Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (3)

XXVII.3

La gafapasta viene detrás de mí con asombrosa agilidad, debe de ser la edad, mientras me increpa e intenta retenerme cogiéndome por el brazo. Yo me deshago de ella con una facilidad sorprendente, quizá la facilidad que te da el no tener vergüenza y no temer perder los papeles delante de toda esa gente desconocida que ocupa absolutamente todas las mesas del restaurante y que ahora clava sus ojos en nosotras dos, con un evidente interés por saber qué ocurre. “Ya le he dicho que sé dónde está la cocina, no hace falta que me indique el camino”, le repito con fingida amabilidad a mi perseguidora. Pobre chica, en realidad me da pena, no puedo evitarlo. Me pongo en su piel y lo que está ocurriendo es realmente un papelón difícil de gestionar. Pero me pongo de nuevo en la mía y estoy haciendo justo lo que tengo que hacer.

Llego a la puerta de la cocina, en realidad desde la cocina ya son muchos los que nos observan extasiados por esa escena tan fuera de lo común. Y es que esa cocina donde viví uno de los momentos eróticos más impactantes de mi vida sin que hubiera sexo de por medio tiene un enorme ventanal, muy a la moda últimamente, para que los clientes puedan ver en directo cómo se cuecen sus platos, nunca mejor dicho. Entro de un empujón en sus puertas y me planto allí en medio como quien termina de correr una maratón, exhausta por la tensión de lo que quiero hacer y por la tensión de llevar una mosca cojonera detrás durante todo mi trayecto. Con lo fácil que hubiera sido que llamara a Pepe y que nos hubiéramos encontrado fuera, así, cinco minutitos, yo lo esperaría luego en el hotel y asunto arreglado. Aunque, para ser sincera, esto es mucho más espectacular. Espectacular para todos: para Pepe, para mí, para la gafapasta y para los clientes del restaurante. Antes de que mi acosadora se me lleve, no creo que pueda aguantar mucho más esa careta de mujer todoterreno, busco con ansiedad hasta que localizo una espalda que para mí no tiene pérdida. Esa espalda lo identifica de tal forma que hasta en un bosque lleno de espaldas podría saber cuál es. Esa espalda es Pepe que se vuelve tranquilo sin levantar la vista de lo que está haciendo en la mesa de cocina – temo por sus dedos durante un nanosegundo hasta que caigo en la cuenta de que, en su estatus de chef, lo que menos hace es cortar cebollas y tomates –.

– ¡Carmen! – Y miro a mi chica, que me flanquea y ya me tiene retenida por ambos brazos farfullando algo sobre llamar a la Policía.

– Pepe, ¿puedo hablar contigo un momento? – La voz no me ha salido todo lo segura que a mí me hubiera gustado, pero llegados a estas alturas ya no soy tan exigente.

– Rebeca, no te preocupes, déjala. – ¿Rebeca? ¿Por qué? Qué calor me ha entrado de repente.

– Pero, Jose, – sin acento en la “E” – estamos en mitad de la cena.

– Ya, pero creo que por aquí pueden arreglárselas sin mí unos minutos, ¿verdad? – Y mira alrededor secándose las manos con un trapo de cocina de esos que solo ves en la tele. Tú, en casa, solo tienes los de rizo de toda la vida.

Un murmullo general de asentimiento puebla la cocina y es la señal para que todo vuelva a fluir. Cada uno se vuelve a enfrascar en su tarea y nos dejan solos a Pepe y a mí en medio de un montón de gente. Rebeca, después de mirarme con odio, un odio absoluto, un odio que se puede palpar, se va sonriéndole angelicalmente a Pepe. Creo que me he ganado su enemistad perpetua.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

I. Historias que acaban, historias que comienzan

II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

XXV. Bajas que suben el pan

XXVI. Escenas

XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria

Es Carmen!

