Las historias de Carmen: Tentaciones de agosto

Agosto es un mes para las tentaciones. A falta de energías para hacer lo que uno debe hacer y a sobras de pereza para hacer lo que uno debe hacer, entregarse a las tentaciones es la opción más racional en este mes en el que todo cierra y lo que no, está abierto de mala gana y alicaído.

Yo siempre he procrastinado en agosto, es el mes en el que le doy al pause, todos los aspectos de mi vida quedan en stand by y me dedico a sobrevivir. Incluso cuando he tenido pareja, ha sido un mes insulso que casi no ha contado para la relación. Podría decir que el año siguiente a la muerte de Ramón fue un largo agosto de apatía, pereza y supervivencia. Siendo ambiciosa y mintiéndome hasta a mí misma, podría decir que de búsqueda, pero para qué engañarnos, ese año no busqué nada. Si acaso, si algo busqué, fue el desaparecer, pero digamos que ese tema da para otra historia, algo más larga si me lo permitís.

¿Qué me tienta en agosto? Me tientan los helados, me tienta esa dieta que me autoimpongo de “solo un helado al día” porque si por mí fuera me los comería de dos en dos o de tres en tres, que en verano (y en agosto) ni todo el helado del mundo es suficiente. Mi operación biquini, esa que nunca hago, se echa a perder en escasos treinta días en los que libero a mis curvas de mi régimen estricto de comidas.

¿Qué más? Me tienta el sofá. Me tienta saborearlo de todas las formas posibles, que ver una película al revés es muy infantil y muy atractivo (los niños siempre han sabido cómo hacer las cosas). Echada sobre una montaña de cojines, con el aire acondicionado a tope y observando a través de la ventana ese mundo paralelo que se desarrolla ahí fuera, con gente que bulle de ideas y ganas de llevarlas a cabo hasta en el mes más perezoso del año.

¿Y? Me tientan los gin-tónic. Sí, me tientan todo el año, pero en agosto se multiplica por diez la apetencia de ese brebaje lleno de hielo, limón y tónica. Y ginebra, cargadito, por favor.

¿Se me olvida algo? Me tientan las sandalias, es el mes de la sandalia plana. Yo, Carmen, la mujer en un tacón subida durante todo el año, me bajo de mis plataformas y disfruto de andar a ras de suelo durante algunas semanas. Tardo en acostumbrarme unos días, me pregunto si es necesario el esfuerzo tanto por la incomodidad como por la visión de mi figura achatada delante del espejo. Al final concluyo que sí, aunque la vuelta al tacón se hace cada año más cuesta arriba. Cada una tiene sus manías y esa es una de las mías.

¿Por último? La playa. La semana pasada decía que había tenido con ella una relación de amor-odio bastante peculiar: me gusta, pero mis curvas no me han dejado disfrutar de ella siempre que he querido. Ahora, con la edad (quién me iba a decir que yo expresara algo en esos términos: “con la edad”); pues eso, con la edad y muchos complejos superados más tarde, disfruto de la playa.

Y es que agosto es playa, son fotos de pies con el mar de fondo en Instagram, puestas de sol en el horizonte azul, sombrillas de colores y bolsos de rafia, son tobilleras compradas en mercadillos, momentos eternos de sofá, gin-tonic en la terraza de tu casa o en la de un pub, helados de postre, de merienda y de tentempié a media mañana; son blusones anchos y sandalias planas. Y son libros, sí, mucho libro. Pero ellos dan para otra historia.

Es Carmen!

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Qué de tiempo sin que Carmen! sonara, sin que Carmen! bailara, sin que Carmen! nos dijera cosas con una canción 🙂

Las historias de Carmen: La playa

Siempre me ha gustado la playa. Y siempre la he odiado. Si pudiera, haría una lista de pros y contras de ese pedacito de mar y arena que puede hacerme tan feliz y a la vez tan miserable. Como es natural, cuando era más joven, más inocente y menos tolerante conmigo misma, eran mis curvas las que se oponían a pasar mucho tiempo bajo el sol, rebozada inevitablemente en arena y llevando bañadores que podrían ser de mi madre. Qué demonios, mi madre llevaba bañadores más emocionantes que los míos. Y es que esa moda de los bañadores estupendos para cualquier edad es algo de ahora, hace unos años las jóvenas como yo teníamos que ir a la mercería de turno para hacernos con un traje de baño sin demasiados detalles que evidenciaran que era o de persona mayor o de niña. No había nada para adolescentes púberes, se suponía que todas nosotras nos moríamos por llevar biquini. Y en cierta forma así era, pero a esas edades los prejuicios y los complejos pesan como una losa de mármol.

Así que en las contadas ocasiones en las que accedía a ir a la playa, después de que Gloria me estuviera dando la tabarra durante semanas, me ponía un bañador negro (el negro siempre ha sido mi mejor aliado) al que le había arrancado unos lazos color marrón café con leche (el detalle que publicaba a voz en grito que aquello era un bañador de persona mayor). De nada me servían los comentarios de mi abuela: “Cuando seas mayor, te alegrarás de tus curvas”, yo veía tan lejos eso de ser mayor y eso de alegrarme de mis curvas. Pero todo llega y un día me hice mayor y me alegré de mis curvas.

