la maleta – ya no sabía qué más echar –, comprobar por enésima vez que el gas y el agua estaban cortados, contar el dinero y volverlo a guardar al fondo del neceser – que en el pueblo eso de que el cajero tenga dinero disponible no es muy común –. ¿Ya? No, aún no. También terminé de fregar mi taza de Nescafé y la cucharilla, que descansaban en el fregadero tras mi desayuno de campeona hacía quince minutos. ¿Ya? No, todavía no. Me revisé a mí misma: gafas en la cabeza, pendientes cómodos – mis aretes de toda la vida, perfectos para viajar –, pulsera Pandora – que hay que ir chic aunque te montes en un autobús –, billete de cinco euros en el bolsillo pequeño de la falda vaquera – que siempre puede haber un imprevisto y cinco euros no es mucho pero menos es nada –, y mis esparto. Perfecta. ¿Ya? Sí, han pasado los minutos prudenciales.

Fui al baño como quien va a una habitación oscura donde sabes que hay un fantasma, con una mezcla de tensión, miedo y curiosidad, sensaciones que juntas hacían una mezcla tan explosiva para mi equilibrio personal que el corazón se me salía literalmente por la boca. Encendí la luz como si lo que fuera a ver allí se tratase de un escenario de CSI y nada más lejos de la realidad, lo que yo iba ver allí era una prueba de embarazo que descansaba esperándome sobre el lavabo.

Tenía dos faltas. A la primera no le presté mucha atención. Aunque mi cuerpo no ha sido muy dado a somatizar saltándose menstruaciones los acontecimientos externos, tenía que reconocer que una agresión, una ruptura y una reanudación podían afectar a cualquiera. Sin embargo, con la segunda falta ya no podía obviar mi situación. Pero no había ningún síntoma más: ni fatigas, ni ascos, ni un sentido del olfato superdesarrollado, nada que me pudiera hacer deducir que a mí me pasaba algo más. Por eso no le dije nada a nadie de mi trámite matutino. Por eso le tendría que decir ahora a todos así de sopetón que la prueba de embarazo que acababa de hacerme había dado positivo, arrojando una escenario muchísimo más confuso y complicado: ¿a quién debía avisar primero, a Alberto o a Pepe?


¡Ay, madre del amor hermoso! Carmen, mi suerte está echada ha llegado a su fin y yo aún no me lo puedo creer. Ha sido un viaje largo y emocionante y hoy se mezclan la pena y la emoción.

Cuando comencé esta historia hace ya más de tres años, no imaginé ni por un momento que fuera a durar tanto, que Carmen sería ilustrada (Rachel’s Puzzle Things, nunca te lo agradeceré lo suficiente), que hubiera gente siguiéndola semana a semana; que me llegaran opiniones y comentarios vía Internet, Facebook y de viva voz… Carmen! me ha dado mucho. Ahora solo queda esperar una cuarta temporada: la habrá, pero no sé cuándo; de hecho, ni yo sé quién será el padre de ¿la pequeña Carmencita? También tengo proyectada Carmen, sobreviviendo a mi suerte, ese año que Carmen pasó tras su desgraciado evento vital… En fin, todo son proyectos y poco es el tiempo. Solo espero que sigáis ahí cuando vuelva.

¡Gracias!

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

XXVIII. No es una noche cualquiera

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XXVIII. No es una noche cualquiera

XXVIII. No es una noche cualquiera

He decidido no quitarme los zapatos en toda la noche. Espero sentada en la cama vestida, calzada y maquillada porque lo que espero se merece mis mejores galas. Aunque los ojos ya se me caen de sueño, me quito las lagañas con golpes en los ojos, cuidadosos golpes que no me corran el rímel. El móvil está a mi lado, me canso de mirar el WhatsApp, no vaya a ser que al aparato se le olvide que tiene que avisarme con la llegada de un nuevo mensaje. Me canso de mirar que tengo cobertura, me canso de comprobar que solo hace tres minutos que he mirado el móvil. Así hasta que me despierto a eso de las seis de la mañana. Sola.