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Carmen, mi suerte está echada: XXVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (2)

XXVII.2

Con los stilettos de Gloria, que me había enviado por correo urgente, una reserva en uno de los mejores hoteles de Madrid y mi vestido negro famoso, ese que me queda como un guante, así me encuentro a las diez de una noche templada de primeros de junio a las puertas del restaurante de Pepe. Observo, me reajusto el vestido, me toco los labios y sí, el nuevo pintalabios rojo que me ha costado un pastón no deja mancha. Al colocarme el vestido, sonrío, ni rastro de marca de braguita… como a él le gusta… como a mí me gusta que a él le guste. Junto a mí pasa una pareja joven y se queda mirándome: ¿a mí y a mi aspecto o a mí y a mi indecisión? Para el caso es lo mismo. Pero eso hace que eche un vistazo a la imagen que el escaparate de la tienda de al lado me devuelve de mí misma: ‘ESPECTACULAR’ bajo la imagen de un tacón de punta es lo que le envío a Gloria por WhatsApp. ‘A por él, guerrera’, me responde. Doble check azul es suficiente y cierro la conversación. Voy a jugar mi última carta con Pepe.

Igual que cuando rompimos no podía hacer otra cosa que frío, hoy, ahora, que voy a intentar volver con él a golpe de cadera, el calor tenía que envolver el contexto con esa fuerza que solo junio sabe traer. Esta primera ola de calor nos ha sorprendido a todos, y a mí muy gratamente. Echo un vistazo a mi alrededor y entro. El chico de la puerta se me queda mirando y siento en su mirada la intimidación, nunca he intimidado a nadie pero me gusta. Me gusta provocar esos sentimientos si quiero provocar luego otros en otra persona. Me hace un repaso de arriba abajo, creo que ya sospecha que estoy fuera de su rango de edad, aún así me sonríe. La siguiente parada es esa jovencita de detrás de la mesita de recepción. Unas gafas de pasta pseudointelectuales me saludan con un movimiento de cabeza y un…:

– ¿La espera alguien? – Y se pone a buscar en el cuaderno de reservas como si ya supiera quién puede estar ahí dentro aguardando por alguien como yo.

– La verdad es que no. – Y deja de buscar de forma inmediata para clavarme sus ojos airados y un compungido gesto de dolor, más que de dolor, como si estuviera comiendo un limón.

– Lo sentimos, señora. – ¿Señora? – Ahora mismo está todo lleno, si quiere puede coger una tarjeta y llamar mañana para hacer una reserva, aunque ya le aviso que el tiempo medio de espera es de una semana o diez días.

– Bueno, creo que me he expresado mal. – En su cara veo la insolencia de alguien que ya ha decidido que le caigo mal, no sé por qué, si por mi aspecto voluminoso, mi buen uso de ese par de tacones con suelas rojas que a ojos vista no son una imitación o mi escote generoso que no me da vergüenza enseñar. Se ajusta las gafas. – Vengo buscando a Pepe.

– ¿Pepe? Me va a perdonar, pero no…

– A Pepe, el chef.

– Ah, sí, claro, Jose. – Así, sin tilde en la “E”, que queda más sofisticado. – Ahora no la va a poder atender, bueno, ni ahora ni dentro de unas horas, estamos en el momento más álgido del restaurante.

– Lo sé, pero seguro que si le dice que Carmen está aquí, hace un hueco.

– Señora. – Otra vez. – Me va a disculpar, pero no puedo hacer eso.

– Y yo le vuelvo a repetir que si le dice quién soy, va a salir. – Desde luego, este obstáculo está siendo más duro de lo que yo me había imaginado. La chica no hace ya ningún esfuerzo por transmitir en su tono de voz y en sus ademanes que no solo no le caigo bien sino que cree que soy una loca, otra loca de esas que persiguen a su jefe. Ay, nena, cómo se te nota que estás coladita por él.

– No puedo. – Y cruza los brazos en clara muestra de que, efectivamente, por su parte no hay nada que hacer.

Realmente no me lo tomo a pecho, si obvio que se le nota demasiado que está enamorada de Pepe, solo está haciendo su trabajo. Me quedo unos segundos que parecen horas allí de pie, con mi entereza y mi seguridad creciendo en lugar de menguando ante semejante absurdez. Y cuando ella vuelve su cara hacia el libro de reservas, le doy la espalda y me dirijo al interior del restaurante.