Mucho antes de que apareciesen y se hicieran populares las modelos de tallas grandes, sus biquinis extraordinarios (por el volumen de tela y por sus diseños, claro) y la reivindicación de la curva, yo rebuscaba en los grandes almacenes pequeños hallazgos que después modificaba en casa. Esa fue una época maravillosa, mi creatividad no tenía límites e incluso se me ocurrió la idea de que quizá sirviera para esto del diseño. Nada, al final estudié Administrativo que tenía más salidas y, sobre todo, más salidas inmediatas, pero de eso ya hablaré en otra ocasión. Gloria envidiaba mis biquinis y a veces me pedía que tuneara alguno para ella, aunque ella pudiera permitirse el que quisiese de las tiendas de ropa que todas conocemos.

Y ahora, una vez dejadas atrás mis reticencias, cuando ya sí que veo mis curvas como una ventaja y no como un inconveniente – a las pruebas me remito –, y ha venido en nuestra ayuda Violeta by Mango, la playa me chifla. Podría estar metida en el agua hasta hacerme una pasa y soportar la arena pegada a mis muslos sin mucho trabajo. Podría prolongar mi estancia allí desde la mañana a la noche, aunque mis horarios preferidos son a primera hora del día y a última de la tarde, por aquello de la tranquilidad y el menor peligro de los rayos solares, que yo soy mucho de cuidarme. Horas en las que coincido con personas mayores (ellas sí que saben) y padres con hijos demasiado pequeños y en las que evito a esos jugadores de paleta empedernidos que buscan seguir haciendo ejercicio en la playa (ellos no saben). Un día me topé con una señora haciendo yoga, todo un espectáculo, aunque mi sentido del ridículo no me permitiría hacerlo, le admiré desde el mismo momento en que la vi. Leer un libro mientras atardece, difícil tarea si tienes por delante un inmenso mar azul o un imponente Alberto en los que perder tu mirada. Bolsos de rafia, toallas vintage, el olor a crema solar Nivea y los espráis para cuidar el pelo, chanclas Ipanema y camisolas de lino, ¿alguna vez hubo tantos complementos que hicieran de ir a la playa una cuestión de estilo? Frivolidades aparte, saladita y rebozada en arena me siento fantástica.

Es Carmen!

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Ayer no hubo Carmen! Unos problemas técnicos me impidieron llegar a tiempo y obligaron a este relato por entregas a tomarse otra semana de vacaciones. Es lo que tienen las nuevas tecnologías, te facilitan la vida, pero cuando fallan, ¡los destrozos son garrafales!

Para compensar esta circunstancia, os propongo lo siguiente: ¿felicitamos a Carmen por el día de su santo con un microcuento? Y ya, de paso, felicidades a todas las Cármenes, tenéis un nombre muy especial.

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microcuentos Carmen

Felicidades, Carmen, con un microcuento

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Un microcuento para Carmen!

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Carmen! también es microcuento

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Carmen!, un relato on-line por entregas

Carmen! es un relato on-line por entregas. Hacer un relato de este tipo tiene muchas ventajas y algún que otro inconveniente. Las ventajas están claras: escribo, escribo y escribo y doy a conocer lo que escribo que en definitiva es el objetivo de cualquiera que lo hace. Cada vez tiene más seguidores, pero aunque lo siguiera una sola persona, mi compromiso para continuar con La Suerte de Carmen sería el mismo. ¿El inconveniente? Cualquiera que se atreva a lanzar algo de forma gratuita a Internet sabe que el mayor riesgo que corre es que te pillen la idea, le den una vuelta, lo hagan suyo y luego, si te he visto no me acuerdo.

Esto último lo he pensado muchas veces, muchas, tantas que he tenido que dejar de hacerlo. Por un lado porque como lo pensara algo más, dejaría de publicarlo y eso me da suficiente adrenalina de la buena como para aficionarme a hacerlo (a lo que me aficiono es a que me lean en realidad); por otro, porque ahora mismo la creación de todo el Universo de Carmen me da tanto que no me compensaría.

Son varias las experiencias de este tipo de las que tengo conocimiento, historias on-line por entregas que han llegado lejos. Carmen! va sin prisa pero sin pausa: tengo mis lectores fieles, comentarios todas las semanas, comentarios que me han llegado al alma (recuerdo uno que me decía que la historia era potente) y amigas que incluso hablan conmigo por teléfono de Carmen! ¿Qué más puedo pedir? Solo una cosa: seguir escribiendo Carmen! y seguir haciendo del miércoles un acontecimiento. ¿Lo haces también tuyo?

Conoce a Carmen, una mujer que se ha encontrado con su suerte en la vida, ha buscado una suerte mejor y ha echado sus cartas apostando por ella. Carmen, que ha aprendido a vivir y lidiar con sus curvas haciendo de ellas su seña de identidad junto con una personalidad arrolladora que evoluciona conforme lo hace el relato. Lee Carmen!

Carmen, mi suerte en la vida – Primera temporada. – Completa

Carmen, buscando mi suerte – Segunda temporada. – Completa

Carmen, mi suerte está echada – Tercera temporada. – Publicándose

 

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