Siempre he pensado que eso de quedarse dormida sin querer y sin darse cuenta son tontunas,
¿cómo es posible que no te percates de que te vas a dormir? Hoy compruebo que es totalmente cierto. Cuando abro los ojos y una incipiente claridad entra por la ventana ya sé que han pasado algo más de tres minutos. Doy un rodeo con mi mirada y en la oscuridad de la habitación no noto nada. Nunca he pasado sola una noche en un hotel y me duele en el alma que haya sido precisamente esa la que haya estrenado tan desconcertante experiencia. También me duele en el bolsillo, vaya dinero malgastado. Echo mano del móvil y ni rastro de mensajes de ningún tipo, ¿desde cuándo un Smartphone se queda mudo durante tanto tiempo? Ni una notificación en la barra superior, triste no, lo siguiente. Ahora bien, que son las seis y cuarto de la mañana lo pone bien grande, sin necesidad de desbloquearlo. Me levanto y voy al baño para asearme y quitarme el vestido. Los zapatos cayeron de mis pies en algún momento de la madrugada. Mi cara ya no tiene el esplendor que tenía hace unas horas, la ampolla lifting que me he puesto, en cualquier caso, sigue haciendo algún efecto y no tengo ni tantas ojeras ni tan mal aspecto después de todo.

Ha sido automático, me he duchado. Me he duchado por varias razones. Es verano y, aunque todavía en junio, el calor se ha apoderado del ambiente de un modo avasallador. Tras la tensión de la noche anterior, mi cuerpo ha expulsado ingentes cantidades de sudor y me siento pegajosa (igual adjetivo le puedo regalar a mi estado mental). Necesito una ducha, punto, así también hago tiempo hasta las siete, hora en que empiezan a servir el desayuno, después de lo que me ha costado la habitación como para no aprovecharlo, seguro que tienen mermelada de fresa de la mejor calidad. Con una falda vaquera – que mi depilado tengo que lucirlo – y una camiseta negra, salgo con el pelo mojado y encaramada a mis esparto. Me siento pequeña, no puedo evitarlo, eso es lo único que puedo dilucidar en ese momento. Más adelante podré dar rienda suelta a mi dramatismo y sentirme humillada, abandonada y todo eso, pero ahora con la pequeñez me basta.

Qué bonito es un hotel a esas horas de la mañana, sueño con un salón de buffet vacío de gente y lleno de todo: vasos para el zumo, tazas para el café, panes recién hechos y aún calientes para las tostadas, cruasanes, ya puedo oler el aroma a panadería. Pero no soy la primera, no, los hay más madrugadores. De espaldas a la puerta un hombre se toma una taza de café. De espaldas a la puerta, esa espalda, un momento, es una espalda que yo reconocería en cualquier sitio, incluso en un bosque de espaldas.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

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Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (y 4)

XXVII.4

– ¿Estás bien? No te he llamado, lo sé, pero la cara de Alberto en el hospital me quitó las ganas. – Ahora estamos en el callejón de atrás. Su olor a cocina y a hombre me tiene sugestionada por completo, ¿qué es lo que me había dicho?

– ¿Cómo?

– He dicho que no te he llamado porque no creo que a Alberto le cayera muy bien que me pusiera en contacto contigo. – Obvio que yo soy persona aparte de Alberto; como no sigo con él, no le doy importancia.

– Bueno, ya no estoy con él, así que no tiene ya importancia. – Su cara es un revoltijo de emociones, es lo que tiene ser tan transparente. Puedo identificar sorpresa, alegría, confusión. La sorpresa es evidente, claro, lo he dejado y hace unos días estaba con él; la alegría de verme libre, sé que me quería y que me quiere, no tiene que haber sido fácil saber que estaba con otro, con todo lo que eso conlleva; confusión: ¿qué hago allí?

– Vaya, es toda una sorpresa. ¿Qué ha pasado? Bueno, en fin, no es que deba importarme. – Se pone nervioso, me encanta cuando se pone nervioso, no es muy común en él.

– Lo he dejado yo, es absurdo estar con un hombre cuando quieres a otro, ¿no? – Y no creo que hagan falta muchas palabras más, pero por si acaso, continúo. – Por eso estoy aquí. Te quiero, Pepe. Lo he intentado, he intentado hacer mi vida por otro lado, con mis prioridades y mis sueños, pero si tú no estás en ellos tienen poco sentido. He venido a por ti. – Y me siento poderosa después de soltar semejante declaración de amor. En décimas de segundo, se abren ante mí las dos opciones que observo para esta situación: una, que me diga que sí, que todo sea como en las películas, me dé un beso de tornillo que me deje loca y nos vayamos en ese preciso instante – dejando a toda su clientela colgada – para celebrar el amor por encima de todas las cosas (sonrío al pensar eso de “por encima de todas las cosas”); y dos, que me diga que no, que me quiere, pero que lo de ser padre sigue siendo incompatible y, aún cuando yo haya renunciado a ello por él, él no puede hacerme tal mezquindad. Sin embargo, se sale por la tangente.