Antes de esto…

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada

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II. La historia que comienza

III. La fiesta

IV. Llamando a mi controlador, llamando a Gloria

V. Reflexionando que es gerundio

VI. Vacíos y llenos

VII. Instalando sensaciones, emociones y estados de ánimo

VIII. El proyecto Carmencita

IX. Encuentros en la tercera fase

X. Déjà vu (O la noche esotérica 2)

XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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Carmen, mi suerte está echada: XVII. Los primeros amores, si no se logran, quedan estampados en la memoria (1)

XXVII.1

Pepe no es mi primer amor pero sí el amor. Por eso mientras no he estado con él, ha quedado estampado en mi memoria como una calcomanía de esas que se niegan a desprenderse de tu piel por mucho que te frotes con gel de baño. Toñi decía que su marido había sido el hombre que le había tocado en suerte y que su primer amor había sido un chicarrón del norte que estuvo viviendo en el pueblo un par de años. Hablar de eso y en esos términos delante de su hija fue bastante provocador, pero el nivel de alcohol en sangre en ambas era ya demasiado como para que le importase a ninguna. Así nos enteramos todas de que Toñi no llegó entera al matrimonio y dejó en el aire que Toñi hija fuese realmente descendencia de su marido. Todas hemos llegado a un acuerdo tácito de no remover ese tema.

A las pruebas me remito si veo que Eleonora, tras años en los que ha hecho vida completa y plena con otra persona, ha vuelto a sus orígenes con ese hombre del que quizá no tendría que haberse separado nunca. Y Gloria, con su relación-no relación con el padre de su hijo, un chico al que conoció de joven (porque, admitámoslo, los cuarenta serán los nuevos treinta, pero ya no somos unos críos y podemos tener detrás kilómetros de vivencias variadas); un chico al que conoció de joven y que bien puede erigirse como su primer amor. Y Pepe lo catalogaré como mi primer amor de verdad, ese que me ha llevado por caminos insospechados, por el que he dejado mi ciudad y me he ido a otra más grande, más insegura y más llena de incertidumbres. Sí, Pepe era el arroz de mi paella y ahora veo que era un arroz irreemplazable. Si volvemos juntos, intentaré que mi otro sueño, el de ser madre, se haga realidad. Todo es posible. Y si al final no lo es, habrá muerto por amor. Qué ñoño todo. En otra vida, dejaría a Pepe a un lado y me embarcaría sola en mi proyecto, en esta ya he decidido que no.

Antes de esto…

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XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

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XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

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XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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XXVI. Escenas

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Carmen, mi suerte está echada: XXVI. Escenas (y 3)

XXVI.3

Tumbada en mi colchón gigante, más gigante aún ahora que lo estaba usando yo sola, hacía un repaso rápido a lo que habían sido mis últimos meses: había pasado de estar con el hombre de mi vida, Pepe, a mantener una relación de unas semanas y con uno de los compromisos más grandes que he tenido (y creo que se puedan tener de forma general en la vida) con otro hombre que podría ser el hombre de su vida de cualquier mujer menos el mío. Mientras tanto, había dado el salto a vivir sola en un miniapartamento, había ascendido en mi trabajo y había afianzado mi confianza en mí misma. Todo esto podría ser tan positivo si se leyera en el viaje vital de una veinteañera que daba miedo la urgencia con la que lo leía en mí, una mujer de casi cuarenta.

Mientras pasaba de un pensamiento a otro, de fondo estaban Pepe y ser madre, ser madre y Pepe. La cabeza me iba a estallar.  Acabé por quitarme el pantalón, por si haciéndolo podía mejorar mi estado físico. Me quedé en bragas y solo conseguí sentir algo de comodidad y libertad porque el calor empezaba a apretar incluso de noche.

Salí de casa de Alberto con vergüenza, la que me hacía pasar mi sentido de culpabilidad en máximos en aquellos momentos, pero bueno, siempre he pensado que si estás equivocado, lo mejor es aceptarlo, asumirlo y darlo a conocer lo antes posible, aunque parezca tarde. Vivir en el error cuando ya se conoce es algo irresponsable. Responsabilidad, mi palabra fetiche en aquella ruptura. “Responsabilidad”, le dije a Alberto cuando cerré la puerta de su piso y no sabía si quiera si iba a volver a la productora. ¿Acaso podía seguir todo igual? ¿Acaso podía aspirar a continuar trabajando junto a aquel hombre con el que había llegado a hacer planes de futuro tan inmensos como tener hijos? Tenía por delante algunos días más de baja, podía esperar un poco. ¿Podían hacerlo mis otras premuras? Tenía que decidirlo y esta vez nada de “pensar, hacer, apechugar y volver a pensar”. Ahora sería: “pensar, hacer y apechugar”.