– Carmen…

– Pepe, te necesitan en cocina. – Un chico menudo y con ojos saltones se asoma por la puerta. Sus ojos efectivamente saltan para echar un vistazo rápido a la situación antes de meterse de nuevo dentro.

– Carmen…

– Vale, te necesitan en cocina. Yo debería haber previsto que este no iba a ser un buen momento. Toma. – Y le doy una nota con el nombre de un hotel y una habitación.

– ¿Qué es esto?

– Voy a estar ahí toda la noche. – Le doy un beso en la comisura de los labios, solo su roce me produce una descarga eléctrica que casi se me ponen los rizos de punta y se me alisa el pelo. Madre mía, he puesto toda la carne en el asador y esa descarga me ha confirmado que he hecho lo correcto. Me alejo con mi banda sonora acompañándome, un taconeo incesante y atractivo – lo sé, es un repiqueteo atractivo el que producen estos zapatos –, que deja en el aire la promesa de lo que puede pasar después. Acto seguido escucho un portazo. Pepe ha entrado de nuevo en su cocina.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

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IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

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VI. Vacíos y llenos

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VIII. El proyecto Carmencita

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XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

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XXII. La cocina

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Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

XXVII.3

La gafapasta viene detrás de mí con asombrosa agilidad, debe de ser la edad, mientras me increpa e intenta retenerme cogiéndome por el brazo. Yo me deshago de ella con una facilidad sorprendente, quizá la facilidad que te da el no tener vergüenza y no temer perder los papeles delante de toda esa gente desconocida que ocupa absolutamente todas las mesas del restaurante y que ahora clava sus ojos en nosotras dos, con un evidente interés por saber qué ocurre. “Ya le he dicho que sé dónde está la cocina, no hace falta que me indique el camino”, le repito con fingida amabilidad a mi perseguidora. Pobre chica, en realidad me da pena, no puedo evitarlo. Me pongo en su piel y lo que está ocurriendo es realmente un papelón difícil de gestionar. Pero me pongo de nuevo en la mía y estoy haciendo justo lo que tengo que hacer.

Llego a la puerta de la cocina, en realidad desde la cocina ya son muchos los que nos observan extasiados por esa escena tan fuera de lo común. Y es que esa cocina donde viví uno de los momentos eróticos más impactantes de mi vida sin que hubiera sexo de por medio tiene un enorme ventanal, muy a la moda últimamente, para que los clientes puedan ver en directo cómo se cuecen sus platos, nunca mejor dicho. Entro de un empujón en sus puertas y me planto allí en medio como quien termina de correr una maratón, exhausta por la tensión de lo que quiero hacer y por la tensión de llevar una mosca cojonera detrás durante todo mi trayecto. Con lo fácil que hubiera sido que llamara a Pepe y que nos hubiéramos encontrado fuera, así, cinco minutitos, yo lo esperaría luego en el hotel y asunto arreglado. Aunque, para ser sincera, esto es mucho más espectacular. Espectacular para todos: para Pepe, para mí, para la gafapasta y para los clientes del restaurante. Antes de que mi acosadora se me lleve, no creo que pueda aguantar mucho más esa careta de mujer todoterreno, busco con ansiedad hasta que localizo una espalda que para mí no tiene pérdida. Esa espalda lo identifica de tal forma que hasta en un bosque lleno de espaldas podría saber cuál es. Esa espalda es Pepe que se vuelve tranquilo sin levantar la vista de lo que está haciendo en la mesa de cocina – temo por sus dedos durante un nanosegundo hasta que caigo en la cuenta de que, en su estatus de chef, lo que menos hace es cortar cebollas y tomates –.

– ¡Carmen! – Y miro a mi chica, que me flanquea y ya me tiene retenida por ambos brazos farfullando algo sobre llamar a la Policía.

– Pepe, ¿puedo hablar contigo un momento? – La voz no me ha salido todo lo segura que a mí me hubiera gustado, pero llegados a estas alturas ya no soy tan exigente.

– Rebeca, no te preocupes, déjala. – ¿Rebeca? ¿Por qué? Qué calor me ha entrado de repente.

– Pero, Jose, – sin acento en la “E” – estamos en mitad de la cena.

– Ya, pero creo que por aquí pueden arreglárselas sin mí unos minutos, ¿verdad? – Y mira alrededor secándose las manos con un trapo de cocina de esos que solo ves en la tele. Tú, en casa, solo tienes los de rizo de toda la vida.

Un murmullo general de asentimiento puebla la cocina y es la señal para que todo vuelva a fluir. Cada uno se vuelve a enfrascar en su tarea y nos dejan solos a Pepe y a mí en medio de un montón de gente. Rebeca, después de mirarme con odio, un odio absoluto, un odio que se puede palpar, se va sonriéndole angelicalmente a Pepe. Creo que me he ganado su enemistad perpetua.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

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Carmen, mi suerte está echada: XXVI. Escenas (y 3)

XXVI.3

Tumbada en mi colchón gigante, más gigante aún ahora que lo estaba usando yo sola, hacía un repaso rápido a lo que habían sido mis últimos meses: había pasado de estar con el hombre de mi vida, Pepe, a mantener una relación de unas semanas y con uno de los compromisos más grandes que he tenido (y creo que se puedan tener de forma general en la vida) con otro hombre que podría ser el hombre de su vida de cualquier mujer menos el mío. Mientras tanto, había dado el salto a vivir sola en un miniapartamento, había ascendido en mi trabajo y había afianzado mi confianza en mí misma. Todo esto podría ser tan positivo si se leyera en el viaje vital de una veinteañera que daba miedo la urgencia con la que lo leía en mí, una mujer de casi cuarenta.

Mientras pasaba de un pensamiento a otro, de fondo estaban Pepe y ser madre, ser madre y Pepe. La cabeza me iba a estallar.  Acabé por quitarme el pantalón, por si haciéndolo podía mejorar mi estado físico. Me quedé en bragas y solo conseguí sentir algo de comodidad y libertad porque el calor empezaba a apretar incluso de noche.

Salí de casa de Alberto con vergüenza, la que me hacía pasar mi sentido de culpabilidad en máximos en aquellos momentos, pero bueno, siempre he pensado que si estás equivocado, lo mejor es aceptarlo, asumirlo y darlo a conocer lo antes posible, aunque parezca tarde. Vivir en el error cuando ya se conoce es algo irresponsable. Responsabilidad, mi palabra fetiche en aquella ruptura. “Responsabilidad”, le dije a Alberto cuando cerré la puerta de su piso y no sabía si quiera si iba a volver a la productora. ¿Acaso podía seguir todo igual? ¿Acaso podía aspirar a continuar trabajando junto a aquel hombre con el que había llegado a hacer planes de futuro tan inmensos como tener hijos? Tenía por delante algunos días más de baja, podía esperar un poco. ¿Podían hacerlo mis otras premuras? Tenía que decidirlo y esta vez nada de “pensar, hacer, apechugar y volver a pensar”. Ahora sería: “pensar, hacer y apechugar”.

Es difícil encontrar el camino en la vida. La suerte no es algo que se decida de forma fortuita, normalmente para seguir una senda, se dejan atrás otras que seguramente te hubieran traído bastantes alegrías. Todo es pesar en esa balanza imaginaria lo que se quiere ahora y lo que crees querrás en un futuro. Ser madre había sido un deseo que había nacido en lo más recóndito de mi ser, de un modo bastante animal. Nunca había imaginado que me pasara algo así. Y por otro lado, Pepe era esa persona con la que quería estar el resto de mi vida, ya fueran dos meses o veinte años. ¿Que cómo sabía esto último? El amor es así de contundente. Cualquiera de las dos opciones sería buena para mí y decidir entre ellas era decidir desde el egoísmo, ¿qué era lo que deseaba más? Con ambas posibilidades satisfacía un deseo. Una de ellas podía no surtir efecto, ¿y la otra? Igual tampoco.

Cuando el rayo del sol me despertó taladrando mi ojo derecho, ya sabía lo que iba a hacer. Envié un WhatsApp a Gloria y le dije que me enviara por correo urgente sus stilettos de suela roja, reservé en uno de los mejores hoteles de Madrid (me quedaría sin vacaciones gracias a esto, pero la recompensa podía ser mucho mayor. Y mejor.) y llamé a Alberto para decirle que iría a recoger mis cosas esa misma mañana, dejándole luego las llaves al portero. Volvía a tener los mandos de mi vida y por mí que no quedara.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

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VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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XXVI. Escenas

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Carmen, la suerte está echada: XXVI. Escenas (2)

XXVI.2

Cuando escuché las llaves en la cerradura, la adrenalina se me disparó. En lugar de levantarme e ir a su encuentro, me quedé en el sofá como si una enorme piedra me impidiera hacerlo; comencé a respirar entrecortado y las manos me temblaban, dos situaciones muy parecidas en demasiado poco tiempo, eso no lo aguanta ni el mejor de los cuerpos.