Es difícil encontrar el camino en la vida. La suerte no es algo que se decida de forma fortuita, normalmente para seguir una senda, se dejan atrás otras que seguramente te hubieran traído bastantes alegrías. Todo es pesar en esa balanza imaginaria lo que se quiere ahora y lo que crees querrás en un futuro. Ser madre había sido un deseo que había nacido en lo más recóndito de mi ser, de un modo bastante animal. Nunca había imaginado que me pasara algo así. Y por otro lado, Pepe era esa persona con la que quería estar el resto de mi vida, ya fueran dos meses o veinte años. ¿Que cómo sabía esto último? El amor es así de contundente. Cualquiera de las dos opciones sería buena para mí y decidir entre ellas era decidir desde el egoísmo, ¿qué era lo que deseaba más? Con ambas posibilidades satisfacía un deseo. Una de ellas podía no surtir efecto, ¿y la otra? Igual tampoco.

Cuando el rayo del sol me despertó taladrando mi ojo derecho, ya sabía lo que iba a hacer. Envié un WhatsApp a Gloria y le dije que me enviara por correo urgente sus stilettos de suela roja, reservé en uno de los mejores hoteles de Madrid (me quedaría sin vacaciones gracias a esto, pero la recompensa podía ser mucho mayor. Y mejor.) y llamé a Alberto para decirle que iría a recoger mis cosas esa misma mañana, dejándole luego las llaves al portero. Volvía a tener los mandos de mi vida y por mí que no quedara.

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VI. Vacíos y llenos

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XI. Un recuerdo, una nostalgia, un dolor

XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

XX. Un viaje a las estrellas

XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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XXVI. Escenas

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Carmen, la suerte está echada: XXVI. Escenas (2)

XXVI.2

Cuando escuché las llaves en la cerradura, la adrenalina se me disparó. En lugar de levantarme e ir a su encuentro, me quedé en el sofá como si una enorme piedra me impidiera hacerlo; comencé a respirar entrecortado y las manos me temblaban, dos situaciones muy parecidas en demasiado poco tiempo, eso no lo aguanta ni el mejor de los cuerpos.

– Hola, cariño. – “Cariño”, Alberto sabía que no me gustaba mucho que me llamaran así. Se lo permitía a Gloria solo porque hacía años que la conocía… Quizá esa fuera otra señal, ¿aguantaría si Pepe me dijera “cariño”? Probablemente. Mierda.

– Hola, Alberto. – Y entonces sí me levanté. Sentí como si toda mi sangre acudiera a mi cabeza para ayudarla y que no me hiciera caer. Me estiré los vaqueros y, enfundada en mis sandalias de esparto con cuña para estar un poco más a la altura de mi interlocutor, lo miré de frente. Él no dijo nada obvio ni se preocupó probando razones diferentes a las que había. Dejó las llaves en la mesa, se acercó a mí y me abrazó. Lo noté aspirar con su nariz pegada a mis rizos y sus manos, esas manos grandes y firmes, recorrieron mi espalda. Yo respondí al abrazo con la mayor sinceridad de la que pude hacer acopio.

– Te vas.

– Me voy. Creo que sobra decir que no es justo ni para ti ni para mí, no es justo para ninguno de los dos.

– No te voy a pedir que te quedes.

– Te lo agradezco.

– Pero sí te voy a pedir que pases esta noche conmigo. – Me moría por decirle que sí, sus manos en mi espalda más que arder, quemaban, y la intimidad que da una circunstancia como la que estábamos viviendo no dejaban indiferentes a mis terminaciones nerviosas.

– No, Alberto, no puedo. – Y se acercó para besarme haciéndome más difícil la decisión de marcharme con lo puesto.

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XII. Puntos, comas e inflexiones

XIII. El hotel

XV. En un parque cualquiera

XVI. El plan de Gloria

XVII. El restaurante de Pepe

XVIII. Un par de cosas

XIX. Caminando hacia el borde del precipicio

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XXI. ¿Perdona?

XXII. La cocina

XXIII. ¿Amor del bueno?

XXIV. Adiós, Pepe, adiós

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Carmen, mi suerte está echada: XXIII. ¿Amor del bueno? (Y 3)

XXIII. 3

Entrecerré los ojos y los observé con disimulo. Hablaban fuera. Pepe y Alberto, dos hombres que reunían alrededor de sí mismos las miradas femeninas – y alguna masculina – de toda la planta de urgencias del hospital. Me parecía todo tan extraño, ni en el mejor de mis sueños ni en la peor de mis pesadillas se había dado aquella escena. ¿Cómo me sentía? Dolorida. Eso lo sabía. ¿Con respecto a los sentimientos? De nuevo todos mis órganos vitales se habían mezclado en mi interior para provocar una arcada continua en mi estómago, unas fatigas horrorosas. Aunque esto podía ser por el golpe que había recibido, vete a saber. Pepe se fue, pero antes se volvió, se despidió con la mano e hizo la señal del teléfono. Me llamaría. Me llamaría. Pepe me llamaría.

Alberto entró con el ceño fruncido, podía ver la contrariedad en su rostro. Le leía el pensamiento como si de un libro abierto se tratara. Podía adivinar lo que se le pasaba por la cabeza así como adivinaba lo que iba a pasar en esas novelas románticas que leía más de vez en cuando de lo que yo estaba dispuesta a confesar. Por un lado estaba preocupado por mí, por lo que me había pasado; por otro estaba aliviado de que no hubiera sido nada – me habían hecho el tac y todo había salido bien –; y por último, estaba enfadado porque la primera persona que había aparecido por el hospital había sido Pepe y no él. Y no es que Alberto fuera de natural celoso, me había demostrado ya en varias ocasiones que no lo era, pero supongo que en una situación así no es fácil ser fiel a tus principios.

– Bueno, el médico ya te ha dado el alta, nos podemos ir a casa. – A casa, sonaba tan bien, pero me sentía tan extraña y tan ajena. Sería el golpe.

– Sí, a casa. – Ya estaba de nuevo vestida y con mis tacones puestos. Alberto me había traído unas zapatillas, pero ni por todo el oro del mundo me iba a poner unas zapatillas. No es que fuera famosa y pudieran inmortalizarme de semejante guisa, aún así, yo tenía una imagen y una dignidad que mantener. Me bajé de la cama y me apoyé en él.

Ya había pasado por un estado de temor sin precedentes cuando, a la hora de ponerme la camisa, detecté unas manchas de sangre – que no saldrían tan fácilmente si es que lo hacían – en la parte de la espalda. Hasta ese momento, solo sabía que me habían golpeado y que tenía dolor y que me iban a hacer alguna que otra prueba. Las manchas de sangre habían sido un bofetón que me dijo: “Chica, que has sido agredida en plena calle. Eso para que vuelvas a ir tan despreocupada por la vida”. Nunca me habían atacado. Nunca. Siempre había leído ese tipo de cosas en la prensa y yo tomaba precauciones cuando iba sola por la calle a horas que no eran las más apropiadas. Incluso a veces cogía las llaves como si fueran pinchos si la cosa se había desmadrado. Pero por Dios santo, que estaba comprando un DVD en un videoclub. De repente me acordé del chico de los rizos, ¿le había pasado algo? ¿Cómo estaba él? Paré a Alberto en la puerta del hospital.

– Un momento, un momento.

– ¿Qué pasa, Carmen?

– El chico del videoclub.

– ¿Qué chico?

– El del videoclub. – Y me di la vuelta sin esperarlo. Me siguió como pudo sorprendiéndose de la entereza que estaba mostrando en ese momento, ni yo me lo creía, podría haber saludado al suelo de cerca en cualquier momento.

En el mostrador me indicaron que un chico con rizos afro había entrado a la misma vez que yo, pero que no sabían dónde podía estar ahora. Y lo vi. Con su brazo escayolado al fondo de la sala de espera se dio cuenta de que lo miraba y me devolvió la misma sonrisa amplia con la que me fui con el fundido a negro. Corrí como si no hubiera un mañana hasta él, podía intuir la presencia de Alberto detrás de mí.

– ¿Estás bien?

– Sí, solo un brazo roto, podría haber sido peor.

– ¿Peor? – Me sorprendí con el tono de voz de histérica que puse en ese momento.