– Hola, cariño. – “Cariño”, Alberto sabía que no me gustaba mucho que me llamaran así. Se lo permitía a Gloria solo porque hacía años que la conocía… Quizá esa fuera otra señal, ¿aguantaría si Pepe me dijera “cariño”? Probablemente. Mierda.

– Hola, Alberto. – Y entonces sí me levanté. Sentí como si toda mi sangre acudiera a mi cabeza para ayudarla y que no me hiciera caer. Me estiré los vaqueros y, enfundada en mis sandalias de esparto con cuña para estar un poco más a la altura de mi interlocutor, lo miré de frente. Él no dijo nada obvio ni se preocupó probando razones diferentes a las que había. Dejó las llaves en la mesa, se acercó a mí y me abrazó. Lo noté aspirar con su nariz pegada a mis rizos y sus manos, esas manos grandes y firmes, recorrieron mi espalda. Yo respondí al abrazo con la mayor sinceridad de la que pude hacer acopio.

– Te vas.

– Me voy. Creo que sobra decir que no es justo ni para ti ni para mí, no es justo para ninguno de los dos.

– No te voy a pedir que te quedes.

– Te lo agradezco.

– Pero sí te voy a pedir que pases esta noche conmigo. – Me moría por decirle que sí, sus manos en mi espalda más que arder, quemaban, y la intimidad que da una circunstancia como la que estábamos viviendo no dejaban indiferentes a mis terminaciones nerviosas.

– No, Alberto, no puedo. – Y se acercó para besarme haciéndome más difícil la decisión de marcharme con lo puesto.

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

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XXVI. Escenas

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Carmen, mi suerte está echada: XXVI. Escenas (1)

XXVI. 1

No quería montar una escena. No iba a hacer la maleta y esperar a Alberto sentada en el sofá con ellas a las puertas del pasillo. De todas formas, era inviable que una vez le dijera lo que iba a decirle, me quedara allí. Y habiéndoselo dicho, iba a querer salir inmediatamente de su apartamento. ¿Qué podía hacer? Miré alrededor. A toda esa sala, grande, enorme; a la terraza exterior con sus vistas espectaculares; a las paredes llenas de esos cuadros elegidos con gusto; a la estantería repleta de DVDs de películas en blanco y negro; y terminé fijándome en la lámpara. Esa lámpara me había gustado desde el primer momento que la vi, con miles de cristales difuminaba la luz de una forma peculiar y espectacular. No iba a recoger mis cosas, simplemente las ordené en mi cabeza, localicé mentalmente mis pertenencias y las coloqué en la maleta que aguadaba en el rincón de una de las habitaciones. Si había sido tan osada como para embarcarme en un barco de semejante magnitud, ahora debía ser igual de valiente para apearme de él con dignidad y responsabilidad.

Me vestí, eso sí, y cuando terminé me senté a esperar en el sofá. Quedaban unas horas para que volviera Alberto, pero yo tenía que esperarlo: no podía salir a comer, no podía ver la tele, no podía hacer otra cosa, solo podía esperar, sentarme y esperar. Cogí el teléfono y llamé a Gloria, quería que alguien más aparte de mí supiera qué iba a pasar en mi vida, no estaba de más tener una acompañante aunque fuera a kilómetros de distancia.

– Hola, Gloria.

– Hola, Carmen, ¿qué tal estás? ¿Y tu golpe?

– Bueno, mi golpe va estupendamente. Eso va estupendamente, algo de dolor de cabeza pero nada que no pueda aguantar.

– Estás rara, cariño, ya habíamos hablado del asunto, no ha sido nada contra ti.

– Lo sé, no es eso, Gloria, ya lo he entendido todo. – Hubo un silencio al otro lado del teléfono. Por una vez Gloria, después de ganar una discusión, una situación o lo que sea, aunque fuera semanas más tarde, no traía consigo una ristra de palabras incesantes argumentando el porqué de su éxito.

– Qué difícil, ¿no?

– No sabes cuánto. Me siento como una mierda, Gloria, cuánto daño se puede hacer sin querer. No soporto ser yo quien lo inflige.

– ¿Dónde estás ahora?

– Sentada en el sofá, lo estoy esperando.

– ¿Y después?

– ¿Después? No lo he pensado, vuelvo a mi cuchitril, supongo. – Y esbocé una sonrisa patética.

– Es de las veces que más siento llevar razón. Lo siento, Carmen. Llámame luego.

Y las horas comenzaron a pasar como una lenta condena en la que yo me arrugaba como una uva pasa, como papel mojado o quemado.

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Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

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