– Sí, peor, no sabes la de cosas que me han pasado ya. No te preocupes. ¿Y tú estás bien?

– Eso parece, solo el golpe y… – Eché mano de mi bolso, hasta ese momento no había caído en la cuenta de que igual el móvil no se lo llevaron pero sí mi cartera con mis tarjetas y toda mi vida.

– No te robaron a ti. Solo les dio tiempo a vaciar la caja.

– Pero ¿cuánto dinero sueles tener ahí? – Y se rio con ganas, con unas carcajadas sinceras y divertidas, ese chico sería un gran hombre, de esos de los que a mí me gustan. Lástima que nos separaran tantos años.

– Poco. – Y con una mano me dijo que esperara mientras buscaba en un bolso que llevaba colgado del hombro. – Toma. – Era el DVD. – Se me inundaron los ojos, las lágrimas desbordaron y cayeron sin piedad por mis mejillas. Ya podía ver el rímel totalmente corrido dibujando rayas negras por mi cara.

– Gracias. ¿Cuánto…?

– No es nada, creo que el golpe ha sido suficiente pago, ¿no te parece?

– Gracias otra vez y cuídate.

Me volví hacia Alberto que me esperaba paciente a cierta distancia. Cuando llegué a su altura, me abracé a él y lloré, creo que lloré por toda la tensión acumulada hasta el momento y por muchas cosas más que no era capaz de identificar en ese momento. Cuando me calmé, le di el DVD y sonreí sin ganas. Me dio un beso que me hizo olvidar que sabía que estaba enfadado por la presencia de Pepe allí y que sentí extraño y ajeno. Sería el golpe.

Antes de esto…

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XXII. La cocina

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Carmen, mi suerte está echada: XXII. La cocina

No hay relación que no deje huella, eso es inevitable. Por muy insignificante que pueda parecer a priori, ahí está, creando recuerdos. Pero si hablamos de la relación más importante de una vida, como lo es la de Pepe para Carmen, cada momento sí que es un recuerdo, recuerdos que se quedan como poso de felicidad en la taza de la memoria.


XXII. La cocina

La cocina siempre ha sido una de mis fantasías sexuales más exitosas. Digamos que ha acompañado a mis manos en momentos de soledad sentimental y me ha dado muchas satisfacciones. Hacer realidad una fantasía como esa, tal cual, es complicado. Con Ramón la cocina sí fue escenario de encuentros amorosos, pero yo era “demasiado mujer”, como diría Gloria, para él y ni por asomo se asemejaba a la película que yo me montaba en mis noches de pasión solitaria. Pepe fue el responsable de que tachara eso de mi lista. Cómo no.

Con él y con su corpulencia, que para levantar mis curvas hacen falta más que ganas, aquel miércoles la cocina se convirtió en un lugar especialmente erótico y no volvió a presentarse ante mí como esa habitación extraña y anodina que había sido hasta ese momento. Volvíamos de mi primera experiencia gastronómica en su restaurante. Me había tapado los ojos para degustar sus platos, sabiendo de mi infantil tendencia a renunciar a platos por su aspecto o por su ingrediente principal (más que nada, pescado). Eso había arrasado en mi interior, había sido un tsunami que había dejado solo ganas de él. Y tan literario queda esto que no puedo describir con palabras más tiernas lo que pasó a continuación.

– Sé que te has quedado con ganas.

– ¿Ganas de qué? – Lo miré de soslayo como no entendiendo lo que me quería decir. Había insistido tanto en que lo acompañara a su casa que no me había podido negar, cuando yo ya me veía mojándome las ganas en la ducha de mi piso compartido, aún bajo el riesgo de que mis anfitriones me miraran con malos ojos a la mañana siguiente: “Has despertado a los niños y eso no lo perdonamos en esta casa”.

– ¿Has avisado de que no vuelves esta noche?

– ¡Ah! ¿No vuelvo?

– No, no vuelves. – Y me llevó a la cocina de su piso que casi no tenía nada que envidiarle a la del restaurante. – Mira qué encimera.

– Preciosa, siempre me ha gustado ese color.

– Y hoy más.

Y pasó lo que tenía que pasar para poner el broche perfecto a un miércoles perfecto.

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VI. Vacíos y llenos